sábado, 10 de octubre de 2009

Octubre 10 Arrojas piedras o das otra oportunidad


Ella dijo: «Ninguno, Señor». Entonces Jesús le dijo: «Ni yo te condeno; vete,
y no peques más». Juan 8: 11


«A mí me fallan una vez y ahí termina todo». Así se expresaba una dama hablan¬do de la posibilidad de que algún día su esposo le fallara. Ese espíritu de no dar una segunda oportunidad al que comete un error prevalece entre esposos, amigos, miembros de iglesia e instituciones. El lema es: «Si fallaste, no esperes más». Es un consuelo pensar que Dios no es así. Dios es el Dios de la segunda oportunidad.

Dios demostró en la cruz del Calvario el amor verdadero, que alcanza a quienes ya agotaron toda oportunidad y toda paciencia humana. El drama de la mujer sorpren¬dida en adulterio nos enseña una gran lección. ¿Cuál habría sido tu reacción ante la petición de aquellos celosos guardianes del "Manual de la Iglesia" de la época y de las normas morales establecidas? Jesús reaccionó con amor. Amor, no solo para la acusada, sino para los acusadores. Sabemos lo que hizo; los convenció de sus propios pecados para que meditaran. Los escribió en el polvo y solo ellos pudieron entenderlo. Inmediatamente expresó un principio básico que debe llamarnos a la reflexión, espe¬cialmente cuando nos convertimos en jueces de los que han cometido un error: «El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra» (Juan 8: 7).

Deberíamos tener cuidado, porque hay un principio psicológico bien establecido: «Solo notamos en los demás los errores que nosotros mismos cometemos». Por eso dijo el Señor que cuando juzgamos y condenamos a los demás, nos juzgamos y nos condenamos a nosotros mismos (Rom. 2: 1). No ignoremos esta terrible verdad. Las personas más críticas y que con más saña juzgan a los demás son las que, generalmente, son culpables de los mismos pecados que el acusado.

El hermano del hijo pródigo, que se incomodó porque a este se le dio una segunda opor-tunidad, hacía las mismas cosas que él. La diferencia es que las hacía dentro de la casa.

Ninguno de los acusadores de la mujer pudo hacer alarde de una vida sin pecado, por lo cual desaparecieron todos inmediatamente. Solamente quedó el único que podía lanzar la primera piedra, Jesús. Pero él rehusó condenar a la pecadora.

El ministerio de Jesús será siempre el de la segunda, la tercera, la enésima oportuni¬dad. Su política es dar todas las oportunidades que sean necesarias. No conserva una lista de errores. Su gran deseo es dar una segunda oportunidad para hacer lo recto a todo aquel que lo necesite y desee comenzar de nuevo. Concede hoy una segunda opor¬tunidad a todos los que lo necesiten y lo pidan.

viernes, 9 de octubre de 2009

Octubre 9 Forasteros en esta tierra

Forastero soy yo en la tierra; no encubras de mí tus mandamientos.
salmo 119: 19

Cuando repetimos las palabras del salmista «Forastero soy yo en la tierra», con¬fesamos que no vivimos aquí, que esta tierra no es nuestro lugar de residencia permanente, que no queremos establecernos aquí, que únicamente estamos de paso, que somos peregrinos. El ejemplo típico del peregrino creyente lo tenemos en los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob: «Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confe¬sando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra» (Heb. 11:13).

La verdadera patria del cristiano está en el cielo, como dice Pablo: «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Je¬sucristo» (Fil. 3: 20). Por eso nuestro versículo de hoy dice que el salmista se sentía «forastero en la tierra». Es decir, era, y se sentía, diferente. No vivía de acuerdo con el mundo. Marchaba el ritmo del "tambor" de Dios. Esta es una confesión de fe y con¬sagración completas, pues nuestro gran peligro es que nos asentemos en este mundo y aprendamos sus costumbres, sus métodos y su estilo de vida.

El gran peligro, y la gran tragedia, es que los cristianos dejen de ser peregrinos y se acomoden en el mundo, que ya no haya ninguna diferencia entre ellos, que son ciuda¬danos del reino de Dios, y la gente que es ciudadana del mundo. La tragedia se consu¬ma cuando llegan a «amar al mundo». Por eso advirtió Juan: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Juan 2: 15). Es la gran tragedia de los cristianos de todos los tiempos: Amar al mundo y las cosas que están en el mundo.

Sería bueno analizarnos a nosotros mismos. ¿Será que amamos al mundo más que a Dios? ¿Qué es amar al mundo? O, mejor, hagámonos las preguntas opuestas: ¿Qué signifi¬ca amar a Dios? ¿Qué significa ser forastero? Ni el espacio ni el tiempo alcanzan para medi¬tar todo lo que podríamos meditar, ni para consignar todas las conclusiones que saquemos. La respuesta a estas preguntas corresponde a la esfera íntima y personal. Solo tú puedes saber si amas al mundo y si eres enemigo de Dios. Solo yo puedo saber si soy un peregrino, un forastero, al estilo de Abraham, Isaac, Jacob y David.

No descartamos los peligros de la peregrinación, por supuesto. Recuerda que Dios te explicará a su debido tiempo las injusticias que padeciste en tu peregrinación. Entre¬tanto, te da fortaleza para cada día, y paciencia en el sufrimiento.

jueves, 8 de octubre de 2009

Octubre 8 El propósito de Dios en el presente


Y dijeron a Moisés: «¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado
para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros,
que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto
diciendo: "Déjanos servir a los egipcios"? Porque mejor nos fuera servir
a los Egipcios, que morir nosotros en el desierto». Y Moisés dijo al pueblo:
«No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros;
porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis».
éxodo 14: 11-13

Seguramente en algún momento habrás deseado volver a una época de tu vida en la que te sentías completamente feliz, posiblemente a tu infancia. Quizá seas de las personas que se quejan de su situación y de sus condiciones de vida actuales, así como de las cosas que las rodean. Si lo haces, nadie creerá que es por gusto o por rebelión, sino porque crees que aquellos tiempos eran mejores. Tal vez razones: «Me gustaría que el tiempo corriese al revés y volver a vivir aquel momento inolvidable de mi vida».

Pero no era esa la razón por la cual el pueblo de Israel murmuró tantas veces contra Dios y contra Moisés. La razón era su rebelión y su maldad. Diez veces se rebelaron contra el Señor y contra Moisés. Y las diez lo hicieron sin razón. La murmuración que se menciona en nuestro texto de hoy es la primera; por eso Moisés les habló como lo hizo. Pero, con posterioridad, volvieron a rebelarse y a murmurar de forma insensata muchas más veces. Tantas, que Dios dijo: «¿Hasta cuándo oiré a esta depravada multi¬tud que murmura contra mí? Diles: Vivo yo, dice el Eterno, que según habéis hablado a mis oídos, así haré con vosotros. En este desierto caerán vuestros cuerpos» (Núm. 14: 27). En una de esas ocasiones, Moisés llegó a expresar este deseo a Dios: «Yo solo no puedo soportar a todo este pueblo, que es pesado en demasía.

Si así me vas a tratar, te ruego que me des muerte, si he hallado gracia en tus ojos, para que yo no vea mi mal» (Núm. 11:14,15).

Las quejas de Israel en la experiencia de los años del éxodo, en el desierto, no eran como las quejas de quienes recuerdan días mejores y quisieran volver a ellos. Eran quejas de un pueblo malo, perverso y depravado. Así son algunas de las quejas de la iglesia en la actualidad contra Dios y contra los dirigentes. Hay dirigentes que han llorado como Moisés, dirigentes que también pidieron a Dios que mejor les quitara la vida, porque la carga de administrar al pueblo de Dios les era pesada en demasía.

¿Te has quejado contra Dios y contra tus dirigentes últimamente?

Octubre 7 Escuchar, la virtud más grande



Y dijo Eli a Samuel: «Ve y acuéstate; y si te llamare, dirás: "Habla, Jehová, porque tu siervo oye"». Así se fue Samuel, y se acostó en su lugar. 1 Samuel 3:9

Una de las virtudes más importantes del cristiano es el don de escuchar. Nues¬tra misma adoración solo es completa y reverente si Dios nos habla a cada uno de nosotros y nosotros escuchamos su voz. Por eso en muchos pasajes bíblicos se habla de la importancia de oír bien.

El mismo Señor Jesús terminaba muchas de sus parábolas con esta importante expresión: «El que tiene oído para oír, oiga». Oír bien implica la habilidad para reconocer la voz del Espíritu Santo y para responder a ella.

Oír la voz de Dios se considera como el nivel más alto de espiritualidad que pode¬mos alcanzar. Hay dos razones por las cuales Dios tiene mucha dificultad para comu¬nicarse con nosotros, es decir, para hacerse oír. La primera es nuestra incapacidad para comprender y obedecer sus consejos. Muchas veces creemos que Dios se ha olvidado de nosotros, pero lo cierto es que no hay momento en el cual Dios haya dejado de hablar. Lo que ocurre es que nosotros no hemos escuchado la enorme cantidad de veces que Dios ha procurado comunicarse con nosotros.

La segunda razón por la cual Dios tiene dificultades para comunicase con nosotros es que hay pecado en nuestra vida. Es la consecuencia de no caminar como hijos de luz. Consideremos objetivamente estas preguntas: ¿Qué concepto tienen los demás de no-sotros? ¿Qué testimonio damos cada día? Al observar nuestra vida y comportamiento, ¿podrían los demás creernos si les dijéramos que Dios nos ha hablado? Por desgracia, muchas veces nos apartamos del camino de la luz y, en esas circunstancias, Dios no puede hablarnos; nosotros no podemos escuchar su voz, y los demás no pueden creer que Dios nos haya hablado.

Preguntémonos, por ejemplo: ¿Por qué habló Dios a Samuel y no a Eli? ¿Habrá una lección para nosotros aquí? Samuel era un niño; Eli era el sumo sacerdote. La lección es el carácter. El precio por escuchar la voz de Dios es alto, porque demanda que nuestro carácter esté en armonía con el carácter de Dios. A lo largo de la historia, el Señor ha escogido a hombres y mujeres a quienes ha concedido el privilegio de escuchar su voz.

Dios anhela hoy que sus hijos caminen de acuerdo a su voluntad. Dios busca ado¬radores a quienes pueda hablarles y que puedan escuchar su voz. Medita en este texto: «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones» (Heb. 3: 15).

Octubre 6 El silencio es mejor


Nunca respondas al necio de acuerdo con su necedad, para que no seas tú
también como él. Proverbios 26: 4

Muchas veces los necios son molestos simplemente porque hablan demasiado. Otros lo son porque ofenden. Así lo ilustra esta historia que cuenta el Dr. Ben Carson, famoso neurocirujano adventista:
«Cuando estaba en cirugía general tuve un conflicto con uno de los jefes de residencia. Parecía no poder aceptar tener un negro en el Johns Hopkins. Nunca dijo nada directamente, pero siempre me lanzaba indirectas, me ignoraba, y a veces era completamente descortés.
»Una vez afloró el conflicto:
»—¿Por qué tenemos que sacarle sangre a este paciente? Todavía tenemos...
»—Porque yo lo digo —fue la tosca respuesta.
«Varias veces ese día, cuando le preguntaba algo, especialmente si comenzaba con "por qué", obtenía la misma brusca respuesta. Al final de la tarde [...] me atacó.
»—Tú realmente piensas que eres alguien porque tuviste una aceptación rápida en el departamento de neurocirugía, ¿verdad? Todos se la pasan hablando de cuan bueno eres, pero yo no creo que seas gran cosa. De hecho, pienso que eres pésimo. Y quiero que sepas, Carson, que puedo hacer que te echen de neurocirugía ahora mismo —y así continuó despotricando durante varios minutos.
»Yo solo lo miraba a los ojos y no decía nada. Cuando finalmente se detuvo, le pregunté con la voz más calma posible:
»—¿Ya terminó?
»-Sí.
»—Excelente —respondí tranquilamente».

El consejo del sabio es muy oportuno. No hablar es la actitud más segura que existe en todos los círculos humanos. Una señorita muy distinguida por su prudencia y discre¬ción decía: «Muchas veces me he arrepentido de haber hablado, pero de haber callado, nunca». He ahí una gran verdad. Sobre todo, no respondamos a las injurias y las ofensas. El mayor reproche para el necio es no ponerse a su altura. Contestarle es honrarlo, distin¬guirlo, alentarlo a que sea más necio. No decirle nada es un reproche que hasta el necio puede entender. Seamos prudentes hoy. Usemos el oro del silencio como una actitud llena de gracia ante todos aquellos con quienes nos relacionemos. Digamos, como Amado Nervo, «Humilde y silencioso ve por la vida, hijo. Humilde y silencioso como un rayo de luna. Que tu sonrisa sea respuesta, objeción, comentario, advertencia y misterio».

lunes, 5 de octubre de 2009

Octubre 5 Habla menos y escucha más



Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar,
tardo para airarse. Santiago 1:19


Hablar menos y escuchar más supone muchas ventajas. Hablar demasiado pro¬duce complicaciones y problemas en las relaciones con los demás. En cambio, escuchar es causa de grandes bendiciones.
¿Has pensado cómo fue que llegaste a conocer y a amar a Dios? Llegaste a amarlo por escuchar su Palabra. El apóstol Pablo lo confirma cuando dice: «Así que la fe es por el oír y el oír por la Palabra de Dios» (Rom. 10:17). Escuchar hace que uno llegue a amar. Si aprendemos a escuchar, no solo llegaremos a conocer mejor a nuestros hermanos, hijos y cónyuge, sino que llegaremos a amarlos más. El amor de Dios no solo consiste en darnos su Palabra, sino también en darnos el don del oído para que lo usemos en el ministerio de escuchar a nuestros hermanos. La mayor bendición está en hablar menos y escuchar más. Muchos miembros de la iglesia, especialmente los predicadores, a menudo se equivocan al pensar que deben tener siempre algo que decir cuando se encuentran con otras personas, y que es el único servicio que deben prestar. Olvidan que escuchar es un servicio más grande y noble que hablar.
Muchas personas están buscando oídos que estén dispuestos a escucharlos. He co-nocido esposas desesperadas porque sus esposos no quieren escucharlas. Dicen: «Lo único que deseo es que alguien me escuche». Hay hijos que no estarían hoy donde están si sus padres los hubieran escuchado. Hay miembros de iglesia que desean ser escu¬chados, pero no encuentran un oído atento entre sus hermanos, porque los cristianos tienden a hablar cuando deberían estar escuchando.
Aquellos que no pueden escuchar a su hermano, muy pronto dejarán de escuchar a Dios, porque incluso a Dios le hablan constantemente. A Dios debemos escucharlo hablarnos. Cuando termines de orar, no salgas a la carrera a continuar con el tráfago de la vida. Queda un tiempo en silencio. Deja que el Espíritu Santo hable a tu alma. No será audible, pero escucharás su voz.
¡Qué significativas son las palabras de nuestro texto de hoy! Son como un man¬dato, como una norma: «Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar». Los cristianos verdaderos hablan menos y escuchan más porque no están centrados en ellos mismos, sino en los demás. Hablar es ser uno mismo. Escuchar es dejar ser a los demás. Hablamos para mostrar algo de nosotros. Escuchamos para dejar que los demás digan algo de ellos. Sigamos hoy el consejo de Dios.

domingo, 4 de octubre de 2009

Octubre 4 ¿Porqué Egipto y no Belén?


Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: «Levántate y toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y permanece allí hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo». mateo 2: 13

El recorrido de Belén hasta Egipto supuso varios días de penosa marcha. Fueron muchos los kilómetros que tuvieron que caminar para llegar al sitio señalado por Dios. El Señor podría haberlos protegido sin hacer el largo y agotador viaje. Dios podría haber evitado en Belén que la mano asesina de Herodes alcanzara a su Hijo y lo matara antes de tiempo.
Al leer la historia de la huida de José y María junto con el niño Jesús a Egipto, se suscitan algunos interrogantes: ¿Podía Dios haber salvado la vida del niño en Belén? ¿Podría haberlo defendido de las intenciones malignas de Herodes, sin necesidad de realizar un viaje tan penoso? Claro que sí. Dios es más poderoso que cualquier ame¬naza terrenal. Las más poderosas armas son como briznas de paja delante de él. No hay nada que él no pueda hacer. Con su poder, las murallas de Jericó cayeron como telarañas. Y cuando quiere proteger a los suyos, las telarañas son como murallas. No necesitamos preguntar lo que Dios puede hacer o podría hacer, sino lo que realmente desea hacer. Creo que Dios deseaba que Jesús fuera a Egipto por varias razones:
• Deseaba mostrar que, desde el mismo comienzo, la senda que Jesús recorrería sería una senda de persecución.
• Quería enseñar que podía proteger a su Hijo y que nada le sucedería, a menos que él lo permitiera.
• Jesús tenía que vivir en Egipto porque Dios quería mostrar que allí donde su pueblo había vivido centenares de años antes, en esclavitud y adversidad, el Rey del cielo viviría para mostrar su solidaridad con su pueblo. Quería enseñar que, al igual que su pueblo, él también experimentaría el dolor y el sufrimiento en tierra extranjera. Quería tener la misma experiencia para mostrar que se identifica en todo con los suyos. Estaba dispuesto a vivir la historia de su pueblo en su propio cuerpo. La huida a Egipto no se debió a una ciega casualidad, sino al cumplimiento de una profecía y de un plan divino. ¿Qué mensaje nos deja todo esto a nosotros hoy? Dios desea que entendamos que él es uno con su pueblo, tanto en su sufrimiento como en el gozo. Él está con su pueblo, se mueve con él, viaja con los suyos en la peregrinación del Egipto de este mundo a la Canaán celestial.

Curiosidades bíblicas y mucho mas.... “La mujer, en su perfección más grande, fue hecha para servir y obedecer al hombre…” Knox ...