Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio. Filipenses 1:12
Poderoso caballero es don Dinero», decía con mucho ingenio el gran literato español Francisco de Quevedo. Otros dichos no tan literarios señalan que «el dinero habla» o que «el que tiene oro manda». Después de la crucifixión de Jesús, hubo una discusión acerca de dónde habría que sepultar su cuerpo. Al respecto, el profeta Isaías decía: «Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca» (Isaías 53: 9). Las cosas sucedieron exactamente como fueron predichas.
En cumplimiento de la profecía, un hombre de mucha influencia, llamado José de Arimatea, se presentó ante Pilato para solicitar el cuerpo de Jesús. Su influencia y re-lación con el prefecto le valieron para lograr lo solicitado, y José colocó el cuerpo sin vida en un sepulcro tallado en la roca para una persona de mucho dinero.
José era una persona muy respetada, miembro del sanedrín, hombre de carácter y muy distinguido. Su posición influyente fue de gran bendición para el cumplimiento de los propósitos divinos. ¡De cuánta bendición son el dinero, la posición social, el presti¬gio y la fama cuando son puestos en las manos de Dios para el progreso de su causa!
Independientemente de nuestra posición social, de nuestra formación o de nues¬tras posibilidades económicas, todos podemos ser influyentes. Conocí a una humilde hermana, llamada Francisca, que era la cocinera del presidente de la República de El Salvador en la década de 1970. Aunque no tenía el dinero de José de Arimatea, era rica en fe. En varias ocasiones llevó al señor presidente y a su esposa a cultos de la iglesia. Lo que nunca pudieron hacer otras personas con ventajas materiales lo hizo esta fiel cocinera.
La Biblia dice que Dios desea que sus hijos sean cabeza y no cola. Dios desea que ejerzamos una poderosa influencia en el lugar donde nos encontremos. Si tenemos lo que tenía José de Arimatea, ¡alabado sea Dios!; si no, podemos hacer como el José del Antiguo Testamento, que aun siendo esclavo influyó en Potifar.
¿Ha servido tu prosperidad para el avance del evangelio? ¿Has usado tus dones y talentos para influir en aquellos que te rodean?
Ora hoy y dile al Señor: «Ayúdame a ejercer una influencia positiva con lo que soy y con lo que tengo —mi lugar de trabajo, mi ciudad, mi país— para el bien del evangelio».
Conocimiento, Sabiduría y Ciencia, dones del Señor para cada uno de nosotros. Demandémoslas de Dios, quien es generoso en suplir.
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