
Lecturas Devocionales para Adultos
El Manto de su Justicia
L. Eloy Wade C.
Febrero 22 La fe es un don de Dios
Para el que cree, todo es posible (Marcos 9:23).
NO SE DEBE poner merito en la fe, ya que distorsiona el mensaje del evangelio. Hace que la salvación se base en el merito propio, no en los meritos de Cristo. Es verdad que debemos tener fe, pero esta no debe nunca considerarse un merito.
Digamos que hay una persona que se está ahogando en un rio. Nadie la puede sacar. Lucha desesperadamente por mantenerse a flote, pero es imposible. Cuando está a punto de perder el conocimiento, alguien le extiende una rama para que se aferre a ella. La persona se aferra desesperadamente a la ra¬ma. La llevan a la orilla y le dan los primeros auxilios. Cuando ya esta recuperada, imagínense que exclama: «¡Que bueno soy, porque me aferre de la ra¬ma! ». Eso sería inaudito. Se supone que el merito es de la persona que le arrojo la rama. Así sucede con la concepción de la fe como merito. El merito es de Cristo que nos salvo, no de nosotros que tenemos fe en el. La señora Elena G. de White dijo: «La fe es rendir a Dios las facultades intelectuales, entregarle la mente y la voluntad, y hacer de Cristo la única puerta para entrar en el reino de los cielos* (Fe y obras, p. 24).
Otra consideración que prohíbe que consideremos la fe como un merito es el hecho de que la fe es un don de Dios. Nosotros no tenemos fe por noso¬tros mismos, es decir, no producimos la fe. La recibimos de Dios. Dice el apóstol: «Nadie tenga un concepto de si más alto que el que debe tener, [...] según la medida de fe que Dios le haya dado» (Rom. 12: 3). A todos los seres humanos Dios no ha dado la capacidad de creer. Todos tenemos una medida de fe, es decir, podemos creer. Este don, como todos los dones que Dios da, puede usarse para bien o para mal. Al usar el don de la fe para el bien, el don se fortalece. Así desarrollamos la capacidad de creer en Dios. Esto es lo que quiere decir que Dios aumenta nuestra fe. Pero enorgullecernos de que tenemos fe y atribuirle un valor meritorio, es distorsionar el evangelio de Cristo.
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