Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre.
mateo 3: 4
Somos diferentes de otras personas. No solo nuestras huellas digitales y nuestro ADN; también nuestras costumbres, nuestras prácticas, nuestras preferencias y nuestros gustos lo son. Y la diferencia todavía es mayor cuando somos de otra cultura. Juan el Bautista nos causaría una impresión muy extraña en la actualidad. Su forma de vestir, su manera de hablar, su cabello de nazareo, su forma de alimentarse, y muchas otras características suyas podrían hacérnoslo ver inaceptable, difícil de amar. A veces encontramos personas raras en la vida. Individuos que complican nuestro mundo y que son difíciles de amar. Otros, por sus defectos de carácter, nos desagradan; son como aguijones y espinas, que con solo tocarlos nos hieren. ¿Deseas que el mundo cambie para sentirte seguro? ¿Quisieras que cambiaran todas esas personas raras para poder amarlas? Es imposible. La solución es que Dios te cambie a ti para que aprendas el arte de amar a los que son diferentes. No son los demás los que deben cambiar. Debes cambiar tú por el bien del mundo.
Juan el Bautista nos ensena algunas verdades importantes que nos ayudan a relacionarnos mejor con los demás y aceptarlos a pesar de sus diferencias:
• Las personas más dedicadas parecen raras. Están en este mundo, tal como son, porque Dios las necesita para cumplir sus propósitos. Son la respuesta de Dios a muchas necesidades que no comprendemos. Por su manera rara de ser encajan perfectamente en el lugar y la época en que viven para la tarea que Dios les ha asignado.
• Busca la sencillez y serás usado por Dios. Aprende a llevar el "pelo de camello" de una vida espiritual interior. Aférrate al Señor en la necesidad desértica de tu propia devoción. Puede ser que tu apego a la voluntad del Señor y tus prácticas cristianas te hagan parecer una persona rara. Cuando ames al Señor con todo tu corazón, el deseo de quedar bien a los ojos de los demás perderá su importancia.
• Debemos practicar una vida de sumisión a Dios. Somete tu voluntad al Señor. Entrégale todo lo que eres y todo lo que puedes ser. Dile a Dios: «Hazme como tu deseas que sea. Acepto tus costumbres, tu alimento, tu vestuario. No diré al mundo: "Aquí estoy", le diré: "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" ».
Di a Dios: «Señor, no me importa que el mundo me considere raro. Deseo hacer tu voluntad, y ser semejante a Jesús».
Conocimiento, Sabiduría y Ciencia, dones del Señor para cada uno de nosotros. Demandémoslas de Dios, quien es generoso en suplir.
domingo, 19 de julio de 2009
Julio 28 Un amigo verdadero
Entonces se levanto Jonatán hijo de Saúl y vino a David en Mores, y fortaleció su mano en Dios. 1 Samuel 23: 16
Los amigos son necesarios. Un amigo sincere es una mano que ayuda y auxilia en tiempo de necesidad. Con toda razón se ha dicho que un amigo es como la sangre, que acude a la herida sin que nadie la llame.
Los amigos se quitan la máscara y se revelan como son, sin inhibiciones. Los psicólogos hablan de la necesidad de tener un "amigo significativo". Dicen que a ese amigo se le pueden revelar todos los secretes de la vida sin ningún temor. Los amigos se dan totalmente, en libertad absoluta. Puede abrirse el corazón delante de ellos, sin reservas.
Según se describe en el relate bíblico registrado en 1 Samuel 23: 14-18, Jonatán era un verdadero amigo de David. Aunque era el heredero legitimo al trono, no manifestó ni celos ni envidia hacia su amigo David. Acepto la preeminencia de David; acepto que sería rey de Israel y humildemente decidió ocupar el segundo lugar.
Los verdaderos amigos están dispuestos a dar no solo cosas o posiciones, sino la vida misma. Jonatán ensena que los amigos verdaderos son una fuente constante de ánimo. David era atormentado constantemente por el odio asesino del rey Saúl. No importaba donde se encontrara, ya fuera metido en una cueva o detrás de un arbusto, o quizás oculto en una colina, o detrás de un peñasco, esperaba que en cualquier momento Saúl lo encontrara y acabara con su vida. Pero David tenía la bendición de contar con un amigo como Jonatán. El estaba ahí para fortalecerlo. Lo visito en el desierto y le dio palabras de aliento: «No temas, pues no te hallara la mano de Saúl mi padre, y tu reinaras sobre Israel, y yo seré segundo después de ti» (1 Sam 23: 17). Se parecía a Juan el Bautista, el mayor de los profetas, quien dijo, comparándose con Jesús: «A él conviene crecer, mas a mi menguar» (Juan 3: 30).
Decide esta mañana ser un buen amigo. Escucha a tus amigos. Anímalos a expresar cuanto sienten. Si sienten deseos de llorar, déjalos romper en llanto. Si quieren quejarse, permíteles que expresen sus quejas. Escúchalos con toda atención y empatía. Como verdadero amigo, nunca abandones a esas personas que confían en ti. Deja que sean ellas mismas; anímalas a desarrollar su individualidad.
Busca a tu amigo. Dile que comprendes su dolor y que puede contar contigo. Sobre todo, nunca olvides al mejor amigo que tienes: el Señor Jesucristo. ¿Qué clase de amigo eres tú?
Los amigos son necesarios. Un amigo sincere es una mano que ayuda y auxilia en tiempo de necesidad. Con toda razón se ha dicho que un amigo es como la sangre, que acude a la herida sin que nadie la llame.
Los amigos se quitan la máscara y se revelan como son, sin inhibiciones. Los psicólogos hablan de la necesidad de tener un "amigo significativo". Dicen que a ese amigo se le pueden revelar todos los secretes de la vida sin ningún temor. Los amigos se dan totalmente, en libertad absoluta. Puede abrirse el corazón delante de ellos, sin reservas.
Según se describe en el relate bíblico registrado en 1 Samuel 23: 14-18, Jonatán era un verdadero amigo de David. Aunque era el heredero legitimo al trono, no manifestó ni celos ni envidia hacia su amigo David. Acepto la preeminencia de David; acepto que sería rey de Israel y humildemente decidió ocupar el segundo lugar.
Los verdaderos amigos están dispuestos a dar no solo cosas o posiciones, sino la vida misma. Jonatán ensena que los amigos verdaderos son una fuente constante de ánimo. David era atormentado constantemente por el odio asesino del rey Saúl. No importaba donde se encontrara, ya fuera metido en una cueva o detrás de un arbusto, o quizás oculto en una colina, o detrás de un peñasco, esperaba que en cualquier momento Saúl lo encontrara y acabara con su vida. Pero David tenía la bendición de contar con un amigo como Jonatán. El estaba ahí para fortalecerlo. Lo visito en el desierto y le dio palabras de aliento: «No temas, pues no te hallara la mano de Saúl mi padre, y tu reinaras sobre Israel, y yo seré segundo después de ti» (1 Sam 23: 17). Se parecía a Juan el Bautista, el mayor de los profetas, quien dijo, comparándose con Jesús: «A él conviene crecer, mas a mi menguar» (Juan 3: 30).
Decide esta mañana ser un buen amigo. Escucha a tus amigos. Anímalos a expresar cuanto sienten. Si sienten deseos de llorar, déjalos romper en llanto. Si quieren quejarse, permíteles que expresen sus quejas. Escúchalos con toda atención y empatía. Como verdadero amigo, nunca abandones a esas personas que confían en ti. Deja que sean ellas mismas; anímalas a desarrollar su individualidad.
Busca a tu amigo. Dile que comprendes su dolor y que puede contar contigo. Sobre todo, nunca olvides al mejor amigo que tienes: el Señor Jesucristo. ¿Qué clase de amigo eres tú?
Julio 27 La zarza ardiente
Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego,en medio de una zarza; y el miro, y vio que la zarza ardía en fuego,
y la zarza no se consumía. Éxodo 3: 2
La experiencia de Moisés ante la zarza ardiente rebosa de lecciones para nosotros hoy. Alii se encontró con Cristo, la segunda persona de la Deidad, «el Ángel de Jehová», el «Ángel del pacto» (Mal. 3: 1). Moisés supo de quien se trataba porque desde la antigüedad Dios se había comunicado con sus siervos bajo ese nombre (Gén. 22:11).
Por otro lado, según la Biblia (Jue. 9: 8-15), la zarza era la planta más humilde, pues palidecía al compararla con arboles más nobles y de mayor porte. Ello vendría a representar la humildad del Estado de Israel en comparación con los otros pueblos de la tierra. ¿Por qué decidió Dios manifestarse en un arbusto tan poco atractivo como la zarza? ¿Por qué no eligió un árbol más noble que hubiese en la región del Sinaí? Porque deseaba dar un mensaje a Moisés. Quería comunicarle que su pueblo, tan humilde y esclavizado en Egipto, era su pueblo, y que no se avergonzaba de ellos. Por eso la zarza ardiente era «una apropiada representación visible del mensaje que Dios impartió alii a Moisés y del valor que Dios le concedía a Israel al ser su Dios y ellos ser su pueblo».
¿Eres de origen y condición humilde? No te desalientes: Dios quiere mostrar su luz en su pueblo como iglesia, y en ti como miembro. Recuerda que nuestro Señor Jesucristo fue representado como «raíz de tierra seca»; no había en el «parecer ni hermosura» (Isa. 52: 14 - 53: 2). Sin embargo, será exaltado «hasta lo sumo» y se le dará un nombre «que es sobre todo nombre» (Fil. 2: 9). Lo mismo ocurrirá con el pueblo de Dios.
Además, así como ardía la zarza, debemos "arder" para Dios. El apóstol Pablo dijo algo relacionado con esto: «Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo* (Fil. 2:15). Y una reflexión más: ¿Cuánto tiempo había estado ardiendo la zarza antes de que Moisés lo notara? Conviene reflexionar, no sea que Dios también quiera hablarnos desde una zarza que espera que veamos.
Quizá Dios ponga hoy una zarza ardiente en tu vida para que hagas un alto en el camino. Arde hoy por Dios, como la zarza del Sinaí. Participa en el plan maravilloso que Dios tiene hoy para ti.
y la zarza no se consumía. Éxodo 3: 2
La experiencia de Moisés ante la zarza ardiente rebosa de lecciones para nosotros hoy. Alii se encontró con Cristo, la segunda persona de la Deidad, «el Ángel de Jehová», el «Ángel del pacto» (Mal. 3: 1). Moisés supo de quien se trataba porque desde la antigüedad Dios se había comunicado con sus siervos bajo ese nombre (Gén. 22:11).
Por otro lado, según la Biblia (Jue. 9: 8-15), la zarza era la planta más humilde, pues palidecía al compararla con arboles más nobles y de mayor porte. Ello vendría a representar la humildad del Estado de Israel en comparación con los otros pueblos de la tierra. ¿Por qué decidió Dios manifestarse en un arbusto tan poco atractivo como la zarza? ¿Por qué no eligió un árbol más noble que hubiese en la región del Sinaí? Porque deseaba dar un mensaje a Moisés. Quería comunicarle que su pueblo, tan humilde y esclavizado en Egipto, era su pueblo, y que no se avergonzaba de ellos. Por eso la zarza ardiente era «una apropiada representación visible del mensaje que Dios impartió alii a Moisés y del valor que Dios le concedía a Israel al ser su Dios y ellos ser su pueblo».
¿Eres de origen y condición humilde? No te desalientes: Dios quiere mostrar su luz en su pueblo como iglesia, y en ti como miembro. Recuerda que nuestro Señor Jesucristo fue representado como «raíz de tierra seca»; no había en el «parecer ni hermosura» (Isa. 52: 14 - 53: 2). Sin embargo, será exaltado «hasta lo sumo» y se le dará un nombre «que es sobre todo nombre» (Fil. 2: 9). Lo mismo ocurrirá con el pueblo de Dios.
Además, así como ardía la zarza, debemos "arder" para Dios. El apóstol Pablo dijo algo relacionado con esto: «Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo* (Fil. 2:15). Y una reflexión más: ¿Cuánto tiempo había estado ardiendo la zarza antes de que Moisés lo notara? Conviene reflexionar, no sea que Dios también quiera hablarnos desde una zarza que espera que veamos.
Quizá Dios ponga hoy una zarza ardiente en tu vida para que hagas un alto en el camino. Arde hoy por Dios, como la zarza del Sinaí. Participa en el plan maravilloso que Dios tiene hoy para ti.
Julio 26 Dejemos de hablar de la misión
Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, ensenando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad
y toda dolencia en el pueblo.
mateo 9: 35
La misión divina demanda que contemplemos las cosas como las veía Jesús, que las sintamos como las sentía él, que vayamos a los sitios como lo hacia el Salvador. Esa misión exige que oremos fervientemente al Señor de la cosecha (Luc. 10: 2). Por último, demanda que nosotros mismos nos entreguemos a la misión. Ya llego el tiempo en que debemos dejar de hablar acerca de la misión y dedicarnos en cambio a hacer la misión.
Jesús vino del cielo a la tierra. ¡Fue el primer y el más grande misionero de todos los tiempos! Cumplió la gran misión de revelar el amor de Dios, su gracia y su misericordia. Jesús vino a donde nosotros estábamos y se encarno. Por así decirlo, nosotros también nos encarnamos para cumplir la misión. Por eso no solo enviamos videos o libros a las personas que necesitan ser alcanzadas. Vamos a esas personas porque nada puede reemplazar nuestro lugar entre ellas, cumpliendo así nuestra misión personal-mente, "en la carne".
La misión divina significa, finalmente, que nosotros debemos participar. Juan 3: 16 no dice que Dios amo tanto al mundo que nombro un comité o una fuerza de trabajo. No. Envió a su Hijo. En una de las escenas más dramáticas de la Biblia, Dios se dirige a Moisés con estas palabras: «Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias. Y he descendido para libraros de mano de los egipcios» (Exo. 3: 7, 8). Ese es el corazón de la misión.
Dios no es una autoridad lejana. Es un Dios cercano, próximo. Para ti, no es tanto un Dios que este en todas partes como un Dios que esta donde estas tu. Dios está aquí. Adentro. Está contigo. Es Emanuel, «Dios con nosotros». Y tú estás para ser la extensión de la cercanía de Dios en su gran misión de alcanzar este mundo.
Tienes que ir. Tienes que contemplar las cosas como las veía Jesús. Tiene que sentir como el sintió. Tienes que orar al Señor de la mies para que envíe obreros a recoger la cosecha. Desde luego, la misión divina demanda que actuemos, que hagamos algo por salvar a los perdidos.
Acude hoy al Señor, y dile: «Señor, deseo ser parte de lo que estás haciendo. Quiero ir a recoger la cosecha».
y toda dolencia en el pueblo.
mateo 9: 35
La misión divina demanda que contemplemos las cosas como las veía Jesús, que las sintamos como las sentía él, que vayamos a los sitios como lo hacia el Salvador. Esa misión exige que oremos fervientemente al Señor de la cosecha (Luc. 10: 2). Por último, demanda que nosotros mismos nos entreguemos a la misión. Ya llego el tiempo en que debemos dejar de hablar acerca de la misión y dedicarnos en cambio a hacer la misión.
Jesús vino del cielo a la tierra. ¡Fue el primer y el más grande misionero de todos los tiempos! Cumplió la gran misión de revelar el amor de Dios, su gracia y su misericordia. Jesús vino a donde nosotros estábamos y se encarno. Por así decirlo, nosotros también nos encarnamos para cumplir la misión. Por eso no solo enviamos videos o libros a las personas que necesitan ser alcanzadas. Vamos a esas personas porque nada puede reemplazar nuestro lugar entre ellas, cumpliendo así nuestra misión personal-mente, "en la carne".
La misión divina significa, finalmente, que nosotros debemos participar. Juan 3: 16 no dice que Dios amo tanto al mundo que nombro un comité o una fuerza de trabajo. No. Envió a su Hijo. En una de las escenas más dramáticas de la Biblia, Dios se dirige a Moisés con estas palabras: «Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias. Y he descendido para libraros de mano de los egipcios» (Exo. 3: 7, 8). Ese es el corazón de la misión.
Dios no es una autoridad lejana. Es un Dios cercano, próximo. Para ti, no es tanto un Dios que este en todas partes como un Dios que esta donde estas tu. Dios está aquí. Adentro. Está contigo. Es Emanuel, «Dios con nosotros». Y tú estás para ser la extensión de la cercanía de Dios en su gran misión de alcanzar este mundo.
Tienes que ir. Tienes que contemplar las cosas como las veía Jesús. Tiene que sentir como el sintió. Tienes que orar al Señor de la mies para que envíe obreros a recoger la cosecha. Desde luego, la misión divina demanda que actuemos, que hagamos algo por salvar a los perdidos.
Acude hoy al Señor, y dile: «Señor, deseo ser parte de lo que estás haciendo. Quiero ir a recoger la cosecha».
Julio 25 ¿De compras o evangelizando?
¿No decís vosotros: «Aun faltan cuatro meses para que llegue la siega?»
He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.
Juan 4: 35
La evangelización es un llamado urgente a recoger una cosecha que ya está madura. Los campos están blancos; ya están listos para la siega. El Espíritu Santo, a través de tantos sermones predicados por labios consagrados de laicos y pasto-res y centenares de estudios bíblicos presentados, ha despertado en muchos corazones el deseo de beber del agua de la vida.
Hay corazones desesperados, almas cansadas —como la samaritana— de ir y venir de forma rutinaria e insensata por el camino de muerte de los placeres de esta vida. Hoy están esperando escuchar una voz que los invite a venir a Jesús para hallar vida, y vida abundante. ¿Cómo podemos ser indiferentes en esta obra de recoger la cosecha?
Al parecer, los discípulos de Jesús creían que el viaje a Samaria era un viaje sin importancia y sin propósito. Fueron a la ciudad como compradores, no como evangelizadores. Cuando regresaron, Jesús les dijo que el ya había comido una comida que ellos no podían comprender. Ellos quedaron confundidos.
¿Cuál es tu parte en la cosecha del mundo? Si los campos están blancos para la siega, tienes que estar listo, con un sentido de urgencia, para recoger el grano antes de que los vientos y las tormentas de la confusión religiosa y de las falsas doctrinas destruyan el fruto. Nunca ha ocurrido que un buen agricultor haya sido indolente a la hora de la cosecha. La cosecha no puede resultarte indiferente tampoco a ti.
La clave está en la urgencia. El mundo se está volviendo hacia Dios. Se levantan miles de iglesias nuevas. Multitudes están volviendo a la fe. La cosecha está madura. Jesús te pregunta hoy: « ¿De verdad te gozas por los que están volviendo a la fe? ¿Te deleitas porque cada hora tienes nuevos hermanos y hermanas en la fe? ¿Se alegra tu corazón por los miles que abandonan el infierno de una vida sin Dios y entran al reino de Cristo? ¿Te complace ver a las multitudes que han encontrado una nueva vida llena de significado?»
Jesús te invita: «Hijo, ven porque te necesito; ven y ayúdame a recoger la cosecha. Levanta tus ojos, estoy esperando a un mundo desesperado para darle esperanza. Preocúpate conmigo por las almas perdidas. Entiende el corazón de mi Padre, quien no quiere "que nadie se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento". Ama a todos los que mi Padre ama. Ven, amémoslos juntos». Recuerda que no estás aquí para ir de compras, sino para dar el último mensaje de la misericordia de Dios.
He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.
Juan 4: 35
La evangelización es un llamado urgente a recoger una cosecha que ya está madura. Los campos están blancos; ya están listos para la siega. El Espíritu Santo, a través de tantos sermones predicados por labios consagrados de laicos y pasto-res y centenares de estudios bíblicos presentados, ha despertado en muchos corazones el deseo de beber del agua de la vida.
Hay corazones desesperados, almas cansadas —como la samaritana— de ir y venir de forma rutinaria e insensata por el camino de muerte de los placeres de esta vida. Hoy están esperando escuchar una voz que los invite a venir a Jesús para hallar vida, y vida abundante. ¿Cómo podemos ser indiferentes en esta obra de recoger la cosecha?
Al parecer, los discípulos de Jesús creían que el viaje a Samaria era un viaje sin importancia y sin propósito. Fueron a la ciudad como compradores, no como evangelizadores. Cuando regresaron, Jesús les dijo que el ya había comido una comida que ellos no podían comprender. Ellos quedaron confundidos.
¿Cuál es tu parte en la cosecha del mundo? Si los campos están blancos para la siega, tienes que estar listo, con un sentido de urgencia, para recoger el grano antes de que los vientos y las tormentas de la confusión religiosa y de las falsas doctrinas destruyan el fruto. Nunca ha ocurrido que un buen agricultor haya sido indolente a la hora de la cosecha. La cosecha no puede resultarte indiferente tampoco a ti.
La clave está en la urgencia. El mundo se está volviendo hacia Dios. Se levantan miles de iglesias nuevas. Multitudes están volviendo a la fe. La cosecha está madura. Jesús te pregunta hoy: « ¿De verdad te gozas por los que están volviendo a la fe? ¿Te deleitas porque cada hora tienes nuevos hermanos y hermanas en la fe? ¿Se alegra tu corazón por los miles que abandonan el infierno de una vida sin Dios y entran al reino de Cristo? ¿Te complace ver a las multitudes que han encontrado una nueva vida llena de significado?»
Jesús te invita: «Hijo, ven porque te necesito; ven y ayúdame a recoger la cosecha. Levanta tus ojos, estoy esperando a un mundo desesperado para darle esperanza. Preocúpate conmigo por las almas perdidas. Entiende el corazón de mi Padre, quien no quiere "que nadie se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento". Ama a todos los que mi Padre ama. Ven, amémoslos juntos». Recuerda que no estás aquí para ir de compras, sino para dar el último mensaje de la misericordia de Dios.
Julio 24 La comida de Jesús
Jesús les dijo: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra».
Juan 4: 34
Cuando los discípulos regresaron de Sicar, se apresuraron a preparar la comida. Utilizaron todo lo que habían traído: pan, pescado salado, frutas, etcétera. Sin embargo, el Maestro no les prestó ninguna atención. Estaba abstraído, como si su corazón estuviera en otra parte. Poco tiempo antes se sentía fatigado, estaba sediento, desfallecía de sed; pero ahora nada parecía llamarle la atención.
Los discípulos comenzaron a servir la comida, con la esperanza de que Jesús se decidiera. Pero el guardaba silencio. Los discípulos comenzaron a preocuparse. Se preguntaban si alguien le habría de comer. Ellos no podían consentir que su Maestro quedara sin comer. Faltaba un largo camino por recorrer. Su destine todavía estaba muy lejos. Por eso, le dijeron en tono de suplica: «Rabí, come» (Juan 4: 31). El les dijo entonces aquellas memorables palabras: «Yo tengo una comida que comer que vosotros no sabéis» (vers. 32). Ante las preguntas llenas de incertidumbre de ellos, les dijo: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra» (vers. 34). Mientras les decía aquellas palabras, su mirada se perdía en la lejanía. Sus ojos iban siguiendo la marcha presurosa de la pecadora convertida. Después vio a la gente de Sicar que se disponía a salir para verlo a él, el Mesías.
Al darle el agua de la vida a la samaritana y verla transformada, sintió alimentados su alma y su cuerpo. Ya no sentía hambre ni sed. Ahora tenía a la vista un grupo numeroso de samaritanos a los que tenía la misión de instruir y salvar. Para Jesús la vida consistía en hacer la voluntad del que lo había enviado.
Dios nos ha enviado a trabajar en su campo, como dijo Jesús, a terminar su obra. Nuestra vida tiene que identificarse con esa obra. La obra que nos ha tocado en suerte es nada menos que cooperar con nuestro Creador, terminar su obra. Su creación es Bella, a pesar de las deformaciones causadas por el pecado. Dios cuenta con nuestra colaboración para reformarla. Si la vida humana tiene lagunas, nuestra misión consiste en rellenarlas. Donde encontremos fealdad, hemos de poner belleza; en la injusticia, rectitud; en el sufrimiento, gozo.
Nuestra misión es acabar la obra de Aquel que nos ha enviado. Vivir cada vez más, conforme a nuestra condición de hijos de Dios. Difundir y extender entre los hombres el reino de Dios. Esa debe ser nuestra comida también.
Juan 4: 34
Cuando los discípulos regresaron de Sicar, se apresuraron a preparar la comida. Utilizaron todo lo que habían traído: pan, pescado salado, frutas, etcétera. Sin embargo, el Maestro no les prestó ninguna atención. Estaba abstraído, como si su corazón estuviera en otra parte. Poco tiempo antes se sentía fatigado, estaba sediento, desfallecía de sed; pero ahora nada parecía llamarle la atención.
Los discípulos comenzaron a servir la comida, con la esperanza de que Jesús se decidiera. Pero el guardaba silencio. Los discípulos comenzaron a preocuparse. Se preguntaban si alguien le habría de comer. Ellos no podían consentir que su Maestro quedara sin comer. Faltaba un largo camino por recorrer. Su destine todavía estaba muy lejos. Por eso, le dijeron en tono de suplica: «Rabí, come» (Juan 4: 31). El les dijo entonces aquellas memorables palabras: «Yo tengo una comida que comer que vosotros no sabéis» (vers. 32). Ante las preguntas llenas de incertidumbre de ellos, les dijo: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra» (vers. 34). Mientras les decía aquellas palabras, su mirada se perdía en la lejanía. Sus ojos iban siguiendo la marcha presurosa de la pecadora convertida. Después vio a la gente de Sicar que se disponía a salir para verlo a él, el Mesías.
Al darle el agua de la vida a la samaritana y verla transformada, sintió alimentados su alma y su cuerpo. Ya no sentía hambre ni sed. Ahora tenía a la vista un grupo numeroso de samaritanos a los que tenía la misión de instruir y salvar. Para Jesús la vida consistía en hacer la voluntad del que lo había enviado.
Dios nos ha enviado a trabajar en su campo, como dijo Jesús, a terminar su obra. Nuestra vida tiene que identificarse con esa obra. La obra que nos ha tocado en suerte es nada menos que cooperar con nuestro Creador, terminar su obra. Su creación es Bella, a pesar de las deformaciones causadas por el pecado. Dios cuenta con nuestra colaboración para reformarla. Si la vida humana tiene lagunas, nuestra misión consiste en rellenarlas. Donde encontremos fealdad, hemos de poner belleza; en la injusticia, rectitud; en el sufrimiento, gozo.
Nuestra misión es acabar la obra de Aquel que nos ha enviado. Vivir cada vez más, conforme a nuestra condición de hijos de Dios. Difundir y extender entre los hombres el reino de Dios. Esa debe ser nuestra comida también.
Julio 22 Demuestra que lo adoras
Y le dijo: «Todo esto te daré, si postrado me adorares».
Mateo 4: 9
La campana evangelizadora estaba por finalizar. Una dama que había asistido cada noche me dio la feliz noticia de que había decidido bautizarse. Lamentablemente, me pidió algo que no pude aceptar. Me dijo: «Pastor, siendo que el viernes por la noche no hay reunión, deseo que me bautice a puerta cerrada, para que nadie se entere de que me he bautizado. Solamente mi hija, quien me acompañará, verá la ceremonia».
Una de las características de la verdadera adoración es el testimonio. La adoración a Dios no solamente se queda en el corazón, no solo es interior; también es visible. Se demuestra. Por eso nos bautizamos públicamente, para que todos sepan que hemos decidido ser adoradores del Dios del cielo. Por eso llevamos una Biblia bajo el brazo cuando acudimos al templo. Por eso abrimos nuestros himnarios y cantamos en nuestros cultos. Por eso el sábado vamos a la iglesia. Deseamos que todos sepan lo que hay en nuestro corazón. No existe la religión secreta, solo de dentro. La religión es interna y externa. La pureza del corazón debe verse en nuestras relaciones, en nuestro vestuario y en nuestras palabras.
Escuché a un grupo de jóvenes hablar sobre la "oración de restaurante". Me interesé en conocer un poco más sobre esa clase de oración, y les pedí que me dieran más explicaciones al respecto. Me dijeron que la oración de restaurante consiste en que, cuando hay muchas personas y llega el momento de orar, únicamente cierran los ojos y se frotan los parpados, para que nadie se dé cuenta de que están orando. El verdadero adorador, no tiene "oraciones de restaurante". Se goza que todos se enteren de que sirve a Dios.
Satanás procuraba con la tercera tentación que Jesús hiciera lo contrario de lo que decía tener en el corazón. Le pidió que no dijera nada, que únicamente se arrodillara. Si no quería doblar las dos rodillas, con una bastaba. Y si no quería doblar sus rodillas, entonces podía inclinar su cuerpo únicamente. Lo que el diablo quería era que Jesús realizase un gesto que estuviese en contradicción con sus convicciones íntimas.
El mundo debe conocer lo que hay en tu corazón. Demuéstralo con tus actos, tus palabras, con tu manera de relacionarte o de vestirte. Lo que dices debe ser comprobado por lo que vives.
Mateo 4: 9
La campana evangelizadora estaba por finalizar. Una dama que había asistido cada noche me dio la feliz noticia de que había decidido bautizarse. Lamentablemente, me pidió algo que no pude aceptar. Me dijo: «Pastor, siendo que el viernes por la noche no hay reunión, deseo que me bautice a puerta cerrada, para que nadie se entere de que me he bautizado. Solamente mi hija, quien me acompañará, verá la ceremonia».
Una de las características de la verdadera adoración es el testimonio. La adoración a Dios no solamente se queda en el corazón, no solo es interior; también es visible. Se demuestra. Por eso nos bautizamos públicamente, para que todos sepan que hemos decidido ser adoradores del Dios del cielo. Por eso llevamos una Biblia bajo el brazo cuando acudimos al templo. Por eso abrimos nuestros himnarios y cantamos en nuestros cultos. Por eso el sábado vamos a la iglesia. Deseamos que todos sepan lo que hay en nuestro corazón. No existe la religión secreta, solo de dentro. La religión es interna y externa. La pureza del corazón debe verse en nuestras relaciones, en nuestro vestuario y en nuestras palabras.
Escuché a un grupo de jóvenes hablar sobre la "oración de restaurante". Me interesé en conocer un poco más sobre esa clase de oración, y les pedí que me dieran más explicaciones al respecto. Me dijeron que la oración de restaurante consiste en que, cuando hay muchas personas y llega el momento de orar, únicamente cierran los ojos y se frotan los parpados, para que nadie se dé cuenta de que están orando. El verdadero adorador, no tiene "oraciones de restaurante". Se goza que todos se enteren de que sirve a Dios.
Satanás procuraba con la tercera tentación que Jesús hiciera lo contrario de lo que decía tener en el corazón. Le pidió que no dijera nada, que únicamente se arrodillara. Si no quería doblar las dos rodillas, con una bastaba. Y si no quería doblar sus rodillas, entonces podía inclinar su cuerpo únicamente. Lo que el diablo quería era que Jesús realizase un gesto que estuviese en contradicción con sus convicciones íntimas.
El mundo debe conocer lo que hay en tu corazón. Demuéstralo con tus actos, tus palabras, con tu manera de relacionarte o de vestirte. Lo que dices debe ser comprobado por lo que vives.
Julio 21 Los verdaderos adoradores obedecen
Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: "A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra'” Mateo 4: 5, 6
Adoración sin obediencia, sin compromiso. Está de moda en la actualidad. Los templos están repletos de esa clase de adoradores que, al parecer, lo único que desean es que les digan que están bien, sin importar como vivan.
Satanás conoce muy bien lo que significa la verdadera adoración. Las tres tentaciones que presentó a Jesús tenían como objetivo lograr que el Señor lo adorara. ¿De qué manera alcanzaría su meta mediante la segunda tentación?
Probablemente la tentación tuvo lugar en el pórtico de Herodes, en el lado sur, desde el cual se podía contemplar el valle del Cedrón. Desde allí no se podía ver la profundidad del abismo. De esa altura le pidió Satanás a Cristo que saltara, citando parcialmente los versículos 11 y 12 del Salmo 91, y dejando fuera de manera intencional la frase «en todos sus caminos», es decir, en todos los justos caminos de Dios.
Jesús confronta de nuevo la tentación de exhibir su poder de hacer milagros aparte de la voluntad del Padre. Satanás le dice: «Ya que has decidido confiar en tu Padre, muestra al mundo cuanto confías en él, lanzándote del pináculo del templo».
Jesús sabía que no había recibido ninguna orden de parte de su Padre para lanzarse desde el pináculo del templo. Hacerlo sería una presunción y, por lo tanto, pecado. Pero Jesús afirmó su decisión de no hacer ninguna cosa por su propio poder. Decidió adorar a Dios a través de la obediencia. Jesús comprendía con toda claridad el segundo principio de la verdadera adoración: A Dios se le adora con la obediencia. La desobediencia es adoración a Satanás.
Dios no acepta que lo pongamos a prueba en esos términos. Aunque a Jesús no le pasara nada físicamente, saltar del pináculo no tendría justificación si Dios no lo ordenaba. El hecho de que algo no salga mal, aunque se haga desobedeciendo a Dios, no significa que el Señor aprueba todo lo que hacemos. Dios aprueba la obediencia. La orden que Cristo nos da es que vivamos bajo la palabra de Dios. Cualquier otra conducta es humana y, por lo tanto, pecaminosa. Digamos, como el himno:
Su santa ley obedezco por fe, y feliz para siempre con Jesús estaré.
Himnario adventista, n° 238.
Adoración sin obediencia, sin compromiso. Está de moda en la actualidad. Los templos están repletos de esa clase de adoradores que, al parecer, lo único que desean es que les digan que están bien, sin importar como vivan.
Satanás conoce muy bien lo que significa la verdadera adoración. Las tres tentaciones que presentó a Jesús tenían como objetivo lograr que el Señor lo adorara. ¿De qué manera alcanzaría su meta mediante la segunda tentación?
Probablemente la tentación tuvo lugar en el pórtico de Herodes, en el lado sur, desde el cual se podía contemplar el valle del Cedrón. Desde allí no se podía ver la profundidad del abismo. De esa altura le pidió Satanás a Cristo que saltara, citando parcialmente los versículos 11 y 12 del Salmo 91, y dejando fuera de manera intencional la frase «en todos sus caminos», es decir, en todos los justos caminos de Dios.
Jesús confronta de nuevo la tentación de exhibir su poder de hacer milagros aparte de la voluntad del Padre. Satanás le dice: «Ya que has decidido confiar en tu Padre, muestra al mundo cuanto confías en él, lanzándote del pináculo del templo».
Jesús sabía que no había recibido ninguna orden de parte de su Padre para lanzarse desde el pináculo del templo. Hacerlo sería una presunción y, por lo tanto, pecado. Pero Jesús afirmó su decisión de no hacer ninguna cosa por su propio poder. Decidió adorar a Dios a través de la obediencia. Jesús comprendía con toda claridad el segundo principio de la verdadera adoración: A Dios se le adora con la obediencia. La desobediencia es adoración a Satanás.
Dios no acepta que lo pongamos a prueba en esos términos. Aunque a Jesús no le pasara nada físicamente, saltar del pináculo no tendría justificación si Dios no lo ordenaba. El hecho de que algo no salga mal, aunque se haga desobedeciendo a Dios, no significa que el Señor aprueba todo lo que hacemos. Dios aprueba la obediencia. La orden que Cristo nos da es que vivamos bajo la palabra de Dios. Cualquier otra conducta es humana y, por lo tanto, pecaminosa. Digamos, como el himno:
Su santa ley obedezco por fe, y feliz para siempre con Jesús estaré.
Himnario adventista, n° 238.
Julio 20 Si eres hijo de Dios
Y vino a él el tentador, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan». Mateo 4: 3
Miriam, una jovencita de dieciocho años, muy comprometida en su servicio al Señor, fue atropellada por un autobús mientras caminaba hacia la iglesia, con la Biblia y el himnario bajo el brazo. Su cuerpo sin vida quedo tendido en la carretera, junto al libro sagrado.
Rosita, una niña de siete anos, comunico a su madre que, mientras caminaba de la escuela a la casa con otras compañeritas, un enorme perro detrás de una cerca hacia esfuerzos por salir para atacarlas. Su madre le aconsejo: «Si un día el perro sale, no corras; quédate quietecita orando y Jesús te cuidara». Un día el perro salto la cerca. Todas corrieron, menos Rosita. Se quedo quietecita orando. Sin embargo, el perro la mordió. ¿Puede el cristiano seguir confiando en Dios cuando suceden estas cosas, cuando el dolor y la pena embargan su corazón, cuando suceden cosas que no tienen explicación? El diablo lucha con todas sus fuerzas para que no confiemos en Dios. El diablo sabe muy bien que la confianza en Dios es una de las características de la verdadera adoración. Adoramos a Dios cuando confiamos en el, sin importar las circunstancias. Podríamos decir que, en cierto sentido, adoramos al diablo cuando desconfiamos de nuestro Señor.
Constantemente el diablo susurra al oído del creyente: «Si eres hijo de Dios, ¿por qué se rompió tu matrimonio?» «Si eres hija de Dios, ¿por qué perdiste a tu esposo en ese accidente?» «Si eres hijo de Dios, ¿por qué estas sin trabajo?» «Si eres hijo de Dios, ¿por qué te suceden todas esas cosas ?» Los cristianos han atravesado en todos los tiempos momentos muy difíciles. Muchos de los problemas que los afligen no tienen explicación. Job es el ejemplo típico. La Biblia dice que era perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Sin embargo, sabemos de todas las calamidades que le vinieron. Jesús dijo en cierta ocasión: «Lo que yo hago, tu no lo comprendes ahora, mas lo entenderás después» (Juan 13: 7).
A pesar de las dificultades y de tantas cosas que nos suceden y que no se pueden explicar, tomemos la determinación de Habacuc, y digamos con él: «Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegrare en Jehová, y me gozare en el Dios de mi salvación* (Hab. 3:17,18).
Miriam, una jovencita de dieciocho años, muy comprometida en su servicio al Señor, fue atropellada por un autobús mientras caminaba hacia la iglesia, con la Biblia y el himnario bajo el brazo. Su cuerpo sin vida quedo tendido en la carretera, junto al libro sagrado.
Rosita, una niña de siete anos, comunico a su madre que, mientras caminaba de la escuela a la casa con otras compañeritas, un enorme perro detrás de una cerca hacia esfuerzos por salir para atacarlas. Su madre le aconsejo: «Si un día el perro sale, no corras; quédate quietecita orando y Jesús te cuidara». Un día el perro salto la cerca. Todas corrieron, menos Rosita. Se quedo quietecita orando. Sin embargo, el perro la mordió. ¿Puede el cristiano seguir confiando en Dios cuando suceden estas cosas, cuando el dolor y la pena embargan su corazón, cuando suceden cosas que no tienen explicación? El diablo lucha con todas sus fuerzas para que no confiemos en Dios. El diablo sabe muy bien que la confianza en Dios es una de las características de la verdadera adoración. Adoramos a Dios cuando confiamos en el, sin importar las circunstancias. Podríamos decir que, en cierto sentido, adoramos al diablo cuando desconfiamos de nuestro Señor.
Constantemente el diablo susurra al oído del creyente: «Si eres hijo de Dios, ¿por qué se rompió tu matrimonio?» «Si eres hija de Dios, ¿por qué perdiste a tu esposo en ese accidente?» «Si eres hijo de Dios, ¿por qué estas sin trabajo?» «Si eres hijo de Dios, ¿por qué te suceden todas esas cosas ?» Los cristianos han atravesado en todos los tiempos momentos muy difíciles. Muchos de los problemas que los afligen no tienen explicación. Job es el ejemplo típico. La Biblia dice que era perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Sin embargo, sabemos de todas las calamidades que le vinieron. Jesús dijo en cierta ocasión: «Lo que yo hago, tu no lo comprendes ahora, mas lo entenderás después» (Juan 13: 7).
A pesar de las dificultades y de tantas cosas que nos suceden y que no se pueden explicar, tomemos la determinación de Habacuc, y digamos con él: «Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegrare en Jehová, y me gozare en el Dios de mi salvación* (Hab. 3:17,18).
Julio 19 Yo iré, Señor
Después oí la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré,
¿Y quien irá por nosotros?» Entonces respondí yo: «Heme aquí, envíame a mí». >
Isaías 6: 8
Al profeta Isaías se le permitió ver la plena majestad de Dios y escuchar el gran júbilo de la adoración celestial: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria» (Isa. 6: 3). La visión de Dios era tan pura y tan santa que Isaías tuvo la inmediata percepción de su propia pecaminosidad: «Entonces dije: ¡Ay de mi! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos» (Isa. 6: 5). No obstante, Dios respondió inmediatamente: «He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado» (Isa. 6: 7). Dios tenía un propósito al revelarse a Isaías. El Señor buscaba un mensajero que hiciera llegar su palabra al pueblo de Israel. « ¿A quién enviare, y quien irá por nosotros?» (Isa. 6: 8). Isaías contestó al instante: «Heme aquí, envíame a mi».
¿Cómo contestaríamos si se nos hiciera hoy la misma pregunta? Quizás pediríamos más detalles antes de comprometernos. Quizá exigiríamos saber adónde se nos enviaría. Es probable que pidiéramos que se nos diera una detallada descripción del empleo. Pero Isaías había experimentado la plena gloria de Dios. Había presenciado la perfección absoluta, y había reconocido su condición pecaminosa. Además, había recibido el perdón completo de su Padre amante. Con ese conocimiento de Aquel que le hacia la solicitud, Isaías solo tuvo una respuesta: «Heme aquí, envíame a mi» (Isa. 6:8).
Isaías no imaginó que su respuesta implicaría sesenta años de arduo ministerio. No tenía la menor idea de las dificultades que su respuesta le produciría en toda su vida, especialmente en su vejez. Tampoco vislumbró el gozo imperecedero que sentiría toda su vida por caminar a diario en la presencia de Dios. Pero Isaías conocía a Aquel que hacía el llamamiento. Isaías reconocía esa dulce voz desde hacía mucho tiempo, y por eso no dudo en responder: «Envíame a mi».
El Señor todavía está buscando adoradores que sometan su voluntad a la voluntad de Dios. El Señor quiere hacer a través de ti una obra similar a la que hizo con el ministerio de Isaías. Isaías estuvo dispuesto a pagar el precio. Hoy el Señor quiere enviar un mensaje. ¿Responderás tú? El quiere que restaures matrimonios y alientes al desvalido. Pero esto ocurrirá solo si has sido tocado con el carbón del altar. ¿Lo has sido?
¿Y quien irá por nosotros?» Entonces respondí yo: «Heme aquí, envíame a mí». >
Isaías 6: 8
Al profeta Isaías se le permitió ver la plena majestad de Dios y escuchar el gran júbilo de la adoración celestial: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria» (Isa. 6: 3). La visión de Dios era tan pura y tan santa que Isaías tuvo la inmediata percepción de su propia pecaminosidad: «Entonces dije: ¡Ay de mi! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos» (Isa. 6: 5). No obstante, Dios respondió inmediatamente: «He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado» (Isa. 6: 7). Dios tenía un propósito al revelarse a Isaías. El Señor buscaba un mensajero que hiciera llegar su palabra al pueblo de Israel. « ¿A quién enviare, y quien irá por nosotros?» (Isa. 6: 8). Isaías contestó al instante: «Heme aquí, envíame a mi».
¿Cómo contestaríamos si se nos hiciera hoy la misma pregunta? Quizás pediríamos más detalles antes de comprometernos. Quizá exigiríamos saber adónde se nos enviaría. Es probable que pidiéramos que se nos diera una detallada descripción del empleo. Pero Isaías había experimentado la plena gloria de Dios. Había presenciado la perfección absoluta, y había reconocido su condición pecaminosa. Además, había recibido el perdón completo de su Padre amante. Con ese conocimiento de Aquel que le hacia la solicitud, Isaías solo tuvo una respuesta: «Heme aquí, envíame a mi» (Isa. 6:8).
Isaías no imaginó que su respuesta implicaría sesenta años de arduo ministerio. No tenía la menor idea de las dificultades que su respuesta le produciría en toda su vida, especialmente en su vejez. Tampoco vislumbró el gozo imperecedero que sentiría toda su vida por caminar a diario en la presencia de Dios. Pero Isaías conocía a Aquel que hacía el llamamiento. Isaías reconocía esa dulce voz desde hacía mucho tiempo, y por eso no dudo en responder: «Envíame a mi».
El Señor todavía está buscando adoradores que sometan su voluntad a la voluntad de Dios. El Señor quiere hacer a través de ti una obra similar a la que hizo con el ministerio de Isaías. Isaías estuvo dispuesto a pagar el precio. Hoy el Señor quiere enviar un mensaje. ¿Responderás tú? El quiere que restaures matrimonios y alientes al desvalido. Pero esto ocurrirá solo si has sido tocado con el carbón del altar. ¿Lo has sido?
Julio 18 Reacción divina a la necesidad humana
Y tocando con él sobre mi boca, dijo: «He aquí que esto toco tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado». Después oí la voz del Señor, que decía: « ¿A quién enviare, y quien irá por nosotros? Isaías 6: 7, 8
Al contemplar la gloria de Dios, Isaías exclama: «Miserable de mi». Descubrió la gravedad de su pecado a la vista de la santidad de un Dios tres veces santo. Reconoció que todo el pueblo, del que él era uno más, había pecado y ofendido a ese Dios que se le ha revelado en toda su majestad, y que, por lo tanto, lo único que merecían era la muerte.
El cielo reacciona a la necesidad humana. Esta reacción es iniciativa de Dios. El cielo toma la iniciativa para atender el clamor de un alma que reconoce su miseria en su presencia. Un ángel va y toma un carbón encendido, para purificarlo, como hizo con Isaías.
«Y tocando con él sobre mi boca». ¿Qué significa la acción del ángel que toma el carbón encendido y toca los labios del profeta? ¿Condenación? ¿Juicio? ¿Destrucción? No. Es la respuesta de Dios al corazón arrepentido. No es condenación, sino perdón y salvación. Es un llamado al servicio.
Dios toca nuestros labios para poner en nuestra boca un mensaje sagrado de ver-dad, un mensaje ardiente. Nuestro mensaje tiene su fuente en la santidad de Dios. Cada faceta del evangelio se basa en la gran compasión de Dios hacia los que yerran. De esta fuente fluye toda la actividad redentora. Su santidad encuentra el camino para redimir al objeto imperfecto de su amor perfecto. Nuestro mensaje debe estar envuelto en la santidad de Dios.
El carbón, el fuego que toco los labios del profeta, lo limpio de sus impurezas; pero también lo ungió con el mensaje. Por eso prorrumpió con aquella solemne exclamación: «Santo, santo, santo es el Señor». Nuestro mensaje es palabra de Dios. No se trata de encontrar un mensaje, se trata de declarar un mensaje. Dios nos llama a declarar su mensaje. Nos llama a comunicar su palabra. El mundo necesita desesperadamente la palabra de Dios.
Para declarar este mensaje se necesita la voz y el testimonio. Los estudios de los miembros de la iglesia revelan que la diferencia entre el estilo de vida de los que están en la iglesia y de los que están fuera es muy pequeña. Esto es grave, porque para dar este mensaje debemos ser diferentes. Estamos aquí para ser santos como él es santo. Servir debe ser la pasión de nuestra vida.
Al contemplar la gloria de Dios, Isaías exclama: «Miserable de mi». Descubrió la gravedad de su pecado a la vista de la santidad de un Dios tres veces santo. Reconoció que todo el pueblo, del que él era uno más, había pecado y ofendido a ese Dios que se le ha revelado en toda su majestad, y que, por lo tanto, lo único que merecían era la muerte.
El cielo reacciona a la necesidad humana. Esta reacción es iniciativa de Dios. El cielo toma la iniciativa para atender el clamor de un alma que reconoce su miseria en su presencia. Un ángel va y toma un carbón encendido, para purificarlo, como hizo con Isaías.
«Y tocando con él sobre mi boca». ¿Qué significa la acción del ángel que toma el carbón encendido y toca los labios del profeta? ¿Condenación? ¿Juicio? ¿Destrucción? No. Es la respuesta de Dios al corazón arrepentido. No es condenación, sino perdón y salvación. Es un llamado al servicio.
Dios toca nuestros labios para poner en nuestra boca un mensaje sagrado de ver-dad, un mensaje ardiente. Nuestro mensaje tiene su fuente en la santidad de Dios. Cada faceta del evangelio se basa en la gran compasión de Dios hacia los que yerran. De esta fuente fluye toda la actividad redentora. Su santidad encuentra el camino para redimir al objeto imperfecto de su amor perfecto. Nuestro mensaje debe estar envuelto en la santidad de Dios.
El carbón, el fuego que toco los labios del profeta, lo limpio de sus impurezas; pero también lo ungió con el mensaje. Por eso prorrumpió con aquella solemne exclamación: «Santo, santo, santo es el Señor». Nuestro mensaje es palabra de Dios. No se trata de encontrar un mensaje, se trata de declarar un mensaje. Dios nos llama a declarar su mensaje. Nos llama a comunicar su palabra. El mundo necesita desesperadamente la palabra de Dios.
Para declarar este mensaje se necesita la voz y el testimonio. Los estudios de los miembros de la iglesia revelan que la diferencia entre el estilo de vida de los que están en la iglesia y de los que están fuera es muy pequeña. Esto es grave, porque para dar este mensaje debemos ser diferentes. Estamos aquí para ser santos como él es santo. Servir debe ser la pasión de nuestra vida.
Julio 16 Siempre disponibles para servir al Rey
Y el uno al otro daba voces, diciendo: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria». Isaías 6: 3
Alrededor del trono de Dios, Isaías vio a los serafines, que tenían seis alas. Con dos volaban, con dos cubrían su rostro en serial de reverencia y con dos cubrían sus pies en serial de modestia. Reverencia, humildad y modestia son algunas de las lecciones que estos serafines ensenan a los adoradores de Dios. La palabra 'serafín' indica asombro, y significa "uno que arde".
Los serafines son seres con personalidad: tienen rostro, pies, manos, sienten, piensan y hablan. Se caracterizan por su constante disponibilidad para servir al Dios grande y creador de todas las cosas. Cuando Dios los envía a cumplir un encargo urgente, vuelan rápidamente. Siempre se mantienen delante del trono de Dios, para escuchar sus órdenes y ejecutarlas con toda fidelidad. Los serafines arden con el fuego del amor a Dios, con el celo por su gloria y con el odio hacia el pecado. Su está en tener abundancia no solo de luz del conocimiento de Dios, sino del ferviente amor a su santo nombre.
¿De qué nos habla todo esto? ¿Qué lecciones aprendemos de los serafines en la visión de Isaías? Nuestra principal respuesta a Dios no es nuestra habilidad, sino nuestra disponibilidad. ¿Permitiremos que Dios nos use como él quiera y desee? ¿Venimos a él y nos postramos ante su trono a su entera disposición? ¿Deseamos conocer la voluntad de Dios para cumplirla? Dios revela su voluntad para que la cumplamos.
Los serafines nos hablan de la disponibilidad. Están listos, están disponibles. Una de las pruebas de la fe genuina es estar listos para obedecer a nuestro Dios y servirlo en el momento en que el nos llame. Los serafines son humildes y reverentes delante de Dios, Cubren sus rostros y sus pies. Cada uno de nosotros debe presentarse delante de Dios con la misma humildad. No hay lugar para la arrogancia y el orgullo en su presencia. ;
Todo esto habla de actividad incesante al servicio de Aquel que está sentado en el trono. Este es el marco en que cada creyente debe vivir todos los días. El cristiano debe tener una disposición a gastarse, a consumirse, siempre y para siempre, por amor a su Rey y Señor. Debe tener un sentido de asombro y reverencia ante Aquel que nos salvo del pecado.
Junto con el apóstol Pablo, repitamos las siguientes palabras: «Y yo con el mayor placer gastare lo mío, y aun yo mismo me gastare del todo por amor de vuestras almas* (2 Cor. 12:15).
Alrededor del trono de Dios, Isaías vio a los serafines, que tenían seis alas. Con dos volaban, con dos cubrían su rostro en serial de reverencia y con dos cubrían sus pies en serial de modestia. Reverencia, humildad y modestia son algunas de las lecciones que estos serafines ensenan a los adoradores de Dios. La palabra 'serafín' indica asombro, y significa "uno que arde".
Los serafines son seres con personalidad: tienen rostro, pies, manos, sienten, piensan y hablan. Se caracterizan por su constante disponibilidad para servir al Dios grande y creador de todas las cosas. Cuando Dios los envía a cumplir un encargo urgente, vuelan rápidamente. Siempre se mantienen delante del trono de Dios, para escuchar sus órdenes y ejecutarlas con toda fidelidad. Los serafines arden con el fuego del amor a Dios, con el celo por su gloria y con el odio hacia el pecado. Su está en tener abundancia no solo de luz del conocimiento de Dios, sino del ferviente amor a su santo nombre.
¿De qué nos habla todo esto? ¿Qué lecciones aprendemos de los serafines en la visión de Isaías? Nuestra principal respuesta a Dios no es nuestra habilidad, sino nuestra disponibilidad. ¿Permitiremos que Dios nos use como él quiera y desee? ¿Venimos a él y nos postramos ante su trono a su entera disposición? ¿Deseamos conocer la voluntad de Dios para cumplirla? Dios revela su voluntad para que la cumplamos.
Los serafines nos hablan de la disponibilidad. Están listos, están disponibles. Una de las pruebas de la fe genuina es estar listos para obedecer a nuestro Dios y servirlo en el momento en que el nos llame. Los serafines son humildes y reverentes delante de Dios, Cubren sus rostros y sus pies. Cada uno de nosotros debe presentarse delante de Dios con la misma humildad. No hay lugar para la arrogancia y el orgullo en su presencia. ;
Todo esto habla de actividad incesante al servicio de Aquel que está sentado en el trono. Este es el marco en que cada creyente debe vivir todos los días. El cristiano debe tener una disposición a gastarse, a consumirse, siempre y para siempre, por amor a su Rey y Señor. Debe tener un sentido de asombro y reverencia ante Aquel que nos salvo del pecado.
Junto con el apóstol Pablo, repitamos las siguientes palabras: «Y yo con el mayor placer gastare lo mío, y aun yo mismo me gastare del todo por amor de vuestras almas* (2 Cor. 12:15).
Julio 16 Contempla al Señor en su trono
En el año que murió el rey Usías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto
y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Isaías 6: 1
Llegué al hospital con mucha preocupación. Varios interrogantes surgían en mi mente. « ¿Cuál será su actitud? ¿Me dirá que siempre confía en Dios? ¿Estará desanimada?» Había llegado allí para visitar a una de los miembros de mi iglesia, quien había recibido un impacto de bala en el pecho mientras viajaba en el vehículo junto a su jefa. Cuando me vio desde su cama después de la intervención quirúrgica, me saludo con una sonrisa de gozo y gratitud y me dijo: «Pastor, estoy agradecida a mi Padre celestial. El médico me dijo que la bala paso a un centímetro del corazón. ¡Fíjese que bueno es Dios! Me salvo de morir».
¿Qué es lo único que puede sostener a un creyente en medio del dolor y la aflicción? Lo único que lo sostendrá será la imborrable impresión de un encuentro con Dios. Si centramos nuestra fe en Dios, todo pesar, todo problema, se resolverá. Tal vez no en el exterior, pero si en nuestro corazón. El encuentro con Dios siempre nos transforma. No podremos ser las mismas personas después de encontrarnos con él.
La muerte del rey Usías dejo una silla vacía. Además, supuso un gran impacto para Isaías, y dejo un hueco en el corazón del profeta, que consideraba al rey su amigo personal. Precisamente en esa época, Isaías tuvo una visión de Dios, de ese Dios más alto que sus mismas circunstancias. En ese momento de crisis, vio la gloria del Señor.
Para muchos de nosotros hay una silla vacía en la tierra. Dios nos permite pasar por el dolor con el propósito de hacernos ver su trono en el cielo. La vida tiene su modo natural de vaciar sillas principales, ¿verdad? Padres, amigos, seres queridos, desaparecen. Repentinamente, una silla queda vacía en el trabajo, en casa, en la iglesia. Alguien se ha ido. Ese es el momento de seguir el consejo bíblico «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col. 3: 2).
Dios puede intervenir en los momentos de crisis, cuando nos sentimos perdidos; para mostrarnos el camino. En medio de las tinieblas nos dará su luz. Cuando las lágrimas corran por nuestras mejillas, él las enjugará. Cuando todo parezca perdido, el nos sostendrá. Cuando ya no haya solución, él encontrará una salida. La imposibilidad humana es la posibilidad divina. Si, en medio del pesar y del dolor, alza tus ojos, y mira «al autor y consumador de la fe» (Heb. 12: 2). El es la solución.
y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Isaías 6: 1
Llegué al hospital con mucha preocupación. Varios interrogantes surgían en mi mente. « ¿Cuál será su actitud? ¿Me dirá que siempre confía en Dios? ¿Estará desanimada?» Había llegado allí para visitar a una de los miembros de mi iglesia, quien había recibido un impacto de bala en el pecho mientras viajaba en el vehículo junto a su jefa. Cuando me vio desde su cama después de la intervención quirúrgica, me saludo con una sonrisa de gozo y gratitud y me dijo: «Pastor, estoy agradecida a mi Padre celestial. El médico me dijo que la bala paso a un centímetro del corazón. ¡Fíjese que bueno es Dios! Me salvo de morir».
¿Qué es lo único que puede sostener a un creyente en medio del dolor y la aflicción? Lo único que lo sostendrá será la imborrable impresión de un encuentro con Dios. Si centramos nuestra fe en Dios, todo pesar, todo problema, se resolverá. Tal vez no en el exterior, pero si en nuestro corazón. El encuentro con Dios siempre nos transforma. No podremos ser las mismas personas después de encontrarnos con él.
La muerte del rey Usías dejo una silla vacía. Además, supuso un gran impacto para Isaías, y dejo un hueco en el corazón del profeta, que consideraba al rey su amigo personal. Precisamente en esa época, Isaías tuvo una visión de Dios, de ese Dios más alto que sus mismas circunstancias. En ese momento de crisis, vio la gloria del Señor.
Para muchos de nosotros hay una silla vacía en la tierra. Dios nos permite pasar por el dolor con el propósito de hacernos ver su trono en el cielo. La vida tiene su modo natural de vaciar sillas principales, ¿verdad? Padres, amigos, seres queridos, desaparecen. Repentinamente, una silla queda vacía en el trabajo, en casa, en la iglesia. Alguien se ha ido. Ese es el momento de seguir el consejo bíblico «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col. 3: 2).
Dios puede intervenir en los momentos de crisis, cuando nos sentimos perdidos; para mostrarnos el camino. En medio de las tinieblas nos dará su luz. Cuando las lágrimas corran por nuestras mejillas, él las enjugará. Cuando todo parezca perdido, el nos sostendrá. Cuando ya no haya solución, él encontrará una salida. La imposibilidad humana es la posibilidad divina. Si, en medio del pesar y del dolor, alza tus ojos, y mira «al autor y consumador de la fe» (Heb. 12: 2). El es la solución.
Julio 15 Consejos para la adoración
Todo lo que respira alabe a Jehová. Aleluya. Salmo 150:6
El que lleva el numero 150 constituye una magnifica conclusión de todo el libro de los Salmos. Es un llamamiento a la adoración tan poético y vibrante que no tiene parangón en toda la literatura. Cada versículo es una invitación a la alabanza, instruyéndonos donde, por que, como y por quien debe expresarse la alabanza a Dios.
Primero: Si preguntamos en qué lugar se debe adorar, la respuesta es: en su santuario y en los cielos: «Alabad a Dios en su santuario; alabadle en la magnificencia de su firmamento». Según esta afirmación, el cielo y la tierra se unen; ángeles celestiales y seres humanos terrenales unen sus voces para cantar y alabar al Creador.
Segundo: A la pregunta « ¿Por qué debemos adorar? ¿Por qué alabamos a Dios?», el salmista responde: «Por sus proezas». Los poderosos actos de Dios despiertan en el corazón del creyente una alabanza llena de gozo. Los poderosos actos son su bondad al crearnos y redimirnos. No es posible la pasividad, la indiferencia o el silencio en el cristiano frente a las obras maravillosas de nuestro gran Dios.
El mensaje es: No te quedes callado. Abre los labios; alaba al Señor. ¿Imaginas como es la suprema alabanza de los ángeles y los seres que nunca cayeron? ¿Te imaginas como serian nuestros cultos si todos cantáramos, como dice Pablo, «con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y canticos espirituales» (Col. 3:16)?
Tercero: El salmista nos ensena que, cuando adoramos al Señor, deben tocarse todos los instrumentos concebibles. Los hijos de Dios deben traer a su casa todo instrumento y talento que posean. Deben consagrar todo talento a la alabanza al Creador, junto con los ángeles, por sus poderosas obras y sus continúes milagros en nuestro favor. ¿Sabes tocar algún instrumento? ¿Lo usas para embellecer la alabanza a Aquel que pago el precio de tu salvación?
Cuarto: Si preguntamos quien debe adorar, la respuesta es: «Todo lo que respira alabe a Jehová*. Esta declaración indica que todo ser viviente, según su capacidad, incluso solo con su existencia, es una alabanza para el Creador. El salmista tiene en mente fundamentalmente a la especie humana cuando habla así.
Piensa hoy en el privilegio que Dios nos concede de alabarlo. No solo es un privilegio, sino un deber. Únete a la alabanza en el culto público. Únete al coro, a los instrumentos. Transpórtate más allá. Únete a los ángeles y a toda la hueste celestial en alabanza al Creador.
El que lleva el numero 150 constituye una magnifica conclusión de todo el libro de los Salmos. Es un llamamiento a la adoración tan poético y vibrante que no tiene parangón en toda la literatura. Cada versículo es una invitación a la alabanza, instruyéndonos donde, por que, como y por quien debe expresarse la alabanza a Dios.
Primero: Si preguntamos en qué lugar se debe adorar, la respuesta es: en su santuario y en los cielos: «Alabad a Dios en su santuario; alabadle en la magnificencia de su firmamento». Según esta afirmación, el cielo y la tierra se unen; ángeles celestiales y seres humanos terrenales unen sus voces para cantar y alabar al Creador.
Segundo: A la pregunta « ¿Por qué debemos adorar? ¿Por qué alabamos a Dios?», el salmista responde: «Por sus proezas». Los poderosos actos de Dios despiertan en el corazón del creyente una alabanza llena de gozo. Los poderosos actos son su bondad al crearnos y redimirnos. No es posible la pasividad, la indiferencia o el silencio en el cristiano frente a las obras maravillosas de nuestro gran Dios.
El mensaje es: No te quedes callado. Abre los labios; alaba al Señor. ¿Imaginas como es la suprema alabanza de los ángeles y los seres que nunca cayeron? ¿Te imaginas como serian nuestros cultos si todos cantáramos, como dice Pablo, «con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y canticos espirituales» (Col. 3:16)?
Tercero: El salmista nos ensena que, cuando adoramos al Señor, deben tocarse todos los instrumentos concebibles. Los hijos de Dios deben traer a su casa todo instrumento y talento que posean. Deben consagrar todo talento a la alabanza al Creador, junto con los ángeles, por sus poderosas obras y sus continúes milagros en nuestro favor. ¿Sabes tocar algún instrumento? ¿Lo usas para embellecer la alabanza a Aquel que pago el precio de tu salvación?
Cuarto: Si preguntamos quien debe adorar, la respuesta es: «Todo lo que respira alabe a Jehová*. Esta declaración indica que todo ser viviente, según su capacidad, incluso solo con su existencia, es una alabanza para el Creador. El salmista tiene en mente fundamentalmente a la especie humana cuando habla así.
Piensa hoy en el privilegio que Dios nos concede de alabarlo. No solo es un privilegio, sino un deber. Únete a la alabanza en el culto público. Únete al coro, a los instrumentos. Transpórtate más allá. Únete a los ángeles y a toda la hueste celestial en alabanza al Creador.
Julio 14 Pasar el punto sin retorno
Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque, cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.
Santiago 1:12
El mensaje del texto de hoy es para ti. Quizá te sientas desventurado por todas las tentaciones y pruebas que tienes que afrontar. ¿Qué es la tentación? ¿De qué está hablando aquí Santiago? Tentación es sinónimo de prueba. Es decir, cualquier situación que ponga a prueba la fe o el carácter. Peirasmos, la palabra griega que se traduce como "tentación", también incluye aflicciones como las enfermedades, la pobreza o las calamidades, y también, por supuesto, la insinuación directa del pecado. Nuestro texto de hoy hace hincapié en la bendición que acompaña a una resistencia firme y que capacita a una persona para salir ilesa de sus pruebas (véase Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 525).
De modo que las tentaciones no siempre son incitaciones a violar la ley de Dios, sino a dejar la lucha, abandonar el camino, ceder al desaliento y desconfiar de Dios. El cristiano sufre con frecuencia ese tipo de tentaciones. El apóstol dice que si soporta la tentación y resiste la prueba es «bienaventurado», es decir, dichoso y feliz.
Quizá estés siendo probado. Quizá tu fe esta bajo el fuego de la tentación. ¿Pobreza, quizá? ¿Problemas en el trabajo? ¿Salud quebrantada? ¿Problemas en el hogar, en la familia, en el matrimonio? Muchos cristianos fieles luchan con muchos problemas en la vida familiar. Los problemas no siempre son culpa nuestra. Muchos sufren profundo dolor por problemas que no provocaron y que no pueden comprender, y menos aún resolver. Nuestro texto de hoy dice que quien resiste esta «prueba», es «bienaventurado».
Luego añade el hermano del Señor: «Porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida». Vale la pena resistir la prueba, soportar la tentación. El cristiano que es tentado y vence la tentación se puede comparar con el oro que pasa por el crisol y sale mejor de lo que estaba antes. El cristiano victorioso en las pruebas es una honra para Dios y un testimonio para los demás. Vale la pena resistir la tentación. Vale la pena sufrir lo que sea necesario para salir victoriosos en la lucha de la fe cristiana.
No debemos olvidar que la recompensa de los que soportan la tentación y resisten la prueba es la «corona de la vida». Es decir, la corona que es vida o la contiene. La vida eterna será recompensa de la paciencia fiel en medio de los problemas de la vida. Este don de la vida eterna es la corona o don supremo de todas las dadivas.
Pide hoy a Dios que te de su gracia para soportar las tentaciones y resistir las pruebas.
Santiago 1:12
El mensaje del texto de hoy es para ti. Quizá te sientas desventurado por todas las tentaciones y pruebas que tienes que afrontar. ¿Qué es la tentación? ¿De qué está hablando aquí Santiago? Tentación es sinónimo de prueba. Es decir, cualquier situación que ponga a prueba la fe o el carácter. Peirasmos, la palabra griega que se traduce como "tentación", también incluye aflicciones como las enfermedades, la pobreza o las calamidades, y también, por supuesto, la insinuación directa del pecado. Nuestro texto de hoy hace hincapié en la bendición que acompaña a una resistencia firme y que capacita a una persona para salir ilesa de sus pruebas (véase Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 525).
De modo que las tentaciones no siempre son incitaciones a violar la ley de Dios, sino a dejar la lucha, abandonar el camino, ceder al desaliento y desconfiar de Dios. El cristiano sufre con frecuencia ese tipo de tentaciones. El apóstol dice que si soporta la tentación y resiste la prueba es «bienaventurado», es decir, dichoso y feliz.
Quizá estés siendo probado. Quizá tu fe esta bajo el fuego de la tentación. ¿Pobreza, quizá? ¿Problemas en el trabajo? ¿Salud quebrantada? ¿Problemas en el hogar, en la familia, en el matrimonio? Muchos cristianos fieles luchan con muchos problemas en la vida familiar. Los problemas no siempre son culpa nuestra. Muchos sufren profundo dolor por problemas que no provocaron y que no pueden comprender, y menos aún resolver. Nuestro texto de hoy dice que quien resiste esta «prueba», es «bienaventurado».
Luego añade el hermano del Señor: «Porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida». Vale la pena resistir la prueba, soportar la tentación. El cristiano que es tentado y vence la tentación se puede comparar con el oro que pasa por el crisol y sale mejor de lo que estaba antes. El cristiano victorioso en las pruebas es una honra para Dios y un testimonio para los demás. Vale la pena resistir la tentación. Vale la pena sufrir lo que sea necesario para salir victoriosos en la lucha de la fe cristiana.
No debemos olvidar que la recompensa de los que soportan la tentación y resisten la prueba es la «corona de la vida». Es decir, la corona que es vida o la contiene. La vida eterna será recompensa de la paciencia fiel en medio de los problemas de la vida. Este don de la vida eterna es la corona o don supremo de todas las dadivas.
Pide hoy a Dios que te de su gracia para soportar las tentaciones y resistir las pruebas.
Julio 13 Enemigos gratuitos
Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.
Gálatas 5: 22, 23
¿Tienes algún enemigo? Si tu respuesta es negativa, entonces la mayor parte de la Biblia no se te aplica. Desde el momento en que decidiste aceptar a Jesús como Señor y Salvador, declaraste la guerra a todos las huestes de las tinieblas. Tu principal enemigo anda buscándote «como león rugiente», pues iniciaste una guerra «contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes* (Efe. 6: 12). ¿Tienes enemigos?
Pero no solo tienes enemigos espirituales, sino también de carne y hueso. Santiago lo dijo con claridad: « ¡Oh, almas adulteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios» (Sant. 4: 4). No hay neutralidad posible. Si eres amigo y servidor de Dios, entonces eres, irremediablemente, enemigo del mundo, y de su príncipe, Satanás.
En el momento de aceptar a Cristo, los cristianos se ganan un enemigo: el diablo. ¿Se volvieron contra ti tus amigos y familiares cuando aceptaste a Cristo? El apóstol Pablo dijo con acierto: «Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución* (2 Tim. 3: 12). Juan sabía muy bien lo que era tener enemigos. Uno de ellos lo hirvió en un caldero de aceite hirviendo. Pero como Juan no se coció, lo envió a la solitaria isla de Patmos para que muriera. La Biblia nos dice: «Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece*. Ser bueno y piadoso, como Abel, es peligroso; suscita la enemistad de los malos (1 Juan 3:13).
Es posible que haya quien se burle de ti por seguir a Cristo con frases de la guisa de «Ahí viene el santurrón. Ahí viene el tipo que lee la Biblia todo el día». De hecho, ser cristiano y no padecer un cierto grado de persecución es sospechoso, según nuestro Señor (Luc. 6: 26). Juan sabia, y nosotros también debemos saber, que todos los ataques de nuestros enemigos son contra Dios, no contra nosotros. El debe encargarse de nuestros enemigos, no nosotros.
Pidamos a Dios esta mañana que nos llene del Espíritu Santo para tener los frutos del Espíritu a pesar de los ataques del enemigo. Y no olvides el mandato del Señor: «Amad a vuestros enemigos» (Mat. 5: 44). Nuestra oportunidad y nuestra misión es convertir a nuestros enemigos gratuitos en amigos, a través de nuestro ejemplo piadoso.
Gálatas 5: 22, 23
¿Tienes algún enemigo? Si tu respuesta es negativa, entonces la mayor parte de la Biblia no se te aplica. Desde el momento en que decidiste aceptar a Jesús como Señor y Salvador, declaraste la guerra a todos las huestes de las tinieblas. Tu principal enemigo anda buscándote «como león rugiente», pues iniciaste una guerra «contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes* (Efe. 6: 12). ¿Tienes enemigos?
Pero no solo tienes enemigos espirituales, sino también de carne y hueso. Santiago lo dijo con claridad: « ¡Oh, almas adulteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios» (Sant. 4: 4). No hay neutralidad posible. Si eres amigo y servidor de Dios, entonces eres, irremediablemente, enemigo del mundo, y de su príncipe, Satanás.
En el momento de aceptar a Cristo, los cristianos se ganan un enemigo: el diablo. ¿Se volvieron contra ti tus amigos y familiares cuando aceptaste a Cristo? El apóstol Pablo dijo con acierto: «Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución* (2 Tim. 3: 12). Juan sabía muy bien lo que era tener enemigos. Uno de ellos lo hirvió en un caldero de aceite hirviendo. Pero como Juan no se coció, lo envió a la solitaria isla de Patmos para que muriera. La Biblia nos dice: «Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece*. Ser bueno y piadoso, como Abel, es peligroso; suscita la enemistad de los malos (1 Juan 3:13).
Es posible que haya quien se burle de ti por seguir a Cristo con frases de la guisa de «Ahí viene el santurrón. Ahí viene el tipo que lee la Biblia todo el día». De hecho, ser cristiano y no padecer un cierto grado de persecución es sospechoso, según nuestro Señor (Luc. 6: 26). Juan sabia, y nosotros también debemos saber, que todos los ataques de nuestros enemigos son contra Dios, no contra nosotros. El debe encargarse de nuestros enemigos, no nosotros.
Pidamos a Dios esta mañana que nos llene del Espíritu Santo para tener los frutos del Espíritu a pesar de los ataques del enemigo. Y no olvides el mandato del Señor: «Amad a vuestros enemigos» (Mat. 5: 44). Nuestra oportunidad y nuestra misión es convertir a nuestros enemigos gratuitos en amigos, a través de nuestro ejemplo piadoso.
Julio 12 Huir de la tentación
Y ella lo asió por su ropa, diciendo: «Duerme conmigo». Entonces el dejo su ropa en las manos de ella, y huyo y salió.
Génesis 39: 12
Es fácil percibir que en esta época ya no hay temor de Dios ni respeto por su santa Ley. Muchísima gente considera que todo es relativo, que todo depende de las circunstancias, que no existe nada que sea pecado. Es posible que los jóvenes del mundo consideren tonto a José por haber "desperdiciado" una buena "ocasión". Algunos consideran a José un cobarde, o algo peor, por haber huido de la esposa de Potifar.
Pero José fue muy inteligente y sabio al tomar la decisión de huir de la tentación. La mejor respuesta a la tentación es huir de ella. Alejarse de cualquier situación comprometedora es crucial para mantener un sólido carácter cristiano. Sin embargo, huir de la tentación no es fácil. Solo es posible con la ayuda de Dios. Además, no es huir una vez. De una manera u otra, hoy o mañana, la vieja tentación volverá. El tentador nunca se dará por vencido, y nos buscara mientras tenga la esperanza de vencernos. Recuerda que a Jesús lo persiguió, y lo tentó, desde el pesebre hasta el Calvario, con la esperanza de vencerlo haciéndolo pecar.
Huye de la tentación, pero no pienses que ahí termina todo. La Biblia aconseja huir de la tentación: «Huye también de las pasiones juveniles» (2 Tim. 2: 22). «Huye de estas cosas» (1 Tim. 6: 11). «Habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo» (2 Fed. 1: 4). Pero, más que huir, el consejo divino es estar firmes. «Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo» (Efe. 6: 11). A través del poder del Espíritu Santo, los creyentes pueden vencer a Satanás y hacerlo huir.
¿Qué haces cuando eres tentado a pecar? Hay muchas cosas que puedes hacer, pero lo más importante es recordar que no puedes resolver tú solo el problema de la tentación. En el corazón humano está el deseo de hacer el mal; es engañoso, centrado en sí mismo. La tentación es un problema que solo Dios puede resolver. Para solucionar ese problema, necesitamos a un Salvador experto que ya fue tentado en todo, «pero sin pecado» (Heb. 4: 15). Por nosotros mismos no podemos ganar la guerra contra la tentación. Pero Jesús nos ofrece su victoria, y «es poderoso para socorrer a los que son tentados* (Heb. 2: 18).
Sigue hoy el método y el ejemplo de José. Huye de la tentación, y aférrate a Cristo para poder vencer al tentador.
Génesis 39: 12
Es fácil percibir que en esta época ya no hay temor de Dios ni respeto por su santa Ley. Muchísima gente considera que todo es relativo, que todo depende de las circunstancias, que no existe nada que sea pecado. Es posible que los jóvenes del mundo consideren tonto a José por haber "desperdiciado" una buena "ocasión". Algunos consideran a José un cobarde, o algo peor, por haber huido de la esposa de Potifar.
Pero José fue muy inteligente y sabio al tomar la decisión de huir de la tentación. La mejor respuesta a la tentación es huir de ella. Alejarse de cualquier situación comprometedora es crucial para mantener un sólido carácter cristiano. Sin embargo, huir de la tentación no es fácil. Solo es posible con la ayuda de Dios. Además, no es huir una vez. De una manera u otra, hoy o mañana, la vieja tentación volverá. El tentador nunca se dará por vencido, y nos buscara mientras tenga la esperanza de vencernos. Recuerda que a Jesús lo persiguió, y lo tentó, desde el pesebre hasta el Calvario, con la esperanza de vencerlo haciéndolo pecar.
Huye de la tentación, pero no pienses que ahí termina todo. La Biblia aconseja huir de la tentación: «Huye también de las pasiones juveniles» (2 Tim. 2: 22). «Huye de estas cosas» (1 Tim. 6: 11). «Habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo» (2 Fed. 1: 4). Pero, más que huir, el consejo divino es estar firmes. «Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo» (Efe. 6: 11). A través del poder del Espíritu Santo, los creyentes pueden vencer a Satanás y hacerlo huir.
¿Qué haces cuando eres tentado a pecar? Hay muchas cosas que puedes hacer, pero lo más importante es recordar que no puedes resolver tú solo el problema de la tentación. En el corazón humano está el deseo de hacer el mal; es engañoso, centrado en sí mismo. La tentación es un problema que solo Dios puede resolver. Para solucionar ese problema, necesitamos a un Salvador experto que ya fue tentado en todo, «pero sin pecado» (Heb. 4: 15). Por nosotros mismos no podemos ganar la guerra contra la tentación. Pero Jesús nos ofrece su victoria, y «es poderoso para socorrer a los que son tentados* (Heb. 2: 18).
Sigue hoy el método y el ejemplo de José. Huye de la tentación, y aférrate a Cristo para poder vencer al tentador.
Julio 11 Siempre hay una salida de la tentación
No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, « que no os dejara ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.
1 corintios 10:13
Aunque la tentación no es pecada, es muy peligrosa. Por eso no debemos detenernos / \ frente a ella, ni siquiera por un momento. Como José, hay que huir inmediatamente. El que decide permanecer en el terreno de la tentación corre el peligro de ser su víctima. No dialogues con ella, no fijes tus ojos en ella, no te acerques a ella.
Cuando estudiaba en la Universidad Adventista de Centroamérica, trabajaba en el campo con otros compañeros. Un día, mientras limpiábamos el terreno de malezas, descubrimos una enorme serpiente. Decidimos rodearla, para que no escapara. La serpiente se enrollo y se quedo tranquila. Uno de los compañeros decidió acercarse al peligroso reptil. Tomo un palo en su mano y comenzó a moverla. La serpiente se encogía y se estiraba. Algunas veces se levantaba y luego caía de nuevo a tierra. El joven estaba muy feliz y disfrutaba mucho del espectáculo presentado por el animal. El joven perdió el miedo y se aproximo un poco más. De pronto, la serpiente ataco como un rayo y clavo los colmillos en el brazo del joven incauto. Ahí termino la "fiesta". Buscamos ansiosamente una ambulancia para conducirlo al hospital, donde ingreso al borde de la muerte.
Así es la tentación. Aparece en cualquier lugar y en cualquier momento. No te acerques, ni juegues con ella. Si lo haces, te morderá. Pero la promesa divina es que cuando llega la tentación, Dios «dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar». Esta promesa es muy cierta. Siempre se presentaran obstáculos para no ceder a la tentación. Antes de encontrar el canal en el televisor para ver una película que degrada la mente y enferma el espíritu, encontraras un canal donde se presenta la Palabra de Dios. Justo cuando decides detener el automóvil frente a un lugar de reputación dudosa, sonara el teléfono con una llamada de tu esposa, que te dirá: «Te amo muchísimo y estoy segura de que tu también me amas». Cuando sientes la tentación de insultar al conductor que entro en tu carril de forma imprudente, ves una calcomanía en la parte trasera del auto, que dice: « ¿Que haría Jesús ?»
Siempre será difícil pecar. Es una terca oposición a todas las advertencias divinas y a todos obstáculos que Dios nos pone para que tengamos tiempo para reflexionar. Cuídate hoy.
1 corintios 10:13
Aunque la tentación no es pecada, es muy peligrosa. Por eso no debemos detenernos / \ frente a ella, ni siquiera por un momento. Como José, hay que huir inmediatamente. El que decide permanecer en el terreno de la tentación corre el peligro de ser su víctima. No dialogues con ella, no fijes tus ojos en ella, no te acerques a ella.
Cuando estudiaba en la Universidad Adventista de Centroamérica, trabajaba en el campo con otros compañeros. Un día, mientras limpiábamos el terreno de malezas, descubrimos una enorme serpiente. Decidimos rodearla, para que no escapara. La serpiente se enrollo y se quedo tranquila. Uno de los compañeros decidió acercarse al peligroso reptil. Tomo un palo en su mano y comenzó a moverla. La serpiente se encogía y se estiraba. Algunas veces se levantaba y luego caía de nuevo a tierra. El joven estaba muy feliz y disfrutaba mucho del espectáculo presentado por el animal. El joven perdió el miedo y se aproximo un poco más. De pronto, la serpiente ataco como un rayo y clavo los colmillos en el brazo del joven incauto. Ahí termino la "fiesta". Buscamos ansiosamente una ambulancia para conducirlo al hospital, donde ingreso al borde de la muerte.
Así es la tentación. Aparece en cualquier lugar y en cualquier momento. No te acerques, ni juegues con ella. Si lo haces, te morderá. Pero la promesa divina es que cuando llega la tentación, Dios «dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar». Esta promesa es muy cierta. Siempre se presentaran obstáculos para no ceder a la tentación. Antes de encontrar el canal en el televisor para ver una película que degrada la mente y enferma el espíritu, encontraras un canal donde se presenta la Palabra de Dios. Justo cuando decides detener el automóvil frente a un lugar de reputación dudosa, sonara el teléfono con una llamada de tu esposa, que te dirá: «Te amo muchísimo y estoy segura de que tu también me amas». Cuando sientes la tentación de insultar al conductor que entro en tu carril de forma imprudente, ves una calcomanía en la parte trasera del auto, que dice: « ¿Que haría Jesús ?»
Siempre será difícil pecar. Es una terca oposición a todas las advertencias divinas y a todos obstáculos que Dios nos pone para que tengamos tiempo para reflexionar. Cuídate hoy.
Julio 10 Puedes vencer la tentación
Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse
de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo,
Según nuestra semejanza, pero sin pecado.
Hebreos 4: 15
La tentación no tiene favoritos. Todos los seres humanos son su objetivo: hombres y mujeres, adultos y niños, pastores y laicos, casados y solteros. Incluso el Hijo de Dios fue tentado en todas las cosas. Jesús siempre entendió las intenciones del enemigo y nunca permitió que lo apartara de la fidelidad y el amor de su Padre.
Jesús es nuestro ejemplo supremo. El nos ensena como luchar contra la tentación y nos promete el poder para vencerla. Experimento en carne propia lo que significa ser tentado. Se hizo semejante a nosotros, sujeto a las mismas debilidades que nosotros; por lo tanto, entiende perfectamente como nos sentimos bajo el peso de la tentación. Los fieros ataques del enemigo nunca lo vencieron, y pudo decir: «Viene el príncipe de este mundo, y no tiene nada en mi».
La tentación no es pecado, pero si una amenaza. Al luchar contra la tentación debemos recordar algunos principios que nos ayudaran a salir victoriosos:
Primero: No confrontes solo la tentación. Jesús ha prometido estar siempre a tu lado. Mantén a Jesús en tu mente y todo pensamiento pecaminoso huira.
Segundo: Asegúrate de tener siempre puesta la armadura de Dios. Solo venceremos con las armas del Todopoderoso. Las armas son seis:
• El cinturón de la verdad, que es la integridad.
• La coraza de justicia, que es la justicia practicada.
• Las sandalias, que significan el evangelio de la paz, el gozo de sentirse seguro en Cristo.
• El escudo de la fe, que es la firme adhesión a la verdad revelada.
• El yelmo de la salvación, que significa la seguridad de la salvación presente y futura.
• La espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.
En el cielo se le dará a cada redimido un manto blanco y un arpa. Pero eso será en el cielo. Mientras tanto, aquí se le da una armadura de soldado para el combate, para luchar contra la tentación.
Tercero: Nunca puedes sorprender a Dios. El sabe de antemano que harás, que decisiones tomaras, el pecado que cometerás, y, aun así, te ama.
Vive hoy como un vencedor. Jesús está contigo. En su fuerza serás victorioso. Puedes decir «No» a la tentación porque él está en tu corazón. Ocupa tu lugar como hijo de Dios y reclama su fuerza y su victoria.
de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo,
Según nuestra semejanza, pero sin pecado.
Hebreos 4: 15
La tentación no tiene favoritos. Todos los seres humanos son su objetivo: hombres y mujeres, adultos y niños, pastores y laicos, casados y solteros. Incluso el Hijo de Dios fue tentado en todas las cosas. Jesús siempre entendió las intenciones del enemigo y nunca permitió que lo apartara de la fidelidad y el amor de su Padre.
Jesús es nuestro ejemplo supremo. El nos ensena como luchar contra la tentación y nos promete el poder para vencerla. Experimento en carne propia lo que significa ser tentado. Se hizo semejante a nosotros, sujeto a las mismas debilidades que nosotros; por lo tanto, entiende perfectamente como nos sentimos bajo el peso de la tentación. Los fieros ataques del enemigo nunca lo vencieron, y pudo decir: «Viene el príncipe de este mundo, y no tiene nada en mi».
La tentación no es pecado, pero si una amenaza. Al luchar contra la tentación debemos recordar algunos principios que nos ayudaran a salir victoriosos:
Primero: No confrontes solo la tentación. Jesús ha prometido estar siempre a tu lado. Mantén a Jesús en tu mente y todo pensamiento pecaminoso huira.
Segundo: Asegúrate de tener siempre puesta la armadura de Dios. Solo venceremos con las armas del Todopoderoso. Las armas son seis:
• El cinturón de la verdad, que es la integridad.
• La coraza de justicia, que es la justicia practicada.
• Las sandalias, que significan el evangelio de la paz, el gozo de sentirse seguro en Cristo.
• El escudo de la fe, que es la firme adhesión a la verdad revelada.
• El yelmo de la salvación, que significa la seguridad de la salvación presente y futura.
• La espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.
En el cielo se le dará a cada redimido un manto blanco y un arpa. Pero eso será en el cielo. Mientras tanto, aquí se le da una armadura de soldado para el combate, para luchar contra la tentación.
Tercero: Nunca puedes sorprender a Dios. El sabe de antemano que harás, que decisiones tomaras, el pecado que cometerás, y, aun así, te ama.
Vive hoy como un vencedor. Jesús está contigo. En su fuerza serás victorioso. Puedes decir «No» a la tentación porque él está en tu corazón. Ocupa tu lugar como hijo de Dios y reclama su fuerza y su victoria.
Julio 9 Dios Luchará por Nosotros
En aquel mismo día tomó Josué a Maceda, y la hirió a filo de espada,
y mató a su rey; por completo los destruyó, con todo lo que en ella tenía vida,
sin dejar nada; e hizo al rey de Maceda como había hecho al rey de Jericó.
Josué 10:28
La conquista de Canaán fue una epopeya realizada con la intervención directa de Dios. En la batalla con la confederación de cinco reyes ocurrieron hechos verdaderamente asombrosos. La batalla se alargaba. Los enemigos estaban a punto de entrar en la ciudad fortificada de Maceda. Pero, por razones que no entendemos, era necesario terminar la batalla ese día. Dios y sus ángeles intervinieron en la batalla (Jos. 10: 11). Sin embargo, como no alcanzaba el tiempo y el sol estaba declinando, Dios obró un portento: «Y el sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día entero» (10:13). Finalmente, la batalla termino, como siempre, con una gloriosa victoria de Dios y su pueblo. Siempre se asombra uno cuando lee estas declaraciones: «Y no hubo día como aquel, ni antes ni después de él, habiendo atendido Jehová a la voz de un hombre; porque Jehová peleaba por Israel» (Jos. 10:14).
Esta es una repetición de la promesa que Moisés, en nombre de Dios, hizo al pueblo de Israel cuando temblaban de miedo, arrinconados frente al mar, y con el ejército del faraón, con toda su furia, a sus espaldas, decidido a destruirlos. El dijo: «No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Exo. 14: 13,14).
¡Qué maravillosa promesa es esta para nuestras luchas diarias contra Satanás y la tentación! Cada vez que el enemigo lanza sus ataques contra nosotros, Jesús se halla a nuestro lado en las trincheras. Lo único que pide es que nos escondamos detrás de su manto y permitamos que sea él quien pelee las batallas por nosotros. Por eso Pablo nos recuerda: «Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas» (2 Cor. 10: 4).
Dios no solamente pelea las batallas por nosotros, sino que nos da también en Jesucristo el equipamiento necesario para vencer. Jesús está ahora en el santuario celestial peleando batallas por cada uno de sus hijos. Dios anhela que nosotros confiemos plenamente en su perdón, que es el arma más efectiva para derrotar al enemigo. Toma hoy la decisión. Confía en Aquel que pelea todas tus batallas y que jamás perderá una sola. Cualquier batalla que entables hoy podrás ganarla si decides aferrarse al gran Capitán divino.
y mató a su rey; por completo los destruyó, con todo lo que en ella tenía vida,
sin dejar nada; e hizo al rey de Maceda como había hecho al rey de Jericó.
Josué 10:28
La conquista de Canaán fue una epopeya realizada con la intervención directa de Dios. En la batalla con la confederación de cinco reyes ocurrieron hechos verdaderamente asombrosos. La batalla se alargaba. Los enemigos estaban a punto de entrar en la ciudad fortificada de Maceda. Pero, por razones que no entendemos, era necesario terminar la batalla ese día. Dios y sus ángeles intervinieron en la batalla (Jos. 10: 11). Sin embargo, como no alcanzaba el tiempo y el sol estaba declinando, Dios obró un portento: «Y el sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día entero» (10:13). Finalmente, la batalla termino, como siempre, con una gloriosa victoria de Dios y su pueblo. Siempre se asombra uno cuando lee estas declaraciones: «Y no hubo día como aquel, ni antes ni después de él, habiendo atendido Jehová a la voz de un hombre; porque Jehová peleaba por Israel» (Jos. 10:14).
Esta es una repetición de la promesa que Moisés, en nombre de Dios, hizo al pueblo de Israel cuando temblaban de miedo, arrinconados frente al mar, y con el ejército del faraón, con toda su furia, a sus espaldas, decidido a destruirlos. El dijo: «No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Exo. 14: 13,14).
¡Qué maravillosa promesa es esta para nuestras luchas diarias contra Satanás y la tentación! Cada vez que el enemigo lanza sus ataques contra nosotros, Jesús se halla a nuestro lado en las trincheras. Lo único que pide es que nos escondamos detrás de su manto y permitamos que sea él quien pelee las batallas por nosotros. Por eso Pablo nos recuerda: «Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas» (2 Cor. 10: 4).
Dios no solamente pelea las batallas por nosotros, sino que nos da también en Jesucristo el equipamiento necesario para vencer. Jesús está ahora en el santuario celestial peleando batallas por cada uno de sus hijos. Dios anhela que nosotros confiemos plenamente en su perdón, que es el arma más efectiva para derrotar al enemigo. Toma hoy la decisión. Confía en Aquel que pelea todas tus batallas y que jamás perderá una sola. Cualquier batalla que entables hoy podrás ganarla si decides aferrarse al gran Capitán divino.
Julio 7 Ataca cuando las defensas parezcan debilitarse
Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.
Y vino el tentador, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan». Mateo 4: 2, 3
El enemigo sabe perfectamente cuales son los mementos cuando las defensas del cristiano son más débiles o en que tiene las mayores probabilidades de vencerlo. No vino para tentar a Jesús en su primer día de ayuno; vino después de que el Señor ya llevaba cuarenta días sin probar alimento. Lo ataco cuando el hambre era más intensa. En el momento de mayor necesidad le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan».
Es probable que, cuando Satanás menciono la palabra 'pan', los ojos de nuestro Señor vieran en aquellas piedras algo parecido al delicioso pan que su madre horneaba en Nazaret. No olvidemos que él era como nosotros. El hambre era real, y la tentación, muy fuerte. Una fuerte tentación para Jesús era que él podía convertir cualquiera de aquellas piedras redondas en un verdadero pan. Solamente se necesitaba la orden de Jesús para que aquellas piedras se convirtieran en aquello que mas deseaba.
No obstante, aunque tenía el poder de hacerlo, no quiso ejercerlo, porque habría sido dudar de Dios, hacer algo en beneficio propio y probablemente aceptar la autoridad de Satanás. Para nosotros no habría sido una tentación, pero para Jesús si lo fue. Jesús no cedió, por muchas razones. Una de ellas era que su misión consistía en derrotar a Satanás donde Adán había fracasado: la satisfacción del apetito.
Si, el enemigo sabe cuándo es el mejor momento para atacarnos. Hace propuestas apetecibles para que aceptemos sus insinuaciones. Precisamente cuando tienes un salario que no te alcanza para cubrir los gastos, te ofrece un gran empleo, pero tienes que trabajar los sábados. Cuando los lazos conyugales comienzan a debilitarse, aparece alguien que te presenta atrayentes insinuaciones. Cuando el presupuesto no alcanza para cubrir los gastos de la educación cristiana de tus hijos, te susurra al oído: «Usa los diezmos. Tus hijos son más importantes que las necesidades de la iglesia». Incluso te recuerda versículos como «El que no provee para los suyos, es peor que un infiel y ha negado la fe». En el momento de un accidente, o de un diagnostico medico que te informa de una enfermedad terminal, se presenta para destruir tu fe y tu confianza en Dios.
Cuando sientas que tus defensas se debilitan, ataca valerosamente poniéndose bajo las alas de tu Defensor. Decide hoy mantenerte firme junto a Jesús. Pídele que te ayude a vencer tus apetitos, tus deseos y cualquier oferta que el maligno te ofrezca.
Y vino el tentador, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan». Mateo 4: 2, 3
El enemigo sabe perfectamente cuales son los mementos cuando las defensas del cristiano son más débiles o en que tiene las mayores probabilidades de vencerlo. No vino para tentar a Jesús en su primer día de ayuno; vino después de que el Señor ya llevaba cuarenta días sin probar alimento. Lo ataco cuando el hambre era más intensa. En el momento de mayor necesidad le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan».
Es probable que, cuando Satanás menciono la palabra 'pan', los ojos de nuestro Señor vieran en aquellas piedras algo parecido al delicioso pan que su madre horneaba en Nazaret. No olvidemos que él era como nosotros. El hambre era real, y la tentación, muy fuerte. Una fuerte tentación para Jesús era que él podía convertir cualquiera de aquellas piedras redondas en un verdadero pan. Solamente se necesitaba la orden de Jesús para que aquellas piedras se convirtieran en aquello que mas deseaba.
No obstante, aunque tenía el poder de hacerlo, no quiso ejercerlo, porque habría sido dudar de Dios, hacer algo en beneficio propio y probablemente aceptar la autoridad de Satanás. Para nosotros no habría sido una tentación, pero para Jesús si lo fue. Jesús no cedió, por muchas razones. Una de ellas era que su misión consistía en derrotar a Satanás donde Adán había fracasado: la satisfacción del apetito.
Si, el enemigo sabe cuándo es el mejor momento para atacarnos. Hace propuestas apetecibles para que aceptemos sus insinuaciones. Precisamente cuando tienes un salario que no te alcanza para cubrir los gastos, te ofrece un gran empleo, pero tienes que trabajar los sábados. Cuando los lazos conyugales comienzan a debilitarse, aparece alguien que te presenta atrayentes insinuaciones. Cuando el presupuesto no alcanza para cubrir los gastos de la educación cristiana de tus hijos, te susurra al oído: «Usa los diezmos. Tus hijos son más importantes que las necesidades de la iglesia». Incluso te recuerda versículos como «El que no provee para los suyos, es peor que un infiel y ha negado la fe». En el momento de un accidente, o de un diagnostico medico que te informa de una enfermedad terminal, se presenta para destruir tu fe y tu confianza en Dios.
Cuando sientas que tus defensas se debilitan, ataca valerosamente poniéndose bajo las alas de tu Defensor. Decide hoy mantenerte firme junto a Jesús. Pídele que te ayude a vencer tus apetitos, tus deseos y cualquier oferta que el maligno te ofrezca.
Julio 8 ¿Dónde Acampas?
Abraham habito en la tierra de Canaán, pero Lot habito en medio de las ciudades del valle del Jordán, muy cerca de Sodoma. Génesis 13: 12
¿A qué distancia de Sodoma acampas? Al decir esto, en realidad quiero preguntar: ¿Cuánto te acercas al pecado? Cuando Lot escogió el valle del Jordán para instalar su campamento, escogió lo que le parecía más cómodo y más provechoso. Es admirable el carácter de Abraham. No escogió el primero el lugar para poner su campamento, privilegio que le correspondía por su edad y por su posición. Magnánimamente, permitió que Lot escogiera primero. Lo acostumbrado en la cultura de ese tiempo era que Lot, que era el más joven, permitiera que Abraham escogiera primero la tierra donde habitaría.
Abraham permitió que Lot escogiera primero, y este decidió vivir lo más cerca posible de Sodoma. Sabemos que la decisión de Lot terminó en una tragedia para él y su familia. Acabó viviendo dentro de Sodoma, lugar donde se toleraban y hasta se promovían todos los pecados imaginables. En la historia de Génesis 19 aprendemos que Lot escape del castigo divino por una intervención directa de los ángeles de Dios. No pudo rescatar ninguna de las posesiones de su casa y en la precipitación de la huida terminó perdiendo a su propia esposa.
No cabe duda de que la tentación actúa así. Primero decidimos acercarnos. Pero pronto, sin darnos cuenta, estamos en medio de ella, como Lot viviendo dentro de Sodoma. Llega un momento en que nos encontramos tan enredados que no podemos salir, salvo por una intervención de Dios.
Notemos, en cambio, la reacción opuesta de Abraham. El patriarca decidió alejarse del valle de aquella ciudad pecaminosa. Una vez que estuvo lejos, edificó un altar a Dios. ¡Qué hombre más sabio! No es extraño que Dios se llevara tan bien con Abraham y lo bendijera tanto. En cambio, Lot, lo único que encontró fue un montón de problemas, y lo que único que salvo fue la vida. La pregunta para nosotros hoy es donde viviremos nuestra vida. ¿Acamparemos lo más cerca posible de la tentación, o viviremos delante del altar, lejos del valle de la tentación?
El pecado siempre comienza con un simple coqueteo con la tentación. Pero después termina amarrándonos para vivir dentro de sus muros, hasta que la ira de Dios se pronuncia.
¿Cuán cerca de Sodoma acampas? La decisión está en tus manos hoy. Dios quiera que nuestra respuesta sea: « ¡Tan lejos que ni siquiera la pueda ver a la distancia!»
¿A qué distancia de Sodoma acampas? Al decir esto, en realidad quiero preguntar: ¿Cuánto te acercas al pecado? Cuando Lot escogió el valle del Jordán para instalar su campamento, escogió lo que le parecía más cómodo y más provechoso. Es admirable el carácter de Abraham. No escogió el primero el lugar para poner su campamento, privilegio que le correspondía por su edad y por su posición. Magnánimamente, permitió que Lot escogiera primero. Lo acostumbrado en la cultura de ese tiempo era que Lot, que era el más joven, permitiera que Abraham escogiera primero la tierra donde habitaría.
Abraham permitió que Lot escogiera primero, y este decidió vivir lo más cerca posible de Sodoma. Sabemos que la decisión de Lot terminó en una tragedia para él y su familia. Acabó viviendo dentro de Sodoma, lugar donde se toleraban y hasta se promovían todos los pecados imaginables. En la historia de Génesis 19 aprendemos que Lot escape del castigo divino por una intervención directa de los ángeles de Dios. No pudo rescatar ninguna de las posesiones de su casa y en la precipitación de la huida terminó perdiendo a su propia esposa.
No cabe duda de que la tentación actúa así. Primero decidimos acercarnos. Pero pronto, sin darnos cuenta, estamos en medio de ella, como Lot viviendo dentro de Sodoma. Llega un momento en que nos encontramos tan enredados que no podemos salir, salvo por una intervención de Dios.
Notemos, en cambio, la reacción opuesta de Abraham. El patriarca decidió alejarse del valle de aquella ciudad pecaminosa. Una vez que estuvo lejos, edificó un altar a Dios. ¡Qué hombre más sabio! No es extraño que Dios se llevara tan bien con Abraham y lo bendijera tanto. En cambio, Lot, lo único que encontró fue un montón de problemas, y lo que único que salvo fue la vida. La pregunta para nosotros hoy es donde viviremos nuestra vida. ¿Acamparemos lo más cerca posible de la tentación, o viviremos delante del altar, lejos del valle de la tentación?
El pecado siempre comienza con un simple coqueteo con la tentación. Pero después termina amarrándonos para vivir dentro de sus muros, hasta que la ira de Dios se pronuncia.
¿Cuán cerca de Sodoma acampas? La decisión está en tus manos hoy. Dios quiera que nuestra respuesta sea: « ¡Tan lejos que ni siquiera la pueda ver a la distancia!»
Julio 6 Satanás pregunta por ti
Dijo también el Señor: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido
para zarandearos como a trigo».
Lucas 22: 31
Que alguien pregunte por nosotros puede ser agradable o desagradable. Depende de quién sea la persona y de cuales sean sus motives. Si es un amigo, nos sentimos felices. Si es nuestro enemigo y sabemos que tiene malas intenciones, nos preocuparemos. Quien pregunto por Pedro es el peor enemigo que puede existir. Es el más grande ladrón, el mayor destructor, el peor asesino.
¿Puedes imaginarte a Pedro escuchando a Jesús decirle: «Satanás os ha pedido», «Satanás pregunta por ti específicamente», «El diablo pregunta personalmente por ti, Pedro»? Ponte en los zapatos de Pedro por un momento. Si eso no te congela la sangre, entonces no hay cosa que pueda hacerlo.
Gracias a Dios, Jesús animo a Pedro para que no se llenara de pánico. «Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte» (Luc. 22: 32). En otras palabras, Cristo está diciendo a su aterrorizado discípulo que, a pesar de que el mismo jefe de los demonios pregunta por él, no tiene por qué atemorizarse: sus oraciones lo fortalecerán; su brazo omnipotente lo sostendrá.
Jesús está con nosotros para ayudarnos a enfrentar la tentación. El ruega por nosotros constantemente. Saber y creer esto fortalece la fe del creyente. Si estamos al lado del Salvador de forma resuelta, Satanás no puede llegar a nosotros si antes no se enfrenta con Jesús. El texto indica que Satanás primero vino a pedirle permiso a Jesús para probar a Pedro. El no puede hacer nada en la vida de sus hijos sin que Dios se lo permita. Dios vigila sobre cada unos de sus hijos amados. «He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel* (Sal. 121: 4).
¿Por qué el diablo fijo su vista en Pedro? Simplemente, porque era un poderoso instrumento en las manos de Dios. Hoy hace lo mismo. Apunta sus armas contra los dirigentes. Por esa razón debemos orar constantemente a favor de nuestros dirigentes, porque ellos siempre están bajo el ataque de Satanás.
Cualquier cristiano que aporta algo en favor del reino de Dios es un candidato para los ataques de Satanás. Si Dios te está usando para llevar personas a los pies de Jesús, el diablo trabajara incansablemente hasta derribarte si te descuidas. ¿Te sientes bajo el fuego del enemigo? ¿Estás enfrentando fieras tentaciones? No te aterrorices: Jesús ora por ti, como lo hizo por Pedro.
para zarandearos como a trigo».
Lucas 22: 31
Que alguien pregunte por nosotros puede ser agradable o desagradable. Depende de quién sea la persona y de cuales sean sus motives. Si es un amigo, nos sentimos felices. Si es nuestro enemigo y sabemos que tiene malas intenciones, nos preocuparemos. Quien pregunto por Pedro es el peor enemigo que puede existir. Es el más grande ladrón, el mayor destructor, el peor asesino.
¿Puedes imaginarte a Pedro escuchando a Jesús decirle: «Satanás os ha pedido», «Satanás pregunta por ti específicamente», «El diablo pregunta personalmente por ti, Pedro»? Ponte en los zapatos de Pedro por un momento. Si eso no te congela la sangre, entonces no hay cosa que pueda hacerlo.
Gracias a Dios, Jesús animo a Pedro para que no se llenara de pánico. «Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte» (Luc. 22: 32). En otras palabras, Cristo está diciendo a su aterrorizado discípulo que, a pesar de que el mismo jefe de los demonios pregunta por él, no tiene por qué atemorizarse: sus oraciones lo fortalecerán; su brazo omnipotente lo sostendrá.
Jesús está con nosotros para ayudarnos a enfrentar la tentación. El ruega por nosotros constantemente. Saber y creer esto fortalece la fe del creyente. Si estamos al lado del Salvador de forma resuelta, Satanás no puede llegar a nosotros si antes no se enfrenta con Jesús. El texto indica que Satanás primero vino a pedirle permiso a Jesús para probar a Pedro. El no puede hacer nada en la vida de sus hijos sin que Dios se lo permita. Dios vigila sobre cada unos de sus hijos amados. «He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel* (Sal. 121: 4).
¿Por qué el diablo fijo su vista en Pedro? Simplemente, porque era un poderoso instrumento en las manos de Dios. Hoy hace lo mismo. Apunta sus armas contra los dirigentes. Por esa razón debemos orar constantemente a favor de nuestros dirigentes, porque ellos siempre están bajo el ataque de Satanás.
Cualquier cristiano que aporta algo en favor del reino de Dios es un candidato para los ataques de Satanás. Si Dios te está usando para llevar personas a los pies de Jesús, el diablo trabajara incansablemente hasta derribarte si te descuidas. ¿Te sientes bajo el fuego del enemigo? ¿Estás enfrentando fieras tentaciones? No te aterrorices: Jesús ora por ti, como lo hizo por Pedro.
Julio 5 Cuando el dedo te señala
Entonces dijo Natán a David: «Tu eres aquel hombre. Así ha dicho Jehová, Dios de Israel: "Yo te ungí por rey sobre Israel, y te libre de la mano de Saúl"».
2 Samuel 12:7
David, el rey de Israel, hombre brillante e inteligente, cometió un grave error. Un hombre bueno, en un momento de debilidad, fue al lugar equivocado, en el momento equivocado, fijo su mirada en el sitio equivocado y, como era de esperar, fracaso. Cometió adulterio y posteriormente un asesinato.
Una mirada, un pensamiento malo, un deseo, un adulterio, un crimen. Así es el pecado. De la inocencia a la depravación. De un poquito, hasta la inmersión total. Desde un inicio, en el que dominamos, hasta un final, en el que terminamos domina-dos. Quien se inicia en el sendero del pecado no se imagina hasta donde llegara.
Dios amaba a David y envió a Natán para amonestarlo, para señalarle su pecado, para apartarlo del camino que solo tiene un final: la muerte eterna. Dios sabe que el pecado destruye; por eso es lo aborrece con odio mortal.
El fracaso es algo que todos los seres humanos compartirnos. Es cierto que hay pe-cados que no salen a la luz. Nadie sabe de ese aborto que indujimos. Nadie sabe de esos devaneos amorosos a los que nos entregamos. Nadie sabe de ese negocio deshonesto que emprendimos. Nadie sabe de lo que estaba viendo en la pantalla de la computa-dora a avanzadas horas de la noche. Nadie sabe de esos videos para "adultos" que se ven cuando se está solo. Nadie sabe de esos pensamientos impuros que amenazan con salirse del ámbito de las ideas y hacerse realidad. Nadie sabe de esos engaños. Nadie conoce esas mentiras del pasado, o del presente.
Nuestros fracases nunca son el final de nuestra relación con Dios. A pesar de nuestros errores, no hay cortocircuito en nuestra relación con el Señor. Abraham mintió, pero ese no fue su final. Dios dijo que era su profeta y le pidió que orara por Abimelec. David fallo pero eso no fue el final para él. Todo pudo haberse perdido, pero no se perdió. Para Dios nuestros fracasos no son el final. No importa cuán malos, cuan equivocados, o cuan avergonzados nos sintamos. Dios está ahí. Su presencia no nos abandona, ni siquiera en el más estrepitoso de los fracasos. La presencia de Dios siempre está con nosotros para ayudarnos. Nos lleva de la mano.
Dios puede enviar a Natán para hacernos saber que nada está oculto a sus ojos. Como David, necesitamos volvernos a Dios y decirle: «Contra ti, contra ti solo he pecado; dame un corazón nuevo».
2 Samuel 12:7
David, el rey de Israel, hombre brillante e inteligente, cometió un grave error. Un hombre bueno, en un momento de debilidad, fue al lugar equivocado, en el momento equivocado, fijo su mirada en el sitio equivocado y, como era de esperar, fracaso. Cometió adulterio y posteriormente un asesinato.
Una mirada, un pensamiento malo, un deseo, un adulterio, un crimen. Así es el pecado. De la inocencia a la depravación. De un poquito, hasta la inmersión total. Desde un inicio, en el que dominamos, hasta un final, en el que terminamos domina-dos. Quien se inicia en el sendero del pecado no se imagina hasta donde llegara.
Dios amaba a David y envió a Natán para amonestarlo, para señalarle su pecado, para apartarlo del camino que solo tiene un final: la muerte eterna. Dios sabe que el pecado destruye; por eso es lo aborrece con odio mortal.
El fracaso es algo que todos los seres humanos compartirnos. Es cierto que hay pe-cados que no salen a la luz. Nadie sabe de ese aborto que indujimos. Nadie sabe de esos devaneos amorosos a los que nos entregamos. Nadie sabe de ese negocio deshonesto que emprendimos. Nadie sabe de lo que estaba viendo en la pantalla de la computa-dora a avanzadas horas de la noche. Nadie sabe de esos videos para "adultos" que se ven cuando se está solo. Nadie sabe de esos pensamientos impuros que amenazan con salirse del ámbito de las ideas y hacerse realidad. Nadie sabe de esos engaños. Nadie conoce esas mentiras del pasado, o del presente.
Nuestros fracases nunca son el final de nuestra relación con Dios. A pesar de nuestros errores, no hay cortocircuito en nuestra relación con el Señor. Abraham mintió, pero ese no fue su final. Dios dijo que era su profeta y le pidió que orara por Abimelec. David fallo pero eso no fue el final para él. Todo pudo haberse perdido, pero no se perdió. Para Dios nuestros fracasos no son el final. No importa cuán malos, cuan equivocados, o cuan avergonzados nos sintamos. Dios está ahí. Su presencia no nos abandona, ni siquiera en el más estrepitoso de los fracasos. La presencia de Dios siempre está con nosotros para ayudarnos. Nos lleva de la mano.
Dios puede enviar a Natán para hacernos saber que nada está oculto a sus ojos. Como David, necesitamos volvernos a Dios y decirle: «Contra ti, contra ti solo he pecado; dame un corazón nuevo».
Julio 4 Cuando Dios se demora, sométete a su autoridad
Dijo Jesús: «Quitad la piedra». Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: «Señor, hiede ya, porque es de cuatro días». Juan 11: 39
Cuando Dios tarda en responder a nuestras peticiones, no solo debemos mostrar confianza en su amor, sino someternos a su autoridad. El no solo es el Salvador; es también el Señor, y sus seguidores deben reconocer su autoridad en todo.
Jesús ordeno que se quitase la piedra del sepulcro donde Lázaro había sido sepulta-do. Marta y María tenían razón. Los cuerpos se descomponen después de tanto tiempo en el sepulcro: «Señor, hiede ya, porque es de cuatro días» (Juan 11: 39). Pero Jesús había dado la orden, y ellas debían obedecer el mandato de su Señor. Este es un cuadro de sumisión y obediencia.
Cuando Dios guarda silencio y no contesta inmediatamente tus peticiones, recuerda que el te ama con amor eterno. Confía en él, deposita toda tu confianza en su cuidado amoroso. Pero además de eso, debes mostrar absoluta y total sumisión a su autoridad.
Nuestro problema no son las cosas que desconocemos, sino aquellas que, pese a conocerlas muy bien, no estamos dispuestos a obedecer. Hay muchas cosas que sabemos que Dios ha ordenado que se hagan, pero que son difíciles de aceptar, como la orden de quitar la piedra. Como Creador soberano, Dios tiene toda la autoridad y ha dado órdenes que deben cumplirse. ¿Vives una vida de total obediencia a lo que Dios ha ordenado? Dios espera que obedezcas y te sometas a su voluntad. No temas, porque todo lo que Dios manda es para nuestro bien. Debemos obedecerlo, porque es lo que más nos conviene.
Hace tiempo, una joven miembro de iglesia me dijo: «Pastor, tengo treinta y tres arios de edad, y durante más de doce años he esperado pacientemente encontrar un hombre digno para que sea mi esposo. He orado todos estos años para que Dios actuara, y nada ha sucedido. No puedo esperar más. Estoy decidida a aceptar lo que venga. Incluso a tener cualquier aventura amorosa fuera del matrimonio. Si Dios no actúa, actuare yo».
Es una experiencia difícil. Pero tomar esa decisión es lanzarse por el camino de la rebelión. Lo que el cristiano debe saber es que, independientemente de lo que Dios se "demore", es mejor esperar pacientemente la revelación de su voluntad.
Dile a Dios esta mañana: «Señor, haz lo que quieras con mi vida. Maneja las cosas conforme a tu voluntad. Me someto a tu autoridad. Tú me amas y estoy seguro de que obraras en mi favor».
Cuando Dios tarda en responder a nuestras peticiones, no solo debemos mostrar confianza en su amor, sino someternos a su autoridad. El no solo es el Salvador; es también el Señor, y sus seguidores deben reconocer su autoridad en todo.
Jesús ordeno que se quitase la piedra del sepulcro donde Lázaro había sido sepulta-do. Marta y María tenían razón. Los cuerpos se descomponen después de tanto tiempo en el sepulcro: «Señor, hiede ya, porque es de cuatro días» (Juan 11: 39). Pero Jesús había dado la orden, y ellas debían obedecer el mandato de su Señor. Este es un cuadro de sumisión y obediencia.
Cuando Dios guarda silencio y no contesta inmediatamente tus peticiones, recuerda que el te ama con amor eterno. Confía en él, deposita toda tu confianza en su cuidado amoroso. Pero además de eso, debes mostrar absoluta y total sumisión a su autoridad.
Nuestro problema no son las cosas que desconocemos, sino aquellas que, pese a conocerlas muy bien, no estamos dispuestos a obedecer. Hay muchas cosas que sabemos que Dios ha ordenado que se hagan, pero que son difíciles de aceptar, como la orden de quitar la piedra. Como Creador soberano, Dios tiene toda la autoridad y ha dado órdenes que deben cumplirse. ¿Vives una vida de total obediencia a lo que Dios ha ordenado? Dios espera que obedezcas y te sometas a su voluntad. No temas, porque todo lo que Dios manda es para nuestro bien. Debemos obedecerlo, porque es lo que más nos conviene.
Hace tiempo, una joven miembro de iglesia me dijo: «Pastor, tengo treinta y tres arios de edad, y durante más de doce años he esperado pacientemente encontrar un hombre digno para que sea mi esposo. He orado todos estos años para que Dios actuara, y nada ha sucedido. No puedo esperar más. Estoy decidida a aceptar lo que venga. Incluso a tener cualquier aventura amorosa fuera del matrimonio. Si Dios no actúa, actuare yo».
Es una experiencia difícil. Pero tomar esa decisión es lanzarse por el camino de la rebelión. Lo que el cristiano debe saber es que, independientemente de lo que Dios se "demore", es mejor esperar pacientemente la revelación de su voluntad.
Dile a Dios esta mañana: «Señor, haz lo que quieras con mi vida. Maneja las cosas conforme a tu voluntad. Me someto a tu autoridad. Tú me amas y estoy seguro de que obraras en mi favor».
Julio 3 Cuando Dios se demora, confía en su poder
Y Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto».
Juan 11:21
Hay una mezcla de fe y de reproche en estas palabras. Esto indica la clase de amistad que había entre Marta y sus hermanos con Jesús. Eran amigos queridos. Solo entre amigos cercanos se había de esta manera franca y sincera. Aunque Marta estaba de luto por la muerte de su hermano, todavía tenía fe en lo que Dios podía hacer y estaba dispuesta a seguir todas sus indicaciones.
Jesús le contesto con aquellas memorables palabras: «Tu hermano resucitara». La respuesta de Marta fue: «Yo se que resucitara en la resurrección, en el día postrero» (Juan 11: 24). Es una maravillosa declaración de fe. Es la más grande confesión que se encuentra en el Nuevo Testamento. Lázaro, hermano de Marta, había muerto. Había un lugar vacio en la casa. Habían esperado que Jesús viniera prontamente a resolver el problema que afrontaban. Vino, pero no tan rápido como esperaban. A pesar de su desesperación y del dolor que embargaba su corazón, Marta declare que seguía creyendo en el Hijo de Dios. Desde lo profundo de su dolor, demostró fe en el poder de Dios y fue grandemente recompensada.
En una escena dramática, Jesús elevo una oración sencilla, luego «clamo a gran voz: ¡Lázaro ven fuera!» (Juan 11:43). ¿Por qué clamo con voz fuerte? Para que la multitud presente pudiera escuchar. Y también por lo que dice R. G. Lee: «Jesús llamo a Lázaro por nombre, porque si solo hubiera dicho: "Ven fuera", el cementerio complete se habría quedado sin uno solo de todos los cuerpos alii sepultados». Este es el milagro más grande relatado en el Nuevo Testamento. Es una prueba absoluta de que Jesucristo tiene en su poder la vida y la muerte.
¿Cómo respondes cuando Dios se demora? Debes demostrar confianza en su amor, sumisión y obediencia a su autoridad, y fe en su poder. Decide hoy no dudar de lo que Dios ha prometido con toda claridad.
Dios ha hecho preciosas y grandísimas promesas a sus hijos. Procura conocer bien la Palabra de Dios. No permitas que la oscuridad de la duda nuble la luz que Dios te ha dado a través de su Palabra. No importa que Dios se demore cuando tú lo llamas. No importa que parezca no escuchar tus oraciones. No importa que haya momentos de perplejidad y confusión en tu vida. Confía en su poder. Dios tiene reservadas grandes sorpresas para sus hijos. Todas glorifican su nombre y son para el mayor bien tuyo y de los suyos.
Juan 11:21
Hay una mezcla de fe y de reproche en estas palabras. Esto indica la clase de amistad que había entre Marta y sus hermanos con Jesús. Eran amigos queridos. Solo entre amigos cercanos se había de esta manera franca y sincera. Aunque Marta estaba de luto por la muerte de su hermano, todavía tenía fe en lo que Dios podía hacer y estaba dispuesta a seguir todas sus indicaciones.
Jesús le contesto con aquellas memorables palabras: «Tu hermano resucitara». La respuesta de Marta fue: «Yo se que resucitara en la resurrección, en el día postrero» (Juan 11: 24). Es una maravillosa declaración de fe. Es la más grande confesión que se encuentra en el Nuevo Testamento. Lázaro, hermano de Marta, había muerto. Había un lugar vacio en la casa. Habían esperado que Jesús viniera prontamente a resolver el problema que afrontaban. Vino, pero no tan rápido como esperaban. A pesar de su desesperación y del dolor que embargaba su corazón, Marta declare que seguía creyendo en el Hijo de Dios. Desde lo profundo de su dolor, demostró fe en el poder de Dios y fue grandemente recompensada.
En una escena dramática, Jesús elevo una oración sencilla, luego «clamo a gran voz: ¡Lázaro ven fuera!» (Juan 11:43). ¿Por qué clamo con voz fuerte? Para que la multitud presente pudiera escuchar. Y también por lo que dice R. G. Lee: «Jesús llamo a Lázaro por nombre, porque si solo hubiera dicho: "Ven fuera", el cementerio complete se habría quedado sin uno solo de todos los cuerpos alii sepultados». Este es el milagro más grande relatado en el Nuevo Testamento. Es una prueba absoluta de que Jesucristo tiene en su poder la vida y la muerte.
¿Cómo respondes cuando Dios se demora? Debes demostrar confianza en su amor, sumisión y obediencia a su autoridad, y fe en su poder. Decide hoy no dudar de lo que Dios ha prometido con toda claridad.
Dios ha hecho preciosas y grandísimas promesas a sus hijos. Procura conocer bien la Palabra de Dios. No permitas que la oscuridad de la duda nuble la luz que Dios te ha dado a través de su Palabra. No importa que Dios se demore cuando tú lo llamas. No importa que parezca no escuchar tus oraciones. No importa que haya momentos de perplejidad y confusión en tu vida. Confía en su poder. Dios tiene reservadas grandes sorpresas para sus hijos. Todas glorifican su nombre y son para el mayor bien tuyo y de los suyos.
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