
Lecturas Devocionales para Adultos
El Manto de su Justicia
L. Eloy Wade C.
Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara
A ustedes por media de nosotros: «En nombre de Cristo les rogamos
Que se reconcilien con Dios» (2 Corintios 5:20).
ALGUIEN PODRIA CONCLUIR que puesto que Cristo reconcilio a Dios con el mundo entero, todo el mundo se va salvar. Si ya Dios puso los pe¬cados del mundo sobre Cristo y lo condeno como pecador en lugar de la raza humana, entonces todos los seres humanos se va a salvar. Lamentablemente, no. ¡Como quisiéramos que fuera así!
Mencione que la reconciliación es una palabra teológica que viene del mundo de las relaciones humanas. Imagine que un vecino suyo cometió una falta grave contra usted, por la cual ambos se enemistaron. Poco después, usted piensa en el incidente y lo que significa, y decide ir a su ofensor y decirle: «Quiero decirte que no tengo nada contra ti; estoy en paz contigo y deseo que nos reconciliemos*. Su vecino lo mira a los ojos, y le contesta: «Tu estarás en paz conmigo, pero yo no; tu querrás mi amistad, pero yo no quiero la tuya». ¿Piensa usted que se reconcilio con su vecino? Claro que no. Por más que se haya reconciliado con él, todavía falta que él se reconcilie con usted para que la reconciliación sea efectiva.
Lo mismo sucede con Dios. El se reconcilio con nosotros, pero es necesario que nosotros aceptemos esa reconciliación y nos reconciliemos con él. Si el ser humano no acepta la oferta divina, no hay reconciliación. Si no aceptamos el ofrecimiento de paz que Dios nos hace, la muerte de Cristo no será efec¬tiva en nosotros. Para que la reconciliación divina sea una realidad, es necesario que ambas partes acepten las premisas de la reconciliación. Para fines de la salvación, no es suficiente que Dios se reconcilie con nosotros; todavía nos incumbe aceptar su oferta y reconciliarnos con él. La salvación será efectiva so¬lo en quienes acepten el ofrecimiento divino.
La reconciliación divina también requiere que haya personas que lleven este ofrecimiento a los que no saben que Dios se ha reconciliado con ellos. Pa¬blo dice que «somos embajadores en el nombre de Cristo», por lo tanto debemos decir a otros que Dios no es nuestro enemigo; debemos presentarles su oferta de paz y reconciliación.
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