martes, 27 de octubre de 2009

Octubre 27 Jesús no acepta rivales


Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.
Lucas 14:26

La declaración de Jesús produjo un tremendo impacto en sus oyentes. Joseph Ernest Nan, escritor del siglo XDC, autor del libro blasfemo La vida de Jesús, aprovechó este to para declarar que Jesús estaba pisoteando todo lo que es humano: sangre, amor y patria; despreciando el límite saludable del hombre natural; aboliendo toda atadura natu¬ral. Se esforzó por hacer aparecer a Jesús como carente de compasión y sentimientos nobles. A la luz de todo el Nuevo Testamento, Jesús no estaba demandando odio. No puede orde¬nar en sus mandamientos que debemos amar y honrar a nuestros padres y, a la vez, exigirnos que los odiemos. No podía ordenar amar a la esposa con un amor como el de Cristo, y luego aconsejar odiarla. Quien tomó a los niños en sus brazos y los bendijo, no podía aconsejar abo¬rrecerlos. El que ordenó reconciliarse con los hermanos, jamás nos pediría dejar de amarlos. No hay lugar en ninguna de las enseñanzas de Jesús para odiar literalmente a na-die. ¿Qué quiso decir Jesús, entonces, con la palabra "aborrecer"? Lo que Jesús pide es lealtad indivisible, amarlo a él de forma suprema, por nuestro propio bien. Si Jesús es el verdadero Señor, la única respuesta válida a su soberanía es la sumisión. Cuando Jesús no tiene rivales en nuestra vida, entonces lo amamos a él primero. Su amor brota de nuestro corazón y alcanza a nuestra familia, nuestros amigos e incluso a nuestros enemigos.

Podemos y debemos amar a nuestros padres y a nuestro cónyuge. Debemos gozarnos en su amorosa relación, pero no pueden ser rivales del Señor Jesús. Podemos tener hijos y gozar-nos en su amorosa confianza, pero no pueden ser rivales de Jesús. Podemos tener hermanos y hermanas y gozarnos en el amor fraternal, pero no pueden ser rivales del Señor Jesús. Pode¬mos tener deseos, aspiraciones, recreaciones; pero nada debiera interponerse entre nosotros y Jesucristo. Él debe tener la preeminencia en todo (Col. 1:18). Debemos darle el primer lugar en nuestra vida. El discipulado demanda que Jesús reine sin rivales en nuestro corazón, que tenga preeminencia en nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos. Que nuestra oración sea la de Paul Gerhard:

Jesús, tu ilimitado amor por mí ningún pensamiento puede alcanzar, ninguna lengua declarar. Mi corazón completo es para ti. Reina sin rival allí.

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