sábado, 3 de octubre de 2009

Octubre 3 Todos podemos tener éxito


Cada vez que los príncipes de los filisteos salían en batalla, David tenía
más éxito que todos los siervos de Saúl, por lo que su nombre llegó a ser muy estimado. 1 Samuel 18: 30


David tuvo más éxito que todos sus hermanos. Daniel tuvo más éxito que todos sus compañeros. Pablo tuvo más éxito que todos los demás apóstoles. ¿Por qué? ¿Qué tipo de éxito? Por otra parte, Haydn murió enfermo en Viena cuan¬do los franceses tomaron la ciudad; Beethoven murió en tristes condiciones; Mozart bajó al sepulcro acompañado únicamente por el empresario de pompas fúnebres; Schubert, desilusionado, murió a los 31 años de edad. Pero todos tuvieron éxito.
Hay un tipo de éxito que es espiritualmente malsano. Es el que se alcanza pisotean¬do a otros para sobresalir; el que sacrifica la salud física y mental y a los seres queridos; el que cede a la avaricia, la envidia y la soberbia; el que convierte al hombre en admira¬dor de sí mismo y buscador del aplauso de los demás. Un padre dio una vez el siguiente sabio consejo a su hijo: «Estoy muy interesado en la profesión que vas a elegir. No me gusta influir sobre ti demasiado. Solo asegúrate de lo siguiente: que cualquiera sea tu decisión, poco importa, si solo sigues nuestra gran vocación común, el servicio de Cristo». ¡Qué diferencia con las palabras de Adolf Hitler en su libro Mein Kampf (Mi lucha): «El éxito es el único juez terrenal entre el bien y el mal»!
«Dios no ve a las personas de éxito como nosotros las vemos. Nosotros vemos el éxito en forma exterior. Dios ve el éxito en forma interior. El verdadero éxito brota de ciertas cualidades de carácter: la sencillez, la cortesía, la obediencia, la devoción a una causa digna. Puede ser acompañado por la prosperidad material o no; puede conducir a dignificar una posición o no; puede llevar hasta la fama entre los hom¬bres o no; pero será éxito a la vista de Dios» (Gerald L. Minchin, Los portales del reino, p. 116).
El éxito de David era éxito a la vista de Dios. Durante muchos años vivió como ungido de Dios para ocupar el trono de Israel, pero no lo dijo a nadie. Nunca se jactó. Nunca alardeó. Resistió la tentación de hacer valer sus derechos al trono durante siete años mientras Saúl lo perseguía. Solo accedió al trono cuando Dios se lo señaló. Cuando las circunstancias aconsejaron el importante paso, no hizo nada hasta consultar con Dios: «¿Subiré a algunas de las ciudades de Judá?» Y Dios le dio indicaciones.
Sé humilde, sincero, dedicado, fiel, esforzado y prudente, y tendrás éxito según Dios.

Octubre 2 Los imperativos de la libertad


Y santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores. Levítico 25: 10
La libertad es un legado de Dios. El Señor creó a los seres humanos para que vivieran y se desarrollaran en libertad. Satanás ha procurado esclavizar a la raza humana bajo su dominio. Por eso precisamente Dios está empeñado en una lucha para dar libertad a la humanidad. Emociona pensar que Jesús murió para liberar a los que eran cautivos de Satanás, para liberar a aquellos que no tenían libertad para elegir. Jesús murió para que todos los hombres, que eran siervos del pecado, tuvieran la posibilidad de ejercer su capacidad de elección.
Son muy significativas las palabras pronunciadas por el magistrado Learned Hand en un discurso pronunciado en la ciudad de Nueva York el año 1944: « ¿Qué queremos decir cuando afirmamos que, ante todo, buscamos la libertad? A menudo me pregunto si no apoyamos demasiado nuestras esperanzas sobre constituciones, sobre leyes, sobre tribunales. Estas son falsas esperanzas; créanme. Estas son falsas esperanzas.
»La libertad descansa en los corazones de los hombres y las mujeres; cuando muere ahí, ninguna constitución, ley o tribunal puede hacer mucho por, cuando menos, ayudar¬la. Mientras permanezca ahí, no necesita constitución, ley ni tribunal para salvarla».
Dios puso la libertad en el corazón de la humanidad, y Dios es el que garantiza la libertad. Puede ser que las autoridades humanas restrinjan las libertades individuales, pero no pueden arrebatar la libertad que está arraigada por el Creador en el alma. Las personas pueden ser libres, aunque estén prisioneros en una mazmorra. Nadie puede arrebatarle la libertad a un alma humana. Pero ella puede entregar su libertad a quien quiera. Es una tragedia que aquellos seres humanos a quienes Jesús liberó a un costo tan alto para que pudieran ejercer su privilegio de elegir, decidan, usando la libertad que él les dio, hacerse esclavos de Satanás. El apóstol Pablo lo expresó con mucho acierto: «Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres» (1 Cor. 7: 23).
Hemos de ejercer la libertad con que Cristo nos hizo libres. Librándonos, en primer lugar, de la esclavitud de Satanás a través del pecado. Como dijo nuestro Señor, «todo el que comete pecado, es esclavo del pecado» (Juan 8: 34). En segundo lugar, de toda noción o idea equivocada. No hay mayor esclavitud, después de la del pecado, que la esclavitud del error. Por eso dijo nuestro Señor: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará» (vers. 32). En tercer lugar está la libertad política. Luchemos por ella siendo ciudadanos ejemplares. Seamos libres, porque «a libertad nos llamó Dios».

1 octubre Vive a la expectativa


Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará. Salmo 37: 5
La vida muchas veces no es justa. Esta lección la hemos aprendido todos en algún momento de nuestra vida. ¿Qué justicia puede haber cuando un bebé sufre una enfermedad dolorosa y luego muere por causa de una dolencia contagiosa y de¬generativa que su padre le transmitió? Por supuesto, hay injusticias menos dramáticas. Recibimos lo que no debemos recibir: mal por bien. Los amigos nos fallan. Aquellos en quienes confiábamos nos traicionan. Somos juzgados equivocadamente, o se nos critica con el deseo de destruirnos, usando la mentira como único argumento.

Dios nos dice: «No te impacientes a causa de los malignos» (Sal. 37: 1). Él pagará, a su tiempo, conforme a derecho, a los que te hicieron daño, y reparará el daño que recibiste. El Señor equilibrará las finanzas destrozadas. Mejorará la salud afectada por la enfermedad. Reparará la reputación que ha quedado en entredicho y la imagen que se ha visto deformada.

Recuerda que los hijos de Dios se ejercitan en la paciencia. Dios no actúa como noso¬tros quisiéramos, ni en el momento ni en la forma que quisiéramos. Dios actúa de manera redentora. No quiere tanto curar enfermedades, vengar agravios o resolver problemas de sus hijos como educar, edificar, purificar y santificar. Por eso, no siempre tenemos la capacidad de comprender la forma en que actúa y cómo contesta nuestras peticiones.

Por ello, en lugar de sentirte desengañado, debes decir: «Soy un hijo de Dios. Él me ama, es mi Padre. Él desea cambiar las cosas a mi favor». Por eso, es muy apropiado el consejo de hoy: «Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará» (Sal. 37: 5). Confía y espera en Jehová. No te apresures. Si parece que se demora, espéralo. Los cris¬tianos dan testimonio de la dirección de Dios en su vida por la perspectiva de los años, no por el número y la claridad de las respuestas que reciben.

Dios promete restaurarlo todo: la paz que se ha perdido, el hogar a punto de desintegrares, el buen nombre que ha sido manchado, el empleo que se perdió, el dinero que se entregó confiadamente y que nunca le devolvieron, lo que se perdió por el engaño de los que hicieron promesas y nunca las cumplieron. No todos reciben la misma res¬puesta porque no todos están bajo el mismo proceso educativo divino. La clave de la seguridad en Dios está en la confianza en su amor y su justicia.

Dios quiere venir a cambiar las cosas en tu favor. Cambia tu manera de pensar y espera en el Señor. ¡Vive a la expectativa!

Curiosidades bíblicas y mucho mas.... “La mujer, en su perfección más grande, fue hecha para servir y obedecer al hombre…” Knox ...