viernes, 12 de febrero de 2010

El Portero del Dispensario Médico



EL PORTERO DEL DISPENSARIO MÉDICO No había en el pueblo peor oficio que el de portero del dispensario médico. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio.

Un día se hizo cargo del dispensario un joven doctor con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio. Hizo cambios y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.
Al portero, le dijo: A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, me va a preparar un reporte semanal donde registrará la cantidad de personas que entran día por día y anotará sus comentarios y recomendaciones sobre el servicio.

El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero... - Me encantaría satisfacerlo, señor -balbuceó- pero yo... yo no sé leer ni escribir. - ¡Ah! ¡Cuánto lo siento! - Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida.

No lo dejó terminar... - Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted.

Le vamos a dar una indemnización para que tenga hasta que encuentre otra cosa.

Así que, lo siento. Que tenga suerte. Y sin más, se dio vuelta y se fue.

El hombre sintió que el mundo se derrumbaba.

Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. ¿Qué hacer?

Recordó que en el dispensario, cuando se rompía una silla o se arruinaba una mesa, él, con un martillo y clavos lograba hacer un arreglo sencillo y provisorio.

Pensó que ésta podría ser una ocupación transitoria hasta conseguir un empleo.

El problema es que sólo contaba con unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Usaría parte del dinero para comprar una caja de herramientas completa.

Como en el pueblo no había una ferretería, debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. ¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha.

A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. De inmediato su vecino llamó a la puerta de su casa... - Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme. - Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo... - Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano. - Está bien!.

A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta. - Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende? - No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula. - Hagamos un trato -dijo el vecino- Yo le pagaré los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece? Realmente, esto le daba trabajo por cuatro días, así que aceptó.

Volvió a montar su mula y fue al pueblo a comprar otro martillo. Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa. - Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo? - Sí... - Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días de viaje, más una pequeña ganancia. Yo no dispongo de tiempo para el viaje. El ex-portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue. "...No dispongo de cuatro días para ir a comprar", recordaba.

Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas. En el siguiente viaje arriesgó un poco más del dinero trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo de viajes. La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje.

Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes. Alquiló un galpón para almacenar las herramientas y algunas semanas después, con una vidriera, el galpón se transformó en la primera ferretería del pueblo.

Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, los fabricantes le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente. Con el tiempo, las comunidades cercanas preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.

Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no? Las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos... Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas.

Un día decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñaría, además de leer y escribir, las artes y oficios más prácticos de la época. En el acto de inauguración de la escuela, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad, lo abrazó y le dijo: - Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primer hoja del libro de actas de la nueva escuela. - El honor sería para mí -dijo el hombre-.

Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto. - ¿Usted? -dijo el Alcalde, que no alcanzaba a creerlo- ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir?. Estoy asombrado. Me pregunto, ¿qué hubiera sido de usted si hubiera sabido leer y escribir...? - Yo se lo puedo contestar -respondió el hombre con calma-. Si yo hubiera sabido leer y escribir... ¡Sería el portero del dispensario médico!

Generalmente los cambios son vistos como adversidades. Las adversidades encierran bendiciones. Las crisis están llenas de oportunidades. Cambiar siempre será la opción más segura.

El ideal de Dios para ti



Lecturas Devocionales para Adultos
El Manto de su Justicia
L. Eloy Wade C.

Febrero 12 El ideal de Dios para el hombre
Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios (Mateo 5: 8).


EL SER HUMANO ES MALO, por lo tanto, necesita justicia. El hombre está manchado por el mal, luego necesita limpieza del pecado. La raza humana es impura por causa del pecado, necesita santidad. Sin estas características nunca podremos estar en la presencia de Dios. Por eso el Señor lo dijo claramente: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados» (Mat. 5: 6). «Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie vera al Señor» (Heb. 12: 14). El ideal que Dios tiene para sus hijos lo constituye el mismo: «E1 blanco a alcanzarse es la piedad, la semejanza a Dios [...]. Tiene que alcanzar un objeto, lograr una norma que incluye todo lo bueno, puro y noble» (La educación, p. 16).

Para ser salvos necesitamos una justicia que no tenemos, porque somos seres naturalmente manchados por el mal. Surge en nuestra mente una pregun¬ta crucial: ¿Cómo podemos conseguir esta justicia? ¿Podremos obtenerla mediante nuestra fuerza de voluntad y nuestros esfuerzos personales?

Estamos acostumbrados a pensar que muchas cosas las podemos conse¬guir con la fuerza de voluntad. Conocemos el dicho popular: «El que quiere, puede». O, dicho de otra manera: «Querer es poder». ,Funciona esto en el mundo espiritual? ¿Podremos ser buenos si nos lo proponemos?

Es en esta coyuntura que se nos confunden las ideas. Pensamos que hacer el bien es lo mismo que ser buenos. Que si logramos hacer cosas buenas, entonces seremos buenos. Sabemos que el buen ciudadano es aquel que se comporta civilmente bien. Si pagas tus impuestos y no le haces mal a nadie, eres bueno. Si vas a la iglesia y cumples con sus normas y reglamentos, eres bueno. Pensamos que la bondad se mide con acciones. Solo basta un momento de reflexión para damos cuenta que hacer el bien no es lo mismo que ser buenos. Hay tantas personas que hacen cosas buenas, pero que están muy lejos de ser buenas. Podemos hacer el bien y tener motivos malos. El hacer no siempre corresponde al ser. El único que es bueno es Dios (Mat. 19: 17), por¬que en él, el ser y el hacer se corresponden absolutamente. ¿Podremos, nosotros seres humanos manchados por el mal, hacer lo bueno y ser buenos al mismo tiempo?

Curiosidades bíblicas y mucho mas.... “La mujer, en su perfección más grande, fue hecha para servir y obedecer al hombre…” Knox ...