Y le vieron todos lo que habitaban en Lidia y en Sarán, los cuales
Se convirtieron al Señor. Hechos 9: 35
¿Puede toda una ciudad ser transformada por el poder del evangelio? El libro de los Hechos de los Apóstoles dice que sí. Según nuestro texto de hoy, al menos una ciudad fue transformada: Lidia. Mejor todavía, ¿te gustaría saber qué se debe hacer-para ver una ciudad transformada?
Hay cuatro principios que los líderes cristianos deben tener en cuenta si quieren ver toda una ciudad transformada: una ciudad sin cantinas, porque ya no haya alcohólicos; sin pobres, porque no haya delincuentes; donde no se vendan cigarrillos, porque no haya fumadores; sin cárceles, porque ya no haya malhechores. Parece un sueño, ¿verdad? Según la Biblia, eso ya ocurrió. ¿Qué podemos hacer para que se repita?
En primer lugar, en Lidia, la ciudad que fue transformada, los creyentes se unieron en oración. En muchos lugares de nuestra época se han abierto centros —iglesias, escuelas, negocios, talleres y otros— de influencia y de oración intercesora. Conocí hace años un taller mecánico donde, al mediodía, el dueño del taller, quien era cristiano, se reunía con todos sus empleados y otros creyentes para orar por los inconversos.
En segundo lugar, humildad. Dios bendice y usa con poder a los hombres y las mujeres que reconocen que necesitan de los demás. Saben que no son suficientes y procuran trabajar en equipo, sin buscar gloria y honor para sí. El salmista declaró que Dios quiere encaminar a los humildes por el juicio y enseñar a los mansos su carrera (Sal. 25: 9). Dios bendice a los líderes y a los miembros que no procuran ser el centro de atención.
En tercer lugar, unidad. Dios llama a su pueblo a vivir en unidad. El espíritu de independencia, orgullo y egoísmo impide que se cumpla el propósito de Cristo. Nuestro Señor oró así antes de volver a su Padre: «Que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste» (Juan 17: 23).
En cuarto lugar, conocimiento de los métodos de Dios. Siempre existe el peligro de realizar la obra con la sabiduría humana y no con la divina. Un ejemplo típico es el método de David para trasladar el arca del pacto a la ciudad de Jerusalén. Usó un carro en lugar de los hombros de los sacerdotes. Todos conocemos los resultados.
¿Deseas ver tu ciudad convertida? Ora esta mañana por tu ciudad. Haz de tu residencia o de tu lugar de trabajo un centro de intercesión por la salvación de los perdidos.
Conocimiento, Sabiduría y Ciencia, dones del Señor para cada uno de nosotros. Demandémoslas de Dios, quien es generoso en suplir.
jueves, 6 de agosto de 2009
Agosto 5 El camino más excelente
Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron:
«Maestro, ¿qué haremos?» El les dijo: «No exijáis mas de lo que os esta ordenado».
Lucas 3: 12, 13
Uno de los temas abordados en la primera de las epístolas de Pablo a los cris¬tianos de Corinto es el debido empleo de los dones espirituales. Son objeto de análisis, sobre todo, en el capítulo 12. Los dones espirituales son impartidos por el Espíritu Santo para la edificación de la iglesia, con el propósito de que llegue a un estado de perfección y unidad en Cristo. «Los que sirven directamente al propósito principal de la iglesia, la predicación del evangelio, y que contribuyen más a la edifi¬cación general, sin duda son considerados como los más importantes» (Comentario bíblico adventista, t. 6, pp. 771, 772). Aquí van, sin duda, los dones de profecía, de pastorado, de enseñanza, de administración y de operación de milagros.
Sin embargo, para los fines anunciados —edificar a la iglesia y predicar el evange¬lio—, el apóstol afirma que hay «un camino más excelente». Ese camino más excelente es el camino del amor, que es el tema del capítulo 13, donde se presenta una exposición magistral e inspirada del amor cristiano.
Como dice al principio de ese capítulo del amor, ¿de qué sirve predicar con una lengua angelical, sin tener el amor de Cristo? De nada. Es como el sonido molesto del címbalo, que no tiene modulaciones ni puede producir melodía. ¿De qué sirve ser profeta y conocer todos los misterios y abarcar todo el conocimiento, sin amor? De nada. En otra parte dice que es como «el crepitar de los espinos debajo de la olla». ¿De qué sirve ser filántropo y muy generoso, sin el amor de Cristo? De nada. Un cristiano que no tenga ninguno de esos dones, pero que tenga el amor de Cristo en su corazón, será una bendición para todas las personas con las que se encuentre, y puede ser poderoso en la predicación del evangelio.
Ese es el camino más excelente que Pablo recomendaba a los corintios y a nosotros. Debemos procurar los mejores dones espirituales. Debemos prepararnos en toda forma posible para ser útiles en las manos de Dios. Debemos llegar a ser lumbreras por nues¬tra elocuencia, por nuestro poder para sanar enfermos y por nuestro dominio de las lenguas antiguas y modernas. Eso debemos ser, si podemos. Debemos procurar obtener esos dones, en la medida de lo posible. Pero siempre debemos tener claro en nuestra mente que el camino más excelente para llevar a cabo la obra de Dios fuera y dentro de nosotros es el amor.
Procura andar hoy por el camino más excelente del amor de Cristo.
«Maestro, ¿qué haremos?» El les dijo: «No exijáis mas de lo que os esta ordenado».
Lucas 3: 12, 13
Uno de los temas abordados en la primera de las epístolas de Pablo a los cris¬tianos de Corinto es el debido empleo de los dones espirituales. Son objeto de análisis, sobre todo, en el capítulo 12. Los dones espirituales son impartidos por el Espíritu Santo para la edificación de la iglesia, con el propósito de que llegue a un estado de perfección y unidad en Cristo. «Los que sirven directamente al propósito principal de la iglesia, la predicación del evangelio, y que contribuyen más a la edifi¬cación general, sin duda son considerados como los más importantes» (Comentario bíblico adventista, t. 6, pp. 771, 772). Aquí van, sin duda, los dones de profecía, de pastorado, de enseñanza, de administración y de operación de milagros.
Sin embargo, para los fines anunciados —edificar a la iglesia y predicar el evange¬lio—, el apóstol afirma que hay «un camino más excelente». Ese camino más excelente es el camino del amor, que es el tema del capítulo 13, donde se presenta una exposición magistral e inspirada del amor cristiano.
Como dice al principio de ese capítulo del amor, ¿de qué sirve predicar con una lengua angelical, sin tener el amor de Cristo? De nada. Es como el sonido molesto del címbalo, que no tiene modulaciones ni puede producir melodía. ¿De qué sirve ser profeta y conocer todos los misterios y abarcar todo el conocimiento, sin amor? De nada. En otra parte dice que es como «el crepitar de los espinos debajo de la olla». ¿De qué sirve ser filántropo y muy generoso, sin el amor de Cristo? De nada. Un cristiano que no tenga ninguno de esos dones, pero que tenga el amor de Cristo en su corazón, será una bendición para todas las personas con las que se encuentre, y puede ser poderoso en la predicación del evangelio.
Ese es el camino más excelente que Pablo recomendaba a los corintios y a nosotros. Debemos procurar los mejores dones espirituales. Debemos prepararnos en toda forma posible para ser útiles en las manos de Dios. Debemos llegar a ser lumbreras por nues¬tra elocuencia, por nuestro poder para sanar enfermos y por nuestro dominio de las lenguas antiguas y modernas. Eso debemos ser, si podemos. Debemos procurar obtener esos dones, en la medida de lo posible. Pero siempre debemos tener claro en nuestra mente que el camino más excelente para llevar a cabo la obra de Dios fuera y dentro de nosotros es el amor.
Procura andar hoy por el camino más excelente del amor de Cristo.
martes, 4 de agosto de 2009
Agosto 4 ¿Tienes un buen testimonio?
Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuera traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios.
Hebreos 11:5
Se suele afirmar que una imagen dice más que mil palabras. También sucede que nuestra conducta, nuestro comportamiento, pregona con más claridad lo que somos que nuestras palabras o nuestra profesión de fe. Lo advirtamos o no, cada cristiano tiene un testimonio. Somos testigos aunque no abramos nuestros labios y hablemos de nuestra fe. No cabe ninguna duda de que las personas dirán algo acerca de ti y de tu fe después de observarte.
Como cristianos, nuestro testimonio es para bien o para mal. No puede ser de otra manera. Nuestro Señor dijo: «Este evangelio del reino será predicado por testimonio [...], y entonces vendrá el fin». ¿Tienes tú un buen testimonio? ¿Estás dando un testimonio efectivo?
Mi hermano y yo, que somos pastores, nos encontrábamos en la cafetería de una librería tomando un refresco. De repente se nos acercó una joven que estaba en la mesa de al lado y nos dijo:
— ¿Verdad que ustedes son pastores?
Estoy seguro de que también a ti te habrá ocurrido la misma experiencia con tu compañero de asiento en el autobús, o con la cajera de un negocio, o quizá con la peluquera que te corta el cabello. Cuando andas con Dios y Jesús se revela en ti, hay alguien que te preguntará: « ¿Qué lo hace a usted tan diferente? ¿Por qué siempre se lo ve a usted gozoso? ¿Cómo puedo tener el mismo gozo y la misma felicidad que usted manifiesta siempre?» Tú podrías decirle: «Permíteme que te hable de un amigo que me impulsa a ser así. A lo mejor, has oído hablar de él. Se llama Jesucristo».
Muchas veces no damos un buen testimonio porque no caminamos con Dios, porque no gozamos de un compañerismo íntimo con él, porque no vivimos en comunión con él. ¿Caminas con Dios? ¿Hablas con él? ¿Lo complaces? ¿Testificas en su favor?
Dios desea que vivas en armonía con él. Desea revelarte sus planes y los propósitos que tiene para ti. Desea que camines a su lado. Dale a Dios la oportunidad que anhela: Andar contigo para que puedas dar un buen testimonio acerca de él, de su verdad y de su amor.
Hebreos 11:5
Se suele afirmar que una imagen dice más que mil palabras. También sucede que nuestra conducta, nuestro comportamiento, pregona con más claridad lo que somos que nuestras palabras o nuestra profesión de fe. Lo advirtamos o no, cada cristiano tiene un testimonio. Somos testigos aunque no abramos nuestros labios y hablemos de nuestra fe. No cabe ninguna duda de que las personas dirán algo acerca de ti y de tu fe después de observarte.
Como cristianos, nuestro testimonio es para bien o para mal. No puede ser de otra manera. Nuestro Señor dijo: «Este evangelio del reino será predicado por testimonio [...], y entonces vendrá el fin». ¿Tienes tú un buen testimonio? ¿Estás dando un testimonio efectivo?
Mi hermano y yo, que somos pastores, nos encontrábamos en la cafetería de una librería tomando un refresco. De repente se nos acercó una joven que estaba en la mesa de al lado y nos dijo:
— ¿Verdad que ustedes son pastores?
Estoy seguro de que también a ti te habrá ocurrido la misma experiencia con tu compañero de asiento en el autobús, o con la cajera de un negocio, o quizá con la peluquera que te corta el cabello. Cuando andas con Dios y Jesús se revela en ti, hay alguien que te preguntará: « ¿Qué lo hace a usted tan diferente? ¿Por qué siempre se lo ve a usted gozoso? ¿Cómo puedo tener el mismo gozo y la misma felicidad que usted manifiesta siempre?» Tú podrías decirle: «Permíteme que te hable de un amigo que me impulsa a ser así. A lo mejor, has oído hablar de él. Se llama Jesucristo».
Muchas veces no damos un buen testimonio porque no caminamos con Dios, porque no gozamos de un compañerismo íntimo con él, porque no vivimos en comunión con él. ¿Caminas con Dios? ¿Hablas con él? ¿Lo complaces? ¿Testificas en su favor?
Dios desea que vivas en armonía con él. Desea revelarte sus planes y los propósitos que tiene para ti. Desea que camines a su lado. Dale a Dios la oportunidad que anhela: Andar contigo para que puedas dar un buen testimonio acerca de él, de su verdad y de su amor.
Agosto 3 Adáptate a los demás
Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándose con los humildes.
No seáis sabios en vuestra propia opinión. Romanos 12:16
La humildad fluye desde lo más profundo del corazón que ha sido tocado por el Espíritu Santo. El apóstol Juan nos dio una definición práctica de humildad cuando dijo: «El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo» (1 Juan 2: 10).
Cuando observamos a nuestro ejemplo máximo de humildad, Jesús, vemos que tenía diferentes maneras de aproximarse a las personas. Siempre procuraba adaptarse a las personas con las que se relacionaba, a los lugares en que se encontraban, y a las situaciones que se le presentaban. Su adaptabilidad era obvia, porque siempre aceptaba a las personas donde se encontraban, sin importar las circunstancias que las rodearan. Esa actitud era parte de la humildad de Jesús.
De hecho, ser humildes no significa que las personas tengan que adaptarse a nosotros, sino que nosotros nos adaptemos a ellas. Cada día encontramos personas que piensan de forma distinta que nosotros, y que a veces procuraran llevarnos la contraria, e incluso se deleitan en ello. Pese a eso, no debemos olvidar que estamos pidiendo a Dios que nos ayude a ser como Jesús. La próxima vez que alguien te plantee un desafío y estés a punto de perder la compostura y la humildad, pregúntate esto: « ¿Cómo se adaptaría Jesús a esta persona?»
En un documental de televisión que tuve la oportunidad de ver sobre la vida de las ovejas, supe que en un estudio se descubrió que las ovejas tienen la percepción de que el pasto es más verde al otro lado de la cerca que el que está de su lado. Es interesante que este sea el caso de muchos de nosotros. Tenemos la tendencia a pensar y a decir: «Ah, es que yo podría ser una mejor persona si viviera en otro vecindario». «Si yo trabajara en otro lugar, donde no estuviera rodeado de este tipo de personas, la gente sabría cuan dulce y bueno soy en realidad». «Si estuviera casado con otra persona, tendría un carácter mejor».
Muchas veces no somos tan humildes como quisiéramos ser porque queremos que los demás se adapten a nosotros. Podemos pasar la vida esperando que los demás se adapten a nuestra manera de ser, pero así nunca alcanzaremos el nivel de humildad que Jesús quiere que alcancemos. Decide hoy ser humilde. Pide a Dios que te dé el don de la humildad. Comprende a los demás, aunque tengan defectos. Si eres humilde, serás más feliz y podrá suponer una influencia positiva e inolvidable para los demás.
No seáis sabios en vuestra propia opinión. Romanos 12:16
La humildad fluye desde lo más profundo del corazón que ha sido tocado por el Espíritu Santo. El apóstol Juan nos dio una definición práctica de humildad cuando dijo: «El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo» (1 Juan 2: 10).
Cuando observamos a nuestro ejemplo máximo de humildad, Jesús, vemos que tenía diferentes maneras de aproximarse a las personas. Siempre procuraba adaptarse a las personas con las que se relacionaba, a los lugares en que se encontraban, y a las situaciones que se le presentaban. Su adaptabilidad era obvia, porque siempre aceptaba a las personas donde se encontraban, sin importar las circunstancias que las rodearan. Esa actitud era parte de la humildad de Jesús.
De hecho, ser humildes no significa que las personas tengan que adaptarse a nosotros, sino que nosotros nos adaptemos a ellas. Cada día encontramos personas que piensan de forma distinta que nosotros, y que a veces procuraran llevarnos la contraria, e incluso se deleitan en ello. Pese a eso, no debemos olvidar que estamos pidiendo a Dios que nos ayude a ser como Jesús. La próxima vez que alguien te plantee un desafío y estés a punto de perder la compostura y la humildad, pregúntate esto: « ¿Cómo se adaptaría Jesús a esta persona?»
En un documental de televisión que tuve la oportunidad de ver sobre la vida de las ovejas, supe que en un estudio se descubrió que las ovejas tienen la percepción de que el pasto es más verde al otro lado de la cerca que el que está de su lado. Es interesante que este sea el caso de muchos de nosotros. Tenemos la tendencia a pensar y a decir: «Ah, es que yo podría ser una mejor persona si viviera en otro vecindario». «Si yo trabajara en otro lugar, donde no estuviera rodeado de este tipo de personas, la gente sabría cuan dulce y bueno soy en realidad». «Si estuviera casado con otra persona, tendría un carácter mejor».
Muchas veces no somos tan humildes como quisiéramos ser porque queremos que los demás se adapten a nosotros. Podemos pasar la vida esperando que los demás se adapten a nuestra manera de ser, pero así nunca alcanzaremos el nivel de humildad que Jesús quiere que alcancemos. Decide hoy ser humilde. Pide a Dios que te dé el don de la humildad. Comprende a los demás, aunque tengan defectos. Si eres humilde, serás más feliz y podrá suponer una influencia positiva e inolvidable para los demás.
Agosto 2 El más grande es el amor
Y dijo: «De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». Mateo 18:3
Seguramente también tú, como todos los seres humanos, tienes en lo más profundo del corazón el deseo de ser "alguien", de ser reconocido, de ser importante, de ser igual o más que los demás. Es un deseo natural del corazón humano. Es el más persistente de todos los deseos del hombre.
Los discípulos de nuestro Señor, hasta el último momento de la vida de Jesús, siguieron discutiendo «quién de ellos sería el mayor». Por eso le preguntaron a Jesús: « ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?» (Mat. 18:1).
Evidentemente, las propias lecciones de humildad de Jesús, dadas por precepto y ejemplo, no habían surtido efecto. Necesitaban una lección más impactante. La definitiva la recibieron cuando les lavó los pies. Pero ya antes les enseñó la misma lección con otro ejemplo sencillo. El Señor Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos, y les dijo: «De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos» (Mat. 18: 3,4).
Los discípulos imaginaban un reino terrenal, con cortesanos, ministros, embajadores y gobernadores, posiciones todas en las que la grandeza se mide por el poder, la influencia, la popularidad y el dinero. En el mundo, la posición, el engrandecimiento propio, la influencia, la riqueza y la educación se usan para el engrandecimiento propio, para dominar a los demás. Las clases "superiores" piensan, deciden y gobiernan; las clases humildes obedecen y sirven.
Sin embargo, Cristo estaba estableciendo un nuevo reino, basado en principios diferentes. Llamaba a los hombres no a ejercer autoridad, sino a servir. El poder, la posición, el talento y la educación obligan a quien los posee a servir a su prójimo. Eso hizo el mayor de los hombres de todos los tiempos: «Toda la vida de Cristo había sido una vida de servicio abnegado. La lección de cada uno de sus actos enseñaba que había venido "no... para ser servido, sino para servir". Pero los discípulos no habían aprendido todavía la lección» (El Deseado de todas las gentes, p. 598).
En el reino de Dios, el más humilde es el más grande. El que más sirve es el más útil El que reconoce que sin Jesús nada puede hacer, es el más realizado. Por eso Jesús puso a un niño como ejemplo. Los discípulos de Jesús solo aprendieron esa importantísima lección cuando terminaba su período de instrucción. ¿Ya la has aprendido tú?
Seguramente también tú, como todos los seres humanos, tienes en lo más profundo del corazón el deseo de ser "alguien", de ser reconocido, de ser importante, de ser igual o más que los demás. Es un deseo natural del corazón humano. Es el más persistente de todos los deseos del hombre.
Los discípulos de nuestro Señor, hasta el último momento de la vida de Jesús, siguieron discutiendo «quién de ellos sería el mayor». Por eso le preguntaron a Jesús: « ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?» (Mat. 18:1).
Evidentemente, las propias lecciones de humildad de Jesús, dadas por precepto y ejemplo, no habían surtido efecto. Necesitaban una lección más impactante. La definitiva la recibieron cuando les lavó los pies. Pero ya antes les enseñó la misma lección con otro ejemplo sencillo. El Señor Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos, y les dijo: «De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos» (Mat. 18: 3,4).
Los discípulos imaginaban un reino terrenal, con cortesanos, ministros, embajadores y gobernadores, posiciones todas en las que la grandeza se mide por el poder, la influencia, la popularidad y el dinero. En el mundo, la posición, el engrandecimiento propio, la influencia, la riqueza y la educación se usan para el engrandecimiento propio, para dominar a los demás. Las clases "superiores" piensan, deciden y gobiernan; las clases humildes obedecen y sirven.
Sin embargo, Cristo estaba estableciendo un nuevo reino, basado en principios diferentes. Llamaba a los hombres no a ejercer autoridad, sino a servir. El poder, la posición, el talento y la educación obligan a quien los posee a servir a su prójimo. Eso hizo el mayor de los hombres de todos los tiempos: «Toda la vida de Cristo había sido una vida de servicio abnegado. La lección de cada uno de sus actos enseñaba que había venido "no... para ser servido, sino para servir". Pero los discípulos no habían aprendido todavía la lección» (El Deseado de todas las gentes, p. 598).
En el reino de Dios, el más humilde es el más grande. El que más sirve es el más útil El que reconoce que sin Jesús nada puede hacer, es el más realizado. Por eso Jesús puso a un niño como ejemplo. Los discípulos de Jesús solo aprendieron esa importantísima lección cuando terminaba su período de instrucción. ¿Ya la has aprendido tú?
Agosto 1 Todos son Bienvenidos
Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron:
«Maestro, ¿qué haremos?» El les dijo: «No exijáis mas de lo que os esta ordenado».
Lucas 3: 12, 13
¿Has reparado en el tipo de personas que acudían a Juan el Bautista para ser bautizadas? La Palabra de Dios dice: «Vinieron también unos publicanos para ser bautizados. Como sabes, esos individuos eran deshonestos. El propio Juan los había llamado «generación de víboras*. Los publicanos eran los recolectores de impuestos, que en aquella época era sinónimo de fraude y extorsión a sus compatriotas.
Aquellos publicanos eran, sencillamente, pecadores que andaban en busca de la salvación, como nosotros. A Dios no le importa la mala fama. Juan sabia cuan valiosos para el reino de Dios podían llegar a ser los cobradores de impuestos. Es fácil comprender que los líderes religiosos dudaran que los cobradores de impuestos fueran los mejores candidatos para formar el reino de Dios. Pensaban que Juan quería construir un mundo abnegado y sacrificado con personas egoístas y ambiciosas. Después de todo, no había quien no supiese que los cobradores de impuestos eran ladrones. Sus pecados eran tan obvios que no hacía falta que los confesasen; los demás ya lo hacían por ellos.
Apuntar con el dedo acusador puede ser indicio de tener una "respetabilidad" farisaica que cree que solo deben bautizarse personas como uno. Quienes así juzgan a los demás piensan que son el tipo ideal de persona para establecer el reino de Dios, el modelo al que los demás deben aspirar, el tipo de persona que debe llenar los bancos de la iglesia.
A diferencia de muchos de nosotros, Juan sabia que a las personas no se las debe tratar como son, porque se las hará peores de lo que son; debe tratárselas como pueden llegar a ser, y así llegaran a ser mejores de lo que son. Como ocurre con todos los cristianos, cuando los publicanos fueron bautizados, dejaron sus corazones quebrantados bajo las aguas del Jordán. Veían con lágrimas en los ojos que las arremolinadas aguas del rio arrastraban sus pecados. Su corazón estaba lleno de gozo y felicidad. Sabían que, posiblemente, al cruzar el camino encontrarían fariseos cuya confesión había sido más de labios que de corazón. Y no les importaba, porque estaban dispuestos a cargar su cruz.
¿Te inquietan algunas personas que son llamadas a unirse a la iglesia? La iglesia está preparada, y fue organizada, para recibir a los peores pecadores. Como Pablo, que, ya siendo apóstol, todavía se consideraba «el primero de los pecadores» (1 Tim. 1: 15). La gente mala constituye el mejor símbolo de la transformación. Ellos, unidos a Jesús, transformaran el mundo.
«Maestro, ¿qué haremos?» El les dijo: «No exijáis mas de lo que os esta ordenado».
Lucas 3: 12, 13
¿Has reparado en el tipo de personas que acudían a Juan el Bautista para ser bautizadas? La Palabra de Dios dice: «Vinieron también unos publicanos para ser bautizados. Como sabes, esos individuos eran deshonestos. El propio Juan los había llamado «generación de víboras*. Los publicanos eran los recolectores de impuestos, que en aquella época era sinónimo de fraude y extorsión a sus compatriotas.
Aquellos publicanos eran, sencillamente, pecadores que andaban en busca de la salvación, como nosotros. A Dios no le importa la mala fama. Juan sabia cuan valiosos para el reino de Dios podían llegar a ser los cobradores de impuestos. Es fácil comprender que los líderes religiosos dudaran que los cobradores de impuestos fueran los mejores candidatos para formar el reino de Dios. Pensaban que Juan quería construir un mundo abnegado y sacrificado con personas egoístas y ambiciosas. Después de todo, no había quien no supiese que los cobradores de impuestos eran ladrones. Sus pecados eran tan obvios que no hacía falta que los confesasen; los demás ya lo hacían por ellos.
Apuntar con el dedo acusador puede ser indicio de tener una "respetabilidad" farisaica que cree que solo deben bautizarse personas como uno. Quienes así juzgan a los demás piensan que son el tipo ideal de persona para establecer el reino de Dios, el modelo al que los demás deben aspirar, el tipo de persona que debe llenar los bancos de la iglesia.
A diferencia de muchos de nosotros, Juan sabia que a las personas no se las debe tratar como son, porque se las hará peores de lo que son; debe tratárselas como pueden llegar a ser, y así llegaran a ser mejores de lo que son. Como ocurre con todos los cristianos, cuando los publicanos fueron bautizados, dejaron sus corazones quebrantados bajo las aguas del Jordán. Veían con lágrimas en los ojos que las arremolinadas aguas del rio arrastraban sus pecados. Su corazón estaba lleno de gozo y felicidad. Sabían que, posiblemente, al cruzar el camino encontrarían fariseos cuya confesión había sido más de labios que de corazón. Y no les importaba, porque estaban dispuestos a cargar su cruz.
¿Te inquietan algunas personas que son llamadas a unirse a la iglesia? La iglesia está preparada, y fue organizada, para recibir a los peores pecadores. Como Pablo, que, ya siendo apóstol, todavía se consideraba «el primero de los pecadores» (1 Tim. 1: 15). La gente mala constituye el mejor símbolo de la transformación. Ellos, unidos a Jesús, transformaran el mundo.
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