martes, 17 de noviembre de 2009

Noviembre 17 ¿Cabeza o Cola?

Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio. Filipenses 1:12

Poderoso caballero es don Dinero», decía con mucho ingenio el gran literato español Francisco de Quevedo. Otros dichos no tan literarios señalan que «el dinero habla» o que «el que tiene oro manda». Después de la crucifixión de Jesús, hubo una discusión acerca de dónde habría que sepultar su cuerpo. Al respecto, el profeta Isaías decía: «Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca» (Isaías 53: 9). Las cosas sucedieron exactamente como fueron predichas.

En cumplimiento de la profecía, un hombre de mucha influencia, llamado José de Arimatea, se presentó ante Pilato para solicitar el cuerpo de Jesús. Su influencia y re-lación con el prefecto le valieron para lograr lo solicitado, y José colocó el cuerpo sin vida en un sepulcro tallado en la roca para una persona de mucho dinero.

José era una persona muy respetada, miembro del sanedrín, hombre de carácter y muy distinguido. Su posición influyente fue de gran bendición para el cumplimiento de los propósitos divinos. ¡De cuánta bendición son el dinero, la posición social, el presti¬gio y la fama cuando son puestos en las manos de Dios para el progreso de su causa!

Independientemente de nuestra posición social, de nuestra formación o de nues¬tras posibilidades económicas, todos podemos ser influyentes. Conocí a una humilde hermana, llamada Francisca, que era la cocinera del presidente de la República de El Salvador en la década de 1970. Aunque no tenía el dinero de José de Arimatea, era rica en fe. En varias ocasiones llevó al señor presidente y a su esposa a cultos de la iglesia. Lo que nunca pudieron hacer otras personas con ventajas materiales lo hizo esta fiel cocinera.

La Biblia dice que Dios desea que sus hijos sean cabeza y no cola. Dios desea que ejerzamos una poderosa influencia en el lugar donde nos encontremos. Si tenemos lo que tenía José de Arimatea, ¡alabado sea Dios!; si no, podemos hacer como el José del Antiguo Testamento, que aun siendo esclavo influyó en Potifar.

¿Ha servido tu prosperidad para el avance del evangelio? ¿Has usado tus dones y talentos para influir en aquellos que te rodean?

Ora hoy y dile al Señor: «Ayúdame a ejercer una influencia positiva con lo que soy y con lo que tengo —mi lugar de trabajo, mi ciudad, mi país— para el bien del evangelio».

lunes, 16 de noviembre de 2009

Noviembre 16 Un ruego Urgente

Y el Señor haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros.
1 tesalonicenses 3:12


Cuando el apóstol Pablo oraba de esta manera, elevaba un ruego urgente desde lo más profundo de su corazón. ¿Cuál era la razón de esta súplica? ¿Por qué pedía en oración que el amor creciera en el corazón de los cre¬yentes? ¿Qué era lo que estaba en juego? Estaba en juego la demostración de la realidad del poder de Dios en la vida de sus hijos. Jesús describió el impacto que el amor mostrado por su iglesia tiene ante el mundo. Lo hizo con las siguientes palabras: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13: 35).

La marca pública indispensable de un creyente es el amor. Jesús da por sentado que el mundo observa a sus seguidores y que emite un juicio sobre ellos. En los día« del Imperio romano, los creyentes de los primeros siglos ejercieron una poderosa in-> fluencia en cuantos los observaban. Cuando, por su fidelidad a Dios, eran llevados al circo para ser despedazados por las fieras, la multitud que se había congregado para disfrutar de tan cruel espectáculo viendo correr la sangre inocente, quedaba perpleja por lo que sus ojos contemplaban. Entre los sentenciados a muerte se encontraban hombres y mujeres, adultos y niños, jóvenes y ancianos. En el momento en que salían los leones, los cristianos más fuertes corrían hacia los más débiles para protegerlos. Tal muestra de amor silenciaba a muchos, que exclamaban «¡Mirad cómo se aman!» Esa demostración de amor cambió la vida de muchos habitantes del Imperio, que llegaron a ser cristianos.

Justino, uno de los primeros apologistas cristianos, finalmente martirizado hacia el año 165, describió a los creyentes de sus días de la siguiente manera: «Nosotros, que nos aborrecíamos unos a otros, ahora, desde la venida de Cristo, vivimos en familia con ellos, y oramos por nuestros enemigos y procuramos persuadir a los que nos aborrecen injustamente a que vivan en conformidad a los buenos preceptos de Cristo».

Crecer en el amor, indiscutiblemente, lleva a la iglesia a crecer en la evangelización, el cuidado pastoral, el matrimonio y en las relaciones con otras personas, aun con los que se discrepa.

Ora hoy al Señor para que su amor crezca más y más en tu corazón, para que su amor se muestre en tu vida como se muestra en el cielo.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Noviembre 15 Se perseverante

¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?
    ¿Se tardará en responderles? Lucas 18: 7


No insista! Deje de presionar a Dios. Preséntele una sola vez sus peticiones y deje que él responda». Así se expresaba un predicador en un sermón que escuché en cierta ocasión. Sin embargo, en la parábola de la viuda y el juez injusto, Jesús habla de la necesidad de orar siempre y no desmayar.


 

¿Le causa a Dios alguna molestia que seamos perseverantes en nuestros ruegos? ¿Debemos insistir a la hora de buscar lo que deseamos recibir? Jesús responde de la siguiente manera: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá» (Mat. 7: 7). Parece que está claro que Jesús tenía en mente que hay que ser insistentes en el proceso de la oración. Desgraciadamente, hay cristianos bienintencionados que pueden perder fantásticas oportunidades y bendiciones en la vida por el solo hecho de adoptar un papel completamente pasivo en su vida de oración. Muchos creyentes le piden algo a Dios una o dos veces nada más, y luego se sientan y se olvidan completamente del asunto.


 

Hay un elemento vital en la oración que la mayoría de las personas pasan por alto, y es el de la perseverancia. Aunque no "pase" nada, y aunque parezca que Dios tarda en responder, hay que perseverar. Debemos ser perseverantes al orar. ¿Sabías que una de las mayores vetas de oro jamás descubierta en los Estados Unidos se encontró a un escaso metro de donde mineros anteriores habían dejado de excavar? A menudo, los cristianos experimentan el mismo problema: la mayor de las bendiciones de Dios se encuentra un poquito más allá de donde nos rendimos, apenas un poco más allá de donde estamos dispuestos a ir.


 

He tenido la experiencia de orar durante doce años por un problema. Hubo momentos en que me sentí decepcionado. Estaba seguro de que lo que le pedía a Dios en oración era correcto, y estaba convencido de que él habría de responder inmediatamente. No sé por qué demoró tanto tiempo en dar respuesta a mi petición, pero finalmente la bendición llegó: la persona por quien oraba fue liberada de su alcoholismo.


 

Recuerda esta mañana, y a lo largo de todo el día, que Dios siempre está en el proceso de contestar la oración. Insiste en la oración. Al fin y al cabo, si tienes que esperar, siempre será una bendición, porque la oración es el alimento para la vida del Señor Jesucristo dentro de ti.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Noviembre 13 ¿Que hacemos de más?



Y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.
mateo 5: 41


Las personas que rodeaban a Jesús y escucharon estas palabras por primera vez se quedaron perplejas con su enseñanza. Su primera reacción fue pensar que el Maestro recurría al sarcasmo para presentar después alguna aplicación pro¬funda de aquel sorprendente concepto. Otros creyeron que, sencillamente, bromeaba cuando pedía a sus seguidores que no solamente llevasen la carga a lo largo de una milla, sino que hicieran de buena gana otra milla adicional.

En los días de Jesús, los romanos tenían una costumbre que ya practicaban los persas medio milenio antes. La práctica en cuestión consistía en que los militares vencedores tenían ciertas prerrogativas sobre los ciudadanos de las naciones cuyos ejércitos habían sucumbido ante el poderío del vencedor. Así, cualquier soldado ro¬mano podía exigir de un judío varón, viejo o joven, que le llevara su carga por una milla. Esto causaba incomodidad y resentimiento hacia los romanos, y las personas así obligadas jamás daban un solo paso más de lo que la ley de conquista les exigía. Por esa razón precisamente, las palabras de Jesús no fueron bien recibidas por los que las escuchaban.

Al pedir que andemos la segunda milla, Jesús trata de enseñar un principio vital de su reino. Jesús está diciendo que cualquier gentil o persona no salvada puede ir una milla. «Porque si amáis a los que os aman ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen lo mismo los publícanos?» (Mat. 5:46).

La primera "milla" es amar a aquellos que nos aman. La segunda "milla" es amar a aquellos que no nos aman. Debemos recordar siempre que la vida es vivida en tres niveles: el nivel infernal es retornar mal por bien; el nivel humano es retornar bien por bien y mal por mal; el nivel celestial es retornar bien por mal.

Considera hoy el importante mensaje de Jesús sobre la segunda milla. Él te pide que hagas más de lo que se requiere. Practica hoy la ley de la segunda milla. No esperes que vengan a pedirte perdón por la ofensa que te hicieron; acude tú a quien te agravió. No termines tu jornada de trabajo de ocho horas cuando el reloj marque la hora de salida; quédate un momento más para ayudar a quien esté en apuros con su tarea. Sonríe al que te pone mala cara. Alaba a quien te maldice; hable bien del que te critica.

Hoy es buen día para andar la segunda milla.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Noviembre 12 ¿Por qué tengo enemigos?

Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre. Lucas 21:17

Cuando Jesús dijo: «Amad a vuestros enemigos», dio por sentado que todos tenemos uno o más enemigos. Lamentablemente, es posible que muchos de nuestros enemigos, o tal vez todos ellos, sean de nuestra misma comunidad de fe. Esto no ha cambiado desde los tiempos de Jesús pues la persecución que enfrenta cada uno de nosotros frecuentemente proviene de aquellos que profesan creer en Dios.


 

Es doloroso pensar que nuestros enemigos sean los mismos de dentro, nuestros hermanos en la fe. ¿Por qué sucede esto? El origen de esta enemistad puede ser explicado por cosas tales como las incompatibilidades de carácter, cosa que alguien ha comparado con la incompatibilidad entre grupos sanguíneos. Lo cierto es que podemos caer mal a otras personas por el sencillo hecho de no pensar como ellas.


 

Puede ser que esas personas estén molestas por las bendiciones que el Señor te ha dado y por el buen lugar en el que Dios te tiene en este momento. Tal vez los demás no acepten que ganes un buen sueldo y que ocupes un lugar prestigioso. Otros quizá tengan envidia de algunos de los talentos que posees. Quizá los celos provengan de que tus superiores tengan buena opinión de ti.


 

Siempre habrá en este mundo algunas personas que te mirarán mal y que estarán molestas por el lugar donde Dios te tiene. Nunca faltarán aquellos que estén celosos y procuren tu mal.


 

Si gozas de buena reputación, no dudes que faltarán aquellos que procuren dañar tu imagen. Desgraciadamente, tus enemigos nunca entenderán que, en realidad, no es que estén molestos contigo, sino con Dios.


 

La razón principal por la que tú y yo tenemos uno o más enemigos es porque es la voluntad de Dios. ¿Por qué? Porque eso es precisamente lo que necesitamos. Cuando tenemos enemigos, podemos humillarnos y arrepentimos al observar su carácter, porque nuestros enemigos son un reflejo de lo que somos. Los enemigos nos demuestran cómo somos nosotros también en realidad. Por ello, nunca debemos enojarnos con nuestros enemigos, porque pueden ser el instrumento de Dios para cambiar y tocar nuestro corazón para cambiar.


 

Que tu oración de hoy sea: «Señor, ayúdame a perdonar a mis enemigos, y permítame abrir mis ojos para ver lo que está mal en mí y ser una persona que suponga una bendición para los demás».

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Noviembre 11 ¿Que obedecemos?



Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Mateo 5: 16

Escuché en una ocasión a un predicador de otra denominación presentar un ser¬món basado en el versículo que constituye la base de nuestra meditación de esta /mañana. Me llamó la atención que solo hizo hincapié en el hecho de que los cristianos somos luz.

En realidad, su mensaje tenía como objetivo convencer a sus oyentes de que el ser luz los convertía en personas importantes, superiores a los demás. Señalaba que, por ello, debían vivir libres de complejos, que, de hecho, las demás personas se sentirían tímidas y atemorizadas ante ellos. Ser luz los situaba por encima de todo prestigio y toda fama terrenal, a un nivel que estaba muy por encima del ocupado por gober¬nantes, artistas, profesionales y personas adineradas. Según aquel predicador, ser luz significa ser admirados, alabados y respetados, y que la atención de los demás se centra en aquellos que son luz.

¿Cuál es el objetivo supremo de ser la luz del mundo? ¿Que nos vean? ¿Que nos admiren? ¿Que nos alaben? No, de ninguna manera. El objetivo supremo de obedecer los mandamientos dados por Dios no es que los guardemos para que el mundo vea cuan obedientes somos. La obediencia queda en penúltimo lugar. Lo importante de la obediencia en nuestra vida es que Dios sea glorificado como Señor y Creador del universo. Cuando obedecemos sus mandamientos, lo que el mundo ve es a Cristo actuando en nuestro corazón, el fruto glorioso de su obra, lo valioso que es él y el poder que el evangelio tiene para transformar la vida. En otras palabras, no es para que el mundo vea la persona del creyente, ni la obedien¬cia de este, para lo alabe por ello. El objetivo es muy otro, y consiste en que todos vean la gloria de Dios y lo alaben a él. Por eso vino Jesús, y por ello su misión continuará hasta que regrese por segunda vez.

Reconoce hoy que la transformación que Dios ha realizado en tu vida no es para que te alaben a ti, sino para que alaben a Dios. Permite que Dios resulte atractivo para todos, y que sea amado, respetado y adorado por los demás por la calidad de vida que pones de manifiesto día a día. Obedece todo lo que Dios ordena, no por estar a bien con la iglesia, y tampoco para permanecer en los libros de la iglesia. Obedece para que Cristo sea glorificado. Él es la auténtica Luz que alumbra a todo hombre.

martes, 10 de noviembre de 2009

Noviembre 10 No te rindas


Más gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. 1 corintios 15: 57
Durante la Segunda Guerra Mundial, las palabras de Winston Churchill inspiraron al pueblo británico a creer en la victoria. Observemos lo que dijo aquel gran político, militar e historiador:

«Ustedes preguntarán cuál es nuestra política. Es hacer guerra por mar, tie¬rra y aire, con todo nuestro poder y toda la fuerza que Dios pueda darnos [...]. Ustedes preguntarán cuál es nuestro blanco. Puedo responderles con una sola palabra: ¡Victoria! [...] A toda costa, ¡victoria! A pesar de todo el terror, ¡victo¬ria! Sin embargo, por largo y duro que pueda ser el camino, sin victoria no hay superviviente.

«Debemos ir hasta el final, debemos pelear en Francia, debemos pelear en los mares y en los océanos, debemos pelear con confianza creciente y con fuerza por aire, debemos defender nuestras islas, cualquiera sea el costo, debemos pelear en las playas, debemos pelear en los lugares de aterrizaje, debemos pelear en el campo y en las playas, debemos pelear en las alturas, pero nunca, nunca, nunca, debemos rendirnos».

Hay momentos en la vida del cristiano en los que la batalla es tan difícil que pa¬recería que rendirse es la única salida que nos queda. En tales momentos de zozobra, nos sentimos tentados a decir: «No puedo más. No puedo seguir en la iglesia», «No puedo más con este matrimonio», «No puedo más con esta tentación», «No puedo más con esta situación económica». Y casi estamos dispuestos a arrojar la toalla, con un patético «Me rindo».

Sin embargo, los hijos de Dios nunca deben rendirse. Después de todo, están en el lado ganador. Están con Jesús, quien nunca ha perdido una sola batalla. El apóstol Pablo afirma por experiencia propia que en Cristo no hay derrotas, solo victorias. El apóstol de los gentiles fue perseguido, azotado, apedreado, encarcelado y amenazado de muerte, padeció hambre, sed, frío y desnudez, pero nunca se rindió. Sabía muy bien que en el diccionario cristiano no existen las palabras 'derrota' ni 'rendirse', porque Cristo es la victoria del creyente.

Recuerda que no importa cuán malas pueden parecer las cosas hoy. La Palabra de Dios te dice: «Y Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desampa¬rará; no temas ni te intimides» (Deuteronomio 31: 8). No te rindas.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Noviembre 9 Los tres elementos de la oración


Perseverad en la oración velando en ella con acción de gracias. Colosenses 4: 2
La vida de oración de Jesús fue extraordinaria. Daniel oraba tres veces al día. El apóstol Pablo, según lo expresa él mismo, lo hacía sin cesar. A la luz de estos gigantes, ¿cómo evalúas el estado actual de tu vida de oración? ¿Oras regularmente? ¿Sientes que tus oraciones son escuchadas, atendidas y res¬pondidas por Dios? Si tu respuesta te apena, no te desanimes si te sientes poco satisfecho con el tiempo que dedicas a buscar compañerismo e intimidad con tu Padre celestial.

Muchos cristianos están luchando por mejorar su vida de oración. Algunos se frus¬tran por los pobres resultados obtenidos. La Biblia ofrece algunos consejos que enri¬quecerán tu vida de oración si los tienes en cuenta.

• Conságrate a una vida de oración. «Perseverando en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Col. 4:2). Según el consejo divino, debes orar sin cesar y con el interés de ver resultados. Aparta tiempo para escuchar al Padre celestial, así como para hablar con él, expresándole con toda confianza los deseos de tu corazón, e incluso aquellas cosas por las cuales no te sientes bien, por mucho que tales cosas parezcan una queja. Si el descanso de la noche no fue bueno, dile: «Señor, me siento malhumorado, pues no tuve una buena noche».

• Vigila la frecuencia y la calidad de tu oración. ¿Oras en todo tiempo? ¿Tienes co-munión con tu Padre mientras realizas tus tareas diarias? ¿Verificas diariamente tu programa de oración? ¿Incluyes en tus oraciones a los que predican el evange¬lio? ¿Oras por los que todavía no conocen a Jesús?

Satanás desea distraerte de la oración, desea desviar tu mente y mantener tu co¬razón sumido en problemas. Si advertimos estas cosas, podemos contrarrestarlas concentrando nuestra atención en nuestro deber, que consiste en comunicarnos con Dios.

• Ora con espíritu de gratitud. El apóstol Pablo aconseja: «La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándonos y exhortándonos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales».

Hoy tienes muchas cosas por las cuales dar las gracias al Señor. Dáselas por escucharte, por su fidelidad y por las respuestas que dará a tus oraciones.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Noviembre 8 Lo mejor está por venir

Jesús les dijo: «Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba».
Juan 2:7


Jesús llegó a las bodas de Cana cuando los huéspedes tenían escasez de vino. La nece-sidad del momento ofrecía una gran oportunidad para que Jesús exhibiera su poder a través de un milagro. Podía actuar de una manera que la atención de los presentes se concentrara en él. Un buen momento y una gran oportunidad para hacerse publi¬cidad. Sin embargo, en lugar de ofrecer un gran espectáculo al convertir agua natural en un vino fino y especial, Jesús realizó su primer milagro de una manera inadvertida, quieta y silenciosa, tan discreta que no obtuvo ningún crédito por lo que hizo. En medio de la algarabía de la fiesta, Jesús llamó a unos criados y les dijo: «Llenad estas tinajas de agua» (Juan 2: 7). Cuando llevaron las jarras al coordinador de la fiesta, este probó el vino y felicitó al novio por su generosidad. Solo los criados supieron en un primer momento la realidad de lo acontecido. Esta historia nos ofrece dos grandes lecciones:

En primer lugar, Dios desea que confiemos en él, aun cuando no entendamos sus caminos. Jesús no dijo: «Llenen estas tinajas con agua y la convertiré en un vino más delicioso que el que tienen». Simplemente dio una orden. Los criados obedecieron y solo más tarde que descubrieron lo que Jesús había hecho. Frecuentemente, esperamos que Dios revele de antemano su voluntad; queremos ver la manera en que actúa o en¬tender cada acción que toma. Pero lo único que Dios nos dice es: «Confía en mí».

La segunda lección es que Dios tiene una parte que hacer y nosotros otra. «Llenen las jarras con agua», dijo Jesús. Decía a los siervos: «Tengan fe». Con una sola palabra pudo haber hecho que el vino apareciera, pero ordenó que llenaran las tinajas.

Quizá hoy estás enfrentando un problema cuya causa desconoces, y tampoco sabes la manera en que Dios trabaja para resolverlo. Pero Dios te ordena que te mantengas en una actitud de fe, de confianza, aunque no sepas qué es lo que vendrá después. Tal vez Dios te pide que rompas una relación con alguien que crees que será tu futuro cón¬yuge, o que cambies de actividad o aceptes trasladarte a otra población, o que inicies conversaciones con un incrédulo. Dios te pide que avances por fe.

El mensaje sobresaliente para ti en este primer milagro realizado por Jesús es: «Lo mejor está por venir», y eso es lo que dice a todos aquellos que han puesto su confianza en él. Él sabe lo que sucederá, cuál será el alimento para el día de mañana o qué sufri-miento vendrá; pero el cristiano sabe que ahí no acaba todo. Habla hoy de tu final feliz. Cree que lo mejor está por venir.

sábado, 31 de octubre de 2009

Octubre 31 Dos tipos de terquedad


Aunque majes al necio en un mortero entre granos de trigo majados
con el pisón, no se apartará de él su necedad.
Proverbios 27: 22


La terquedad es un grave defecto. Una persona terca es la que no quiere apren¬der, la que es inflexible, la que se aferra firmemente a su propia opinión sin dar cabida alguna a las opiniones de los demás.

Una persona terca es incorregible. Puede ser que nunca crezca ni se desarrolle por¬que cree que todo lo sabe y que no hay nada nuevo que aprender. También es una per¬sona que nunca admite sus errores, y no hay manera de inducirla a cambiar su forma de pensar. Quizá en más de alguna de estas descripciones describo tu personalidad, o la mía. Probablemente, sin que tú y yo lo sepamos, haya personas que nos conozcan y que piensen que somos tercos en un sentido u otro. Y también deberíamos preocuparnos por ello, porque si dos o más personas han pensado eso de nosotros, lo más probable es que tengan razón.

Quizá en cierto sentido podríamos decir que hay dos tipos de terquedad: la terque¬dad que fluye del Espíritu Santo y la que fluye de la carne, o la necedad, como dice el sabio Salomón. En palabras sencillas, hay un tipo de terquedad buena y una mala. ¿No podríamos llamar, en sentido figurado, "terquedad" a la firmeza de convicciones que el Espíritu Santo pone en la mente del cristiano convertido y fiel? Cuando el Espíritu Santo ha convencido al cristiano de algo, muchos pueden creer que está dominado por la terquedad. Pero no tienen razón. El cristiano que se aferra con todo su ser a una convicción de principios no es terco.

¿Será que como seres humanos procuramos aferramos a convicciones egoís¬tas cuyo único objetivo es probar que uno siempre tiene razón, inasequible a la equivocación? Si es así, entonces nos estamos aferrando a nuestro orgullo perso¬nal. La persona que tiene un gran ego tiene una inseguridad tan grande como su propio ego.

Dios permita que hoy sea para nosotros un día decisivo en el que podamos hacer un cambio radical, un día para pedir a Dios que nos saque del pozo de la terquedad y nos sitúe en la roca sólida de los principios. Después de eso, que digan los demás lo que quieran. Nosotros nos aferraremos a nuestras convicciones grabadas en la tabla de nuestro corazón por el Espíritu Santo.

No seamos necios, sino firmes en nuestras convicciones, para que cuando Dios nos vea diga que somos hombres y mujeres conforme a su corazón.

viernes, 30 de octubre de 2009

Octubre 30 Nada te dará temor


He aquí que Jehová el Señor vendrá con poder, y su brazo señoreará; he aquí que su recompensa viene con él, y su paga delante de su rostro.
Isaías 40: 10

Sabes cómo recibir fuerza de Dios cuando las dificultades llegan a tu vida, destruyendo la paz, la salud, y la seguridad? ¿Sabes cómo descansar en Dios cuando se rompen tus sueños, y tus esperanzas se convierten en cenizas? Qui¬zá la crisis, el dolor o la angustia golpean tu vida hoy, y en tu desesperación no sabes qué hacer.

El texto bíblico para la meditación de hoy presenta un mensaje maravilloso. Nos dice lo que debemos hacer y con quién contamos para enfrentar los peores momentos de nuestra vida. El profeta Isaías, conocedor por experiencia del Único con quien se puede contar en todo momento, dice a los atormentados y afligidos: «¡Vean aquí a su Dios!»

De la declaración del profeta podemos deducir una importante lección. Cuan¬do surgen las pruebas y, como embravecidas aguas, amenazan con anegarnos, inmediatamente debemos fijar nuestra mirada en Dios. Siempre me gusta pensar en el ratón cuando, sorprendido en la cocina y perseguido con la escoba con avie¬sas intenciones, centra toda su atención y su vista en una sola cosa: No en quien lo persigue ni en la escoba, sino en su ratonera, único lugar donde encontrará protección.

A los que atraviesan por pruebas y dificultades, Isaías les dice: «¡Vean aquí a su Dios!» Mira hacia Dios, porque él es la roca inmutable. Mira hacia Dios; él no te de¬jará nunca. Mira hacia el Dios que todo lo sabe y todo lo puede. Cada cosa necesaria para vencer en toda circunstancia se encuentra en él.

El Señor es tierno y compasivo. El propio Isaías afirma: «Como pastor apacen¬tará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas» (Isaías 40: 11). Él es el buen pastor, el Pastor por antonomasia, quien está íntimamente involucrado en la vida de sus ovejas. Él las ama, las junta cerca de él y las lleva a hombros cuando son abrumadas por las prue¬bas de la vida.

Ánimo, tu Dios es el supremo gobernante del universo, el creador de todas las cosas. En su gran plan, eres muy importante.

Cuando tu problema parezca insuperable, somételo a Dios. Él es capaz, poderoso y compasivo.

jueves, 29 de octubre de 2009

Octubre 29 ¿Lloras por los dirigentes?


Y nunca después vio Samuel a Saúl en toda su vida; y Samuel Moraba a Saúl; y Jehová se arrepentía de haber puesto a Saúl por rey sobre Israel.
1 Samuel 15: 35


El profeta Samuel se había retirado a su casa en Rama, resuelto a no involucrar¬se más en los asuntos públicos y a vivir con cierta tranquilidad los años que Dios le diera. Además, aún tenía que atender a sus alumnos de lo que se ha dado en llamar la "escuela de los profetas", institución en la que se formaban muchos jóvenes promisorios. Sin embargo, inesperadamente, Dios envió a Samuel al poblado de Belén para ungir como rey a uno de los hijos de Isaí, una persona probablemente desconocida para el anciano juez de Israel. Samuel temió el peligro que suponía el cumplimiento de aquel encargo divino. Le dijo a Dios: «Si Saúl lo supiera, me mata¬ría» (1 Sam. 16: 2). Como ya señalamos, se puede ver con claridad que Saúl se había convertido en un individuo peligroso y violento, dado a todo tipo de maldades, hasta el extremo de ser capaz de matar al profeta de Dios.

Dice la Palabra de Dios: «Y nunca después vio Samuel a Saúl en toda su vida; y Samuel lloraba a Saúl» (1 Sam. 15: 35). Conviene que reflexionemos en este hecho asombroso. El Señor había rechazado a Saúl y «se arrepentía de haber puesto a Saúl por rey sobre Israel» (1 Sam. 15: 35). Saúl se había convertido en un monarca caprichoso y malvado, poseído por un demonio. Y, sin embargo, Samuel lloraba por él.

¿Por qué lloraba el viejo profeta por Saúl? Lloraba porque lo amaba a pesar de su perversidad. Lloraba porque Saúl era un dirigente del pueblo del Señor, elegido por Dios y ungido con aceite santo. El profeta lloraba porque la caída de Saúl era un fracaso más que humano, de graves consecuencias para todos. Era un fracaso, por así decirlo, del pueblo de Dios. La caída de un dirigente es una tragedia para el pueblo. Los que aman a ese dirigente y confían en él experimentan una de las pruebas más grandes de la fe que un creyente puede soportar. La razón es que el pecado de un dirigente es diez veces más grave que el pecado de una persona normal. Por eso, cuando cae el pastor de una iglesia, por ejemplo, esta tarda diez años en recuperarse del trauma, del dolor, de la mala influencia y del desaliento que experimentó. Por eso lloraba Samuel por Saúl.

¿Lloras por los dirigentes del pueblo de Dios? Son tan elegidos por Dios hoy como lo fue Saúl en su día. Un dirigente del pueblo de Dios es muy importante para la iglesia. Cuando alguno cae, como cayó Saúl, el pueblo de Dios llora.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Octubre 28 Nuestros muros espirituales


Y me dijeron: «El remanente, los que quedaron de la cautividad,
allí en la provincia, están en gran mal y afrenta, y sus puertas quemadas a fuego».
Cuando oí estas palabras me senté y lloré, e hice duelo por algunos días,
y ayuné y oré delante del Dios de los cielos.
Nehemías 1: 3, 4


Nehemías vivió en la época del rey persa Artajerjes I. Hacía casi un siglo que al primer grupo de judíos repatriados se le había permitido regresar a Jerusalén y reconstruir el templo. Sin embargo, tanto tiempo después, la ciudad seguía sin muros. Cuando Nehemías escuchó el desalentador informe, se sintió desolado y se entregó al ayuno y la oración.

La historia es conocida. Pidió permiso al rey para regresar a Jerusalén y recons¬truir las que habían sido una vez murallas imponentes. El rey accedió a la petición de Nehemías, y este llegó a Jerusalén en el año 445 a.C. Enseguida motivó al pueblo para reconstruir las murallas en tiempo récord. No obstante, Nehemías se encontró con mucho más que la destrucción de las murallas físicas. Hacía muchos años que la gente no adoraba a Dios verdaderamente. Nehemías sabía que también las murallas espirituales del pueblo de Israel debían reconstruirse.

Nehemías sabía que la única manera de restaurar el espíritu del pueblo era a través de la Palabra de Dios. Por eso reunió al pueblo y leyeron la Palabra de Dios desde «el alba hasta el mediodía» (Neh. 8: 3). La verdadera restauración ocurrió cuando ellos comprometieron sus vidas a seguir los estatutos de Dios. «Se reunieron con sus her¬manos y sus principales, para protestar y jurar que andarían en la ley de Dios, que fue dada por Moisés, siervo de Dios, y que guardarían y cumplirían todos los mandamien¬tos, decretos y estatutos de Jehová nuestro Señor» (Neh. 10: 29).

La negligencia espiritual de los hijos de Dios derriba las murallas espirituales. La ne¬gligencia ha convertido en ruinas esas murallas. Muy pocas familias tienen a Dios como verdadero centro del hogar. Los ataques vienen de diferentes direcciones, y, en algunos casos, las murallas de los que profesan la fe se debilitan tanto que no tienen protección.

La restauración de nuestras murallas espirituales no ocurrirá en el ámbito nacional. Será una obra individual. Luego seguirán las de una familia, una iglesia, y, con la ayuda de Dios, las de una comunidad. Tenemos hoy la oportunidad de fortalecer las murallas espirituales dentro de nuestro círculo de influencia.

Promete hoy fortalecer tus propias murallas espirituales para ser una bendición en la re-paración de las murallas espirituales de la iglesia, que corre peligro en un mundo de pecado.

martes, 27 de octubre de 2009

Octubre 27 Jesús no acepta rivales


Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.
Lucas 14:26

La declaración de Jesús produjo un tremendo impacto en sus oyentes. Joseph Ernest Nan, escritor del siglo XDC, autor del libro blasfemo La vida de Jesús, aprovechó este to para declarar que Jesús estaba pisoteando todo lo que es humano: sangre, amor y patria; despreciando el límite saludable del hombre natural; aboliendo toda atadura natu¬ral. Se esforzó por hacer aparecer a Jesús como carente de compasión y sentimientos nobles. A la luz de todo el Nuevo Testamento, Jesús no estaba demandando odio. No puede orde¬nar en sus mandamientos que debemos amar y honrar a nuestros padres y, a la vez, exigirnos que los odiemos. No podía ordenar amar a la esposa con un amor como el de Cristo, y luego aconsejar odiarla. Quien tomó a los niños en sus brazos y los bendijo, no podía aconsejar abo¬rrecerlos. El que ordenó reconciliarse con los hermanos, jamás nos pediría dejar de amarlos. No hay lugar en ninguna de las enseñanzas de Jesús para odiar literalmente a na-die. ¿Qué quiso decir Jesús, entonces, con la palabra "aborrecer"? Lo que Jesús pide es lealtad indivisible, amarlo a él de forma suprema, por nuestro propio bien. Si Jesús es el verdadero Señor, la única respuesta válida a su soberanía es la sumisión. Cuando Jesús no tiene rivales en nuestra vida, entonces lo amamos a él primero. Su amor brota de nuestro corazón y alcanza a nuestra familia, nuestros amigos e incluso a nuestros enemigos.

Podemos y debemos amar a nuestros padres y a nuestro cónyuge. Debemos gozarnos en su amorosa relación, pero no pueden ser rivales del Señor Jesús. Podemos tener hijos y gozar-nos en su amorosa confianza, pero no pueden ser rivales de Jesús. Podemos tener hermanos y hermanas y gozarnos en el amor fraternal, pero no pueden ser rivales del Señor Jesús. Pode¬mos tener deseos, aspiraciones, recreaciones; pero nada debiera interponerse entre nosotros y Jesucristo. Él debe tener la preeminencia en todo (Col. 1:18). Debemos darle el primer lugar en nuestra vida. El discipulado demanda que Jesús reine sin rivales en nuestro corazón, que tenga preeminencia en nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos. Que nuestra oración sea la de Paul Gerhard:

Jesús, tu ilimitado amor por mí ningún pensamiento puede alcanzar, ninguna lengua declarar. Mi corazón completo es para ti. Reina sin rival allí.

lunes, 26 de octubre de 2009

Octubre 26 Para que su gloria regrese


Y oyendo el pueblo esta mala noticia, vistieron luto, y ninguno se puso sus atavíos.
éxodo 33:4

El pueblo de Dios había cometido un gran pecado. Habían hecho un becerro de oro, se habían postrado ante el ídolo, y lo habían adorado. Dios se propuso destruir al pueblo y formar con Moisés una nueva nación. Su presencia ya no estaría con ellos. La gloria de Dios ya no se manifestaría sobre su pueblo. Dios había condescendido a manifestarse a ellos. Manifestaba su presencia mediante una columna de nube durante el día y una columna de fuego durante la noche. Pero ahora Dios amenazó con abandonarlos y negarles el beneficio y la bendición de su presencia.

El texto para nuestra meditación de hoy dice que el pueblo recibió la pésima noticia de que la presencia de Dios ya no iría con ellos. Que sí, les daría la tierra prometida, pero que no los acompañaría en el camino. La leche y la miel no son nada sin la presencia del Pan de vida. El avivamiento no sirve de nada sin el Avivador. Se pueden tener todas las bendiciones del mundo, pero de nada servirán sin la presencia de Aquel que da las bendiciones.

Les daría sus bendiciones, pero no iría con ellos. ¿Está la gloria de Dios en esa casa preciosa con dos automóviles de lujo estacionados en el garaje? ¿Está la gloria de Dios en ese concurridísimo consultorio médico? ¿Está la gloria de Dios en esa profesión tan lucrativa? Las bendiciones, el éxito, las adquisiciones, de nada sirven sin la presencia del gran Proveedor.

¿Qué hacer para que la gloria de Dios regrese a su pueblo? «Entonces los hijos de Israel se despojaron de sus atavíos desde el monte Horeb» (Éxo. 33: 6). Se quitaron sus ornamentos. ¿Por qué? Es posible que los atavíos fueran el símbolo de su principal pro¬blema. Habían hecho mal uso de las bendiciones de Dios. Las usaron solamente para el beneficio personal, para cumplir los antojos del corazón natural, para complacer deseos egoístas, para alimentar la vanidad natural del corazón, para satisfacer el yo. Y eso requería arrepentimiento.

¿Hay algo que necesite arrepentimiento en nuestra vida? ¿De qué necesitamos arre-pentimos como iglesia, como familia o como individuos? Nunca veremos la gloria de Dios hasta que reconozcamos nuestra necesidad de arrepentimiento.

Los hijos de Israel se despojaron de sus atavíos. Y nosotros, ¿de qué necesitamos despojarnos?

domingo, 25 de octubre de 2009

Octubre 25 Mejorad vuestros caminos


Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: «Mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré morar en este lugar». Jeremías 7: 3

Jerusalén se había convertido en un muladar espiritual. La fe se había olvidado. La tierra santa se había cubierto con el asfalto de Sodoma y Gomorra. La falsa adoración había sustituido a la adoración verdadera que transforma el corazón. La inmoralidad era subsidiada por el gobierno. Las prostitutas vivían en el templo. Los brujos y los hechiceros habían establecido sus negocios alrededor del santuario.

Pero la existencia y la percepción de lo santo y lo sagrado no habían desaparecido completamente, solo estaban ocultas. Josías fue uno de los primeros en atravesar el negro velo de la impiedad. A pesar de que había iniciado su reinado siendo un muchacho de ocho años, sentía en su interior el llamamiento de Dios. A los dieciséis años de edad sintió desde lo más profundo de su corazón un vehemente deseo de servir a Dios. La abismal impiedad de su abuelo Manases y la torpeza de su padre Amón no habían podido aplastar la fe dada a los santos. Aquel medio ambiente corrompido en todos los órdenes de la vida no había podido aniquilar la obra del Espíritu de Dios. Josías se preguntó cómo podía establecer un reinado mejor que el de sus antecesores, cómo podía restablecer la salud espiritual y la bondad que se había perdido. Tenía que comenzar por algún sitio.

Después de una lectura cuidadosa del libro de Deuteronomio, que fue encontrado por el sacerdote Hilcías durante la reparación del templo, el rey experimentó el amor de Dios y el poder transformador de la verdadera adoración. Puso en práctica de inmediato todo lo que había leído, y comenzó limpiando el templo. La maldad y la impiedad que surgían del templo llevaban cincuenta y siete años contaminando las calles, las casas y los pueblos de la nación. La vida de las personas puede medirse por el culto que rinden. La adoración define la vida. Si la adoración está corrompida, la vida también lo estará.

La gente aprendió cómo había que adorar. La religión volvió a ser lo que debía. En la historia de la reforma del buen rey Josías aprendemos muchas lecciones. Una de las lecciones más importantes es el poder que tiene la Palabra de Dios. Cuando Josías oyó por primera vez en su vida la lectura del libro de la ley, sintió que su corazón se conmovía. Sintió que Dios había hablado a su corazón, y él respondió al llamado del Señor. Siempre que se lea el Libro de Dios con corazón sincero habrá un avivamiento personal. Si se predica como se debe, habrá un avivamiento en la iglesia. Y si se toman medidas, como en el caso de Josías, habrá un avivamiento nacional. ¿Cómo están tu iglesia y tú en la lectura del libro de Dios? ¿Qué tal su adoración?

sábado, 24 de octubre de 2009

Octubre 24 Mira al que trae el avivamiento


Animales del campo, no temáis; porque los pastos del desierto reverdecerán, porque los árboles llevarán su fruto, la higuera y la vid darán sus frutos.
Joel 2:22


La profecía de Joel presenta la promesa divina de un cambio a las condiciones en que se encuentra su pueblo. Aunque alrededor todo parece un desierto, Dios promete enviar su Santo Espíritu para traer nueva vida: los secos pastos reverdecerán, los árboles destrozados se cargarán nuevamente de fruto, y el llanto y el luto se tornarán en canto y fiesta.

Como pueblo de Dios hemos oído hablar bastante acerca del avivamiento. Lo pedimos, lo buscamos, oramos porque estamos convencidos de que lo necesitamos. Entonces, ¿por qué el avivamiento se demora en venir? ¿Por qué no disfrutamos ya de esa experiencia tan necesaria en nuestra vida?

Para que llegue el avivamiento debemos saber hacia dónde mirar, tener una noción de dónde buscarlo. Muchas veces, equivocadamente, lo buscamos en los líderes de la iglesia, pues creemos que el avivamiento vendrá de los pastores. También cometemos el error de señalar el tiempo en que vendrá, como quien fija la hora en el reloj despertador y aguarda para que suene la alarma. El avivamiento llega cuando el corazón de cada creyente que contiene el tesoro de la vida eterna busca en aflicción una nueva experien¬cia, cuando mira hacia Cristo, quien es nuestra esperanza de gloria. Cuando dejamos atrás la rutina conformista y nos adentramos en la esfera de las cosas extraordinarias e imposibles, comenzamos a beber de la copa del avivamiento.

El avivamiento no es algo que esté confinado, y que se mida y crezca en un edificio con aire acondicionado, donde un grupo de personas se reúnan para planear cosas. El avivamiento nos espera en las calles, nos espera en los asilos de ancianos, en los orfanatos y en las prisiones. El avivamiento nos llama de las regiones de ultramar, de esos campos que invitan a ir en misión, porque no conocen el evangelio.

El avivamiento viene cuando una persona se aproxima al trono de la gracia con valor y espera un milagro, una persona que, al igual que Moisés, espera en las esqui¬nas de las calles para ver manifestarse la gloria de Dios. El Señor desea manifestar su gloria a través de nuestras manos. Desea dirigirse a los pecadores a través de nuestros labios.

Permite hoy que Dios obre un avivamiento en tu vida. Lo verás en tu hogar, en la iglesia, en tu trabajo y en tus relaciones, porque el avivamiento no es un programa. Es una Persona. Es la manifestación de Dios en tu vida.

Octubre 23 Cuídate de tener un corazón limpio y vacio


Entonces dice: «Volveré a mi casa de donde salí»,
y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada.
mateo 12: 44


Es algo muy peligroso tener un corazón completamente limpio y vacío. Probablemente en más de una ocasión le habrás dicho en oración al Señor algo como lo siguiente: «Señor, limpia mi corazón de todo pecado. Vacíalo de todo deseo pecaminoso y de cualquier rebelión en contra de tu voluntad». Es una petición excelente; sin embargo ten mucho cuidado con esa clase de expresiones, porque un corazón limpio y vacío es el mejor sitio para que en él habiten espíritus inmundos. Según el versículo de esta mañana, tales espíritus están sumamente deseosos de morar en un sitio así.

La expulsión de las legiones demoniacas de cualquier corazón trae bonanza, natu-ralmente. Antes, el corazón estaba lleno de angustia, confusión y desesperación, pero cuando los demonios son echados fuera, el corazón queda limpio y vacío. No obstante, sería un serio error quedarse satisfechos solo con eso, congratulándonos emocionados por estar limpios y vacíos. El objetivo de Dios no se contenta con llegar solo hasta la limpieza. El Señor nos vacía del mal con el único propósito de llenarnos de él mismo. Es muy frecuente que nos encontremos en la Biblia la orden de ser llenos de algo: «Sed llenos del Espíritu»; «Sed llenos de la palabra»; «Sed llenos de su amor». Por lo tanto, es un error estar satisfechos por haber sido vaciados en el momento en que el corazón se entregó al Señor Jesús.

Dios nos limpia y nos vacía para que lleguemos a ser su propiedad exclusiva, para que solamente él pueda usarnos. Él desea llenarnos del agua de vida, para refrescar el mundo por medio de nosotros. Está bien el celebrar la limpieza del corazón y estar libres de pecado, pero, más que eso, se debe celebrar la presencia de Jesús en el corazón. Si la limpieza no viene con el anhelo de ser llenos, jamás estarás disponible para servir al Señor.

La Biblia hace mucho hincapié cuando advierte que si el vacío dejado por el demo¬nio no se llena, el diablo regresará con siete demonios más. Si visitantes tan indeseables encuentran la casa vacía y limpia y entrar a morar en su interior, el resultado no solo es perder la fe, sino excluirse de la gloria del testimonio. En Apocalipsis 3: 20 Jesús dice: «He aquí yo estoy a la puerta». Está llamando porque quiere entrar. Él sabe que tu corazón está limpio y vacío, y anhela entrar para bendecirte con su presencia. La decisión es tuya este día: los demonios o Jesús.

jueves, 22 de octubre de 2009

Octubre 22 ¿Hay abominaciones en nuestra vida?


Y me llevó al atrio de adentro de la casa de Jehová;
y he aquí junto a la entrada del templo de Jehová, entre la entrada y el altar,
como veinticinco varones, sus espaldas vueltas al templo de Jehová
y sus rostros hacia el oriente, y adoraban al sol, postrándose hacia el oriente.
Ezequiel 8: 16

Los seres humanos, incluidos los creyentes, somos extraños. ¿Cómo pudo ocurrir que estos veinticinco varones «de los ancianos de la casa de Israel» estuvieran adorando al sol «entre la entrada y el altar» de la casa de Dios? Naturalmente, no podemos explicarlo. Nos horroriza la impiedad. Con razón Dios llamó a esta prác¬tica «malvadas abominaciones» (Eze. 8: 9).

Sí, es extraño, increíble. Pero ocurrió. Los ancianos de la casa de Israel volvieron la espalda al templo del Señor y «adoraban al sol, postrándose hacia el oriente». Pero uno podría pensar: «¿Por qué no iban a las montañas, al desierto, o a los bosques a adorar al sol? O, ¿qué mejor lugar para adorar al sol que la orilla del mar?» Sin embargo, ellos lo adoraban en el templo, al que daban la espalda. Era una perversión doctrinal. Era confusión religiosa. Era alejamiento de la «sana doctrina». Era que se habían extra¬viado tanto que ahora enseñaban como doctrina «mandamientos de hombres» (Mat. 15: 9). Peor aún. Practicaban y enseñaban «doctrinas de demonios» (1 Tim. 4: 1).

Comentando este texto, Norval F. Pease afirmó: «Esta visión constituye una acerta¬da representación de la gente que vive en dos niveles. En la superficie aparecen respeta¬bles, miembros de iglesia temerosos de Dios y ciudadanos ejemplares. Pero por debajo de la superficie viven en un mundo de vanidad, idolatría e impureza. A la luz del sol, tal como los sacerdotes de Ezequiel, adoran a Dios en el templo; pero en la oscuridad adoran a las imágenes que decoran las paredes de sus mentes indisciplinadas».

Es posible que nadie detecte este doble carácter en la vida. Una persona puede des¬cender a la tumba con una reputación de santidad y corrección, pero el día del juicio revelará dónde tenía puestos, realmente, sus pensamientos, y qué adoraba de verdad.

No se te ocurra volverte a todos lados, buscando entre los miembros de la iglesia quiénes, posiblemente, estén haciendo esto. Más bien, vuélvete a tu interior y analízate. Aunque no encuentres pruebas evidentes, sigue desconfiando de ti mismo, como los doce apóstoles, y di: «¿Seré yo, Maestro?»

Conságrate a Dios conscientemente. Reconoce cualquier mancha en tu carácter, aunque sean «malvadas abominaciones». Dios todavía sigue siendo «amplio en per¬donar».

miércoles, 21 de octubre de 2009

Octubre 21 Correr en vacio.

Jesús le dijo: «De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante,
me negarás tres veces». Mateo 26: 34


Pedro desconocía su verdadera condición. Se consideraba un buen seguidor de Jesús, lleno de fe, lleno del poder del Espíritu Santo, lleno de los frutos del Espíritu. Según su propia evaluación, otros podían negar y abandonar a Jesús; cualquiera menos él. Los demás discípulos podían perder su fe y fracasar, pero él se consideraba firme. Nada ni nadie lo separaría jamás de su Maestro. Aunque la práctica de las disciplinas espirituales como la oración y la comunión con Dios, al parecer, no eran un hábito en su vida, se sentía muy seguro de mantenerse fiel y leal a Jesús ante cualquier crisis.

Mateo registra tres incidentes en la vida de Pedro que eran señales de advertencia de que el apóstol estaba corriendo en vacío. No estaba preparado para enfrentar la crisis que se avecinaba.

• Pedro tenía dificultades en su vida de oración. Jesús le pidió que orara. Sin em¬bargo, prefería dormir. Al parecer, la oración no le entusiasmaba. Era una práctica ausente en su vida. Era difícil pasar tiempo con Dios. Le costaba trabajo hablar con Dios. La oración había desaparecido de su programa diario. En la antesala de la crisis, dormía.

• Pedro había perdido la paciencia. Mientras Jesús se mantenía tranquilo, sereno, calmado, en presencia de quienes lo arrestaban, Pedro estaba furioso. Perdió el dominio propio hasta el punto de sacar la espada para cortarle la cabeza a uno de los que prendían a su Maestro. La violencia lo dominó. Decidió usar la fuerza para enfrentar a los enemigos.

• Pedro no daba un buen testimonio. «Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús el galileo. Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices» (Mat. 26: 69, 70). Las palabras de Pedro, «aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré», esta¬ban lejos de reflejar la realidad de su vida. Ignoraba que la victoria sobre la tentación es el resultado de una vida de estrecha relación con Jesús.

¿Cómo está tu vida de oración? ¿Qué tal tu paciencia con tu cónyuge, con tus hijos, con tus hermanos de la iglesia, con tus compañeros de trabajo? Jesús te dice hoy: «Oro para que tu fe no falte, oro por ti, para que tu paciencia no falte y para que tu testimonio sea poderoso». Si te sientes vacío, busca a Dios en oración. Él puede llenar tu vida de poder. El diagnóstico de Jesús era una advertencia para Pedro, y también para nosotros.

martes, 20 de octubre de 2009

Octubre 20 Milagros de todos los días


Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan,
y sabiendo que eran hombres sin letra y del vulgo, se maravillaban;
y les reconocían que habían estado con Jesús.
hechos 4: 13


Regresaba a mi país después de terminar mis estudios en el seminario teológico. En el mismo autobús, y sentado en el asiento de al lado, venía un compañero de estudios. El tiempo no alcanzaba para conversar de todo lo que la explosión de la vida estudiantil que acabábamos de terminar nos sugería. Me contó una anécdota que acababa de experimentar en el restaurante donde el autobús se había detenido para que los pasajeros almorzáramos.

Cuando se dispuso a pagar, la señorita que atendía la caja le dijo:

—Joven, usted va a pasar en el autobús por Nicaragua, ¿verdad?

—Sí —replicó mi compañero.

Entonces ella le pidió encarecidamente que le entregara a su mamá una cartita que contenía dinero, cuando pasara por ese país. Mi compañero aceptó, pero pronto comenzó a temer que pudiera haber algo ilegal dentro de aquel sobre y que tuviera problemas en la frontera. Así es que se dispuso a abrir el sobre con el dinero que la joven le había entregado. Pero además sacó la carta para comprobar que era cierto que la joven mandaba aquel dinero para su madre. Sus ojos se detuvieron en las primeras líneas de la carta, que decían: «Querida mamá, espero que te encuentres bien. Decidí mandarte esta cartita v el dinero con este joven porque observé su comportamiento en el restaurante. Fue muy paciente cuando la gente se le colaba. Siempre se mostraba muy sonriente con las personas que le servían, y dejó su mesa completamente limpia cuando se levantó. De inmediato supuse que era cristiano y que este sobre no podía estar en mejores manos».

Mi compañero había sido analizado y evaluado sin que lo supiera. La joven cajera pensó que solo un cristiano podía comportarse así. Debemos saber que siempre hay alguien que observa nuestro comportamiento. ¿Qué han visto quienes te han observado? ¿Han llegado a la conclusión de que has estado con Jesús? Cuando los dirigentes religiosos observaron a Pedro y a Juan, llegaron a la conclusión inevitable: «Estos han estado con Jesús». ¿Han llegado otros a la misma conclusión después de observar tu conducta? ¿Cómo nos ven los demás?

Dar un poco más de lo que tu horario exige, llegar un poco antes e irte un poco más tarde de tu trabajo, son, en realidad, pequeños milagros que haces a diario, y que tienen una sola explicación: ¡Has estado con Jesús!

Octubre 19 Destello de Luz


Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. Juan 10: 9

Hace varios años visité las catacumbas que usaron los cristianos durante la persecución para preservar su vida. La historia de las catacumbas es grande y larga. Las catacumbas no las inventaron los cristianos, ni surgieron por causa de las persecuciones. Eran cementerios subterráneos donde los paganos enterraron a sus muertos durante muchos siglos. No solo en Roma existen las catacumbas. También las hay en Chiusi, Bolsena, Napóles, Sicilia oriental y en el norte de África. Cuando Roma se hizo cristiana, los cristianos siguieron sepultando a sus muertos en las catacumbas. Es interesante que las catacumbas sean tan grandes y que estén tan escondidas que ni un rayo de sol es capaz de penetrar en su interior. Fuera, el sol resplandecía con toda su fuerza, pero dentro de estas cuevas éramos incapaces de ver las palmas de nuestras propias manos. Sin embargo, al encender un fósforo para prender la antorcha, la lobreguez desapareció. Parecía que cuanto más densa era la oscuridad, más hacía brillar un insignificante fósforo. Casi parecía que no hacía falta el sol.

Tan pronto uno acepta a Jesús como su Salvador personal, sus pecados son perdonados para siempre y su destino es alterado drásticamente. Jesús dijo: «Yo soy la puerta» (Juan 10: 9). Al entrar por esa puerta accedemos a una vida totalmente diferente. No más inseguridad, no más temor, no más condenación, no más tinieblas. Una vez fuimos ciegos, destinados a la oscuridad y a la eterna separación de Dios, pero ahora el Sol de justicia nos ha convertido en hijos de luz. Después de que pasamos por esa puerta, Dios desea moldearnos a la «semejanza de su Hijo» (Rom. 8: 29), hasta que nuestro único deseo sea llevar el orgullo al corazón de nuestro Padre celestial.

Hay momentos en que el moldearnos a semejanza de Jesús puede ser doloroso. Parecemos a Jesús implica que hay que desechar el odio, la envidia, la hipocresía y los malos pensamientos, que son factores de nuestra vieja naturaleza que desean regir nuestras vidas. A cambio, desarrollaremos, aunque sea mínimamente, algo de su gloria en nuestra vida que nos convertirá en destellos de luz para este mundo.

Dios quiere que tú desarrolles la imagen y semejanza de su Hijo en tu vida. Quiere que cuanto más densa sea la oscuridad que te rodea, más brille tu luz. Un Hombre humilde, acompañado de sus doce discípulos, puso de cabeza al mundo con su evangelio. El impacto que tú puedes causar hoy a través de la semejanza con Jesús es incalculable.

Octubre 18 Vayamos como fue Jesús


Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Mateo 28: 19, 20

La ciudad de Capernaúm era el centro de operaciones del ministerio de Jesús, pero él no permaneció allí. ¿Qué nos enseña esto, a nosotros, discípulos de Jesús? Nos enseña que nuestro propósito como pueblo de Dios no se cumple por el solo hecho de ir al edificio donde se reúne la congregación. La iglesia a la cual asistimos puede tener una numerosa feligresía, pero ese hecho no cumple las demandas de la misión evangélica. La orden del Comandante en jefe, el Cristo resucitado, a sus seguidores es: «Por tanto id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mat. 28:19-20). La orden no es «Venir y oír». La orden siempre es «Ir y decir». El templo no es un lugar al cual venimos, sino un lugar del cual salimos.

Mi sorpresa fue grande al encontrar en la iglesia donde crecí a una dama muy conocida. Me llene de asombro porque, durante muchos años, la había conocido como una firme y muy fundada "testigo de Jehová". Y ahora la encontraba el sábado en la iglesia adventista, como miembro bautizada. Lleno de curiosidad le pregunté: «¿Por qué dejó de ser testigo de Jehová para convertirse en adventista del séptimo día?»
Lo que me respondió me dejó más perplejo aún. «Durante veinte años», me dijo, «deseé bautizarme y no me lo permitieron, mientras no saliera a testificar. Y aquí me bautizaron sin que tenga que ir». La testificación no es un requisito para el bautismo, sino un producto del amor de Cristo en el corazón de aquellos que han sido bautizados del agua y del Espíritu. No obstante, de aquella experiencia, extraigo esta reflexión:

La iglesia no es un establecimiento; es un movimiento. No existe un cristianismo cómodo. Nuestra iglesia debe ser como un fuego, el fuego encendido por Jesucristo, que abrazará al mundo entero. Después de la resurrección de Jesús los discípulos siem¬pre fueron al lugar donde estaba el pueblo. Si formamos parte de la misión divina, si comprendemos cuál es nuestra parte en el plan de Dios, tenemos que ir a nuestras comunidades, a nuestros vecindarios, a todo lugar. Esa es la misión. El evangelio no es algo que disfrutamos, sino una sagrada verdad que compartimos.
La misión divina nos pide que vayamos como fue Jesús.

sábado, 17 de octubre de 2009

Octubre 17 Basta una samaritana para convertir una ciudad


Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: «Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo?» Juan 4: 28, 29

Lo que no habían hecho los discípulos escogidos, los colaborados más ín¬timos y especiales del Salvador —Pedro, Andrés, Felipe, Natanael...— lo hizo una mujer de corazón valiente, una mujer extranjera que apenas acababa de conocer a Jesús. Lo que ellos habían mantenido en secreto, esta mu¬jer lo publicó inmediatamente. Y, lo que es aún más admirable, en lugar de las burlas, la indiferencia o la hostilidad que cabía esperar, los habitantes de Sicar prestaron oído al relato emocionante de la pecadora; se habían sentido ganados por la sinceridad de su cristianismo y ahora la pequeña ciudad se trasladaba en bloque para ver a Jesús.

Dios tiene necesidad de nosotros. Basta una samaritana para convertir una ciudad. Pero Dios necesita a esa samaritana. No lo puede hacer sin ella. A Dios le hacen falta los apóstoles para difundir el evangelio en el mundo. Esos após¬toles son los padres en el hogar, el estudiante en el colegio, el aprendiz en la fábrica, la costurera en su taller, el empleado en su oficina. Es ese cristiano que habla, que escribe, que lee, para contarle al mundo la alegría, el gozo y la paz que ha encontrado en Jesús. Es el cristiano que enseña a los demás a ilusionarse por el bien. Es el cristiano que hace a los demás amar a Jesucristo a través de su conducta limpia, por encima de todas las cosas. Es el medio más eficaz para evangelizar al mundo.

Dios te llama hoy para ser su instrumento, como la samaritana, en la evangelización de un mundo perdido. Te necesita para restablecer la paz entre los hombres y para conducirlos de nuevo hacia Dios. El Señor te ha asignado un lugar especial en su viña. Nadie más puede ocupar tu lugar. Eres una persona única; no hay otra como tú. Nadie más puede realizar tu tarea ni ocupar tu lugar. Usa los dones que el Señor te ha dado. Haz la obra del Señor según tus talentos y tus circunstancias. Como la samaritana, abre las compuertas de tu corazón, deja que se desborde tu vida cristiana, tu testimonio, tu gozo, tu salvación. Pon de cabeza a tu ciudad, crea un impacto cada día dondequiera que te encuentres, revoluciona tu vecindario, haz popular a Jesús. Que él sea el tema de conversación, dondequiera que vayas. Deja brillar tu luz.

viernes, 16 de octubre de 2009

Octubre 16 Lenguas sueltas para testificar


Al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló bendiciendo a Dios.
Lucas 1: 64


Zacarías, el padre de Juan el Bautista, quedó completamente asombrado, petri¬ficado, cuando el ángel le comunicó la noticia de que su esposa Elisabet conce¬biría un hijo. No podía creerlo. Había suficientes razones para dudar: su mujer era estéril y ambos eran de edad avanzada. En tales circunstancias, desde el punto de vista humano, era imposible que ella concibiera y diera a luz un hijo.

La incredulidad de Zacarías fue reprendida por el mismo ángel que le dio la buena nueva. «Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar [...], por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo» (Lúc. 1: 20).

Sabemos que el Espíritu Santo reproduce a Cristo en nuestra vida, pero en el relato del nacimiento de Juan el Bautista hay otra función que el Espíritu Santo desempeña en la formación de la iglesia. Había una multitud orando fuera del santuario mientras Zacarías ofrecía el incienso: «Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de que él se demorase en el santuario» (Lúe. 1: 21). Esperaban escuchar la voz del sacerdote. Deseaban escuchar su bendición. Lamentablemente, Zacarías no tenía voz; estaba mudo, no podía hablar.

Una de las características de Lucas, tanto en su Evangelio como en el libro de He¬chos, es que introduce los discursos que presenta con la expresión: «lleno del Espíritu Santo». Lucas dice que cuando Zacarías fue lleno del Espíritu «al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló bendiciendo a Dios» y «profetizó» (Lúc. 1: 64,67).

El Espíritu Santo le da voz a la iglesia. Cuando una persona es llena del Espíritu Santo, habla y testifica de Jesús. Hace a la iglesia testigo de Cristo. ¿Tienes tú voz para contar al mundo las maravillas de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admira¬ble? El Espíritu Santo está dispuesto a darnos esa voz que el mundo necesita escuchar. Las multitudes están afuera, esperando que tú les hables de salvación.

Cuando escuchamos hablar a niños pequeños no podemos diferenciar si el que ha¬bla es un niño o una niña; pero cuando alcanzan la adolescencia, algo pasa con la voz. Tiene más volumen; el sonido cambia. La iglesia lleva ya dos mil años de existencia. Nuestra voz debería ser más fuerte y con más volumen. Las personas deben reconocer¬nos, deben saber quiénes son los adventistas, cuáles son nuestras creencias. No debe haber confusión cuando hablan de nosotros. ¿Tiene Dios una voz en tu hogar, en tu oficina, en tu universidad? Dondequiera que te encuentres, ¿tiene Dios una voz en ti?

jueves, 15 de octubre de 2009

Octubre 15 Ustedes deben ser mis testigos


Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta lo último de la tierra. hechos 1: 8

El corazón de la misión está en el propio centro de este texto: «Ustedes serán mis testigos». Ese es el mensaje recurrente en todo el libro de los Hechos: «Por¬que .serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído» (Hech. 22: 15). «Y nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo» (Hech. 10: 39).

Ser testigos de Cristo significa decir a todos los que nos escuchan lo que dijo y cuan¬to hizo por nosotros. Es decir, llevar un mensaje sencillo y veraz. Aunque el testimonio sea sencillo, exige del testigo un costoso compromiso. Toca radicalmente nuestro inte¬rior, lo que realmente somos en lo profundo. No es solo palabras. El mensaje no solo se presenta con los labios, sino también con la conducta, con lo que se ve en la vida aunque no se diga ninguna palabra.

El testimonio que Henry Stanley dio de David Livingstone debería darse también de nosotros: «Si hubiese estado con él, y nunca me hubiera hablado una palabra sobre lo que creía, de igual manera me habría convencido a ser cristiano». Nuestras vidas deben mostrar la realidad interna de lo que proclamamos. Los apóstoles hacían que sus palabras trascendiesen, hacían que su mensaje tuviese un reflejo en su con¬ducta, movilizaban el evangelio, vivían sus palabras. El evangelio, en fin, modeló su vida y su enseñanza.

Leí en el periódico las siguientes noticias sobre un predicador evangélico: «Arresta¬do por presentar documentación falsa». «Se divorcia y se casa por tercera vez». «Espo¬sa de predicador denuncia a su esposo por maltrato físico».

Ser un testigo auténtico demanda un corazón sincero y abierto que siempre está cre¬ciendo en la experiencia de la proclamación. Se requiere tener siempre la palabra de Cris¬to, la realidad interna de lo que predicamos, morando en nuestro corazón. Hace falta una pasión desbordante. Hemos de ser creyentes celosos capaces de trastornar al mundo.

Cuando George Whitfield levantaba al pueblo de sus camas a las cinco de la ma¬ñana para escuchar su predicación, un hombre, camino de la iglesia, se encontró con David Hume, el filósofo y escéptico escocés. Sorprendido al verlo dirigirse a escuchar a Whitfield, el hombre dijo: «Pensé que usted no creía en el evangelio». Hume replicó: «Yo no, pero el sí».

¿Testificas con tus palabras y con tu vida? ¿Predicas desde el pulpito de tu ejemplo?

miércoles, 14 de octubre de 2009

Octubre 14 ¿Qué semillas plantas?



Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero después de sembrada, crece, y se hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra. Marcos 4: 31, 32
Qué es como el grano fe mostaza? El reino de Dios. Nuestro Señor dijo: «¿A qué haremos semejante el reino de Dios, o con qué lo compararemos? Es como el grano de mostaza». «El reino de los cielos» y «el reino de Dios», son lo mismo. Mateo es el único que usa la expresión «el reino de los cie¬los». La usa 31 veces. Pero solo usa 5 veces la expresión «reino de Dios», que es la única que usan los otros evangelistas.

¿Qué es el reino de los cielos? Es uno de los temas más importantes de la Biblia. El «reino de los cielos» o «reino de Dios» era el tema de la enseñanza de Jesús y fue el tema de la predicación de los apóstoles}' de los setenta. Muchas de las parábolas de Jesús comienzan con «el reino de los «los es semejante a». Su evangelio era la buena nueva del reino. «El "reino de los cielos' se estableció en la primera venida de Cristo. Jesús mismo era el Rey, y los que creían en él eran sus súbditos. El territorio de ese reino era el corazón y la vida de los súbditos. Evidentemente el mensaje de Jesús se refería al reino de la gracia divina. Pero, como Jesús mismo lo indicó claramente, el reino de la gracia antecedía al reino de la gloria (DTG 201-202; CS 394-395)» (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 309).

¿Por qué comparó nuestro Señor al reino de Dios con un grano de mostaza? «El germen que se halla en la milla crece en virtud del desarrollo del principio de vida que Dios ha implantaren él [...]. Tal ocurre con el reino de Cristo [...]. ¡Y cuan rápido fue su crecimiento, cuan amplia su influencia! [...] Pero la semilla de mostaza había de crecer y extender sus ramas a través del mundo [...]. De esta manera, la obra de la gracia en el corazón es pequeña en su comienzo. Se habla una palabra, un rayo de luz brilla en ti alma, se ejerce una influencia que es el comienzo de una nueva vida; y ¿quién puede medir sus resultados?» (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 55, 56).

¿Ya está plantada la semilla de mostaza en tu corazón y en tu vida? ¿Estás sembrando muchas semillas de mostaza en el corazón de la gente? ¿Qué semillas plantas?

martes, 13 de octubre de 2009

Octubre 13 No lo vemos



Respondiendo Jesús, le dijo: «¿Qué quieres que te haga?» Y el ciego le dijo: m* «Maestro, que recobre la vista». Y Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». ; Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.
marcos 10: 51, 52


Esta es la inspiradora historia del ciego Bartimeo. Aquí se ven las peculiaridades de la historia de los Evangelios. En Mateo 20: 29 dice que eran dos ciegos. Pero aquí y en Lucas 18: 35 dice que era uno solo. Nuestro texto de hoy proporciona una valiosa información. Dice que el ciego se llamaba Bartimeo. Hay quienes aseguran que esa palabra significa "hijo de Timeo", es decir, "hijo de un ciego". El ciego Bar¬timeo era hijo del ciego Timeo.

Bartimeo preguntó qué ocurría, pues el gentío que se movía a su alrededor no era normal en Jericó. Cuando le dijeron que Jesús de Nazaret estaba pasando por la ciu¬dad, Bartimeo se estremeció. Hacía tiempo que esperaba esta oportunidad. Jesús estaba cerca y él creía que podía devolverle la vista. Sin perder tiempo, sin ninguna inhibición, comenzó a gritar: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí». Los gritos eran estri¬dentes, casi ofensivos, para un personaje tan importante como Jesús de Nazaret, quien se encontraba en el apogeo de su fama y de su popularidad. La gente comenzó a repren¬derlo, diciéndole que se callara. Pero Bartimeo no estaba dispuesto a desaprovechar su única oportunidad de ser sanado por Jesús, y siguió gritando.

«Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle». ¡Qué gloriosa oportunidad! La Bi¬blia Reina-Valera dice: «Él, arrojando su capa, se levantó». Pero la Biblia de Jerusalén dice que Bartimeo «dio un brinco» para acercarse a Jesús.

«Era el hijo ciego de un padre ciego, lo cual empeoraba el caso, y hacía la curación más maravillosa, y, así, más apropiada para tipificar la curación espiritual realizada por la gracia de Cristo en aquellos que no solo nacieron ciegos, sino de padres que eran ciegos» (Matthew Henry's Commentary, t. 5, p. 423).

Después de caminar entre sombras, abrir los ojos y observar el rostro de Jesús y las cosas maravillosas de este mundo tiene que ser algo indescriptible. Es algo similar a lo que sucede cuando acudimos a Dios en oración y rogamos: «Señor, ten piedad de mí, que soy pecador», y Dios responde con su inigualable misericordia.

El ruego de Bartimeo fue: «Maestro, quiero ver». ¿Por qué no hacemos una petición así de sencilla? Necesitamos ver la voluntad de Dios en nuestra vida; necesitamos ver las nece-sidades físicas y espirituales de quienes nos rodean y, sobre todo, necesitamos ver nuestros pecados. Gritemos, como Bartimeo, «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí».

lunes, 12 de octubre de 2009

Octubre 12 Perdónate a ti mismo


Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 1 Juan 1: 9

Una señorita emigró a los Estados Unidos. En su Cuba natal había sido una católica muy devota, y acostumbraba confesar sus pecados al sacerdote. En su nuevo hogar, afrontó el problema de que no podía confesar sus pecados en inglés. El problema pronto se convirtió en una crisis. Un día supo que había un sacerdote que ha¬blaba los dos idiomas y, después de dar con él, lo convirtió en su confesor.

Pero un día se encontró con la noticia de que su confesor había sido transferido a otra parroquia y el problema se presentó de nuevo. No tenía a quién confesarle sus pecados. La crisis la llevó a la necesidad de confesar sus pecados en inglés, idioma que todavía no dominaba. Nuestra heroína pidió a una amiga bilingüe que tuviera la bondad de ayudarla a traducir sus pecados para poder confesarse. Ella practicó una y otra vez la frase «Perdóneme, padre; he pecado», y finalmente llegó al confesionario. Después de pronunciar la frase «Perdóneme, padre; he pecado», sacó su lista donde tenía sus pecados traducidos al inglés. Pero descubrió que el confesionario estaba muy oscuro y que no podía leer la lista. Intentó una y otra vez leer la lista, pero no pudo hacerlo, y al fin se dio por vencida. Salió del confesionario llorando. Un sacristán que la vio llorando la escuchó decir en un susurro: «No puedo ver mis pecados».

Aquella fue una declaración muy profunda. Y tú, ¿puedes ver tus pecados? Es decir, ¿no puedes verlos porque los reconoces y los confiesas? ¿No puedes verlos porque Dios ya los ha echado a lo profundo del mar y ahora están tan lejos de ti como lo está «el oriente del occidente», como dice el salmista? ¿O no puedes verlos porque no los reconoces ni aceptas tu culpabilidad ante Dios?

Nuestro tema de hoy nos asegura que si confesamos, recibiremos el perdón. Es una de las afirmaciones más claras de la Biblia: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad».

¡Qué maravillosa seguridad! Deberíamos aceptar eso con todo nuestro corazón. Lamen-tablemente, muchas veces seguimos sintiéndonos culpables de los pecados que hace tiempo confesamos. Creemos que Dios nos perdona, pero nosotros no nos perdonamos a nosotros mismos. Es como si creyésemos que es nuestra obligación sufrir, pagar algo, hacer expiación. A veces confundimos los problemas que vienen como resultado del pecado con algún tipo de castigo por el pecado, y, si sufrimos ese "castigo", nos sentimos "perdonados".

Dejemos toda duda y aceptemos hoy el perdón divino.

domingo, 11 de octubre de 2009

Octubre 11 El violín de Paganini


Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá. Lucas 12: 48

Niccoló Paganini es reconocido mundialmente como uno de los mayores vio¬linistas de todos los tiempos. Fue un niño prodigio, y presentó su primer concierto a la edad de once años. Aunque también tocaba la viola y la guita¬rra, se le recuerda fundamentalmente por sus importantísimas aportaciones a la inter¬pretación violinística europea, a la que transformó para siempre. Paganini ejerció una notable influencia sobre otros músicos posteriores importantes, como, por ejemplo, Johannes Brahms y Sergéi Rajmáninov.

Cuando Paganini murió en 1840, legó su valiosísimo y precioso violín, un Guarnieri, a su ciudad natal, Genova. Curiosamente, el magnífico legado iba acompañado de una condición difícil de entender. Paganini no quería que ningún otro intérprete lo vol¬viera a tocar. Los responsables del gobierno municipal aceptaron la condición impuesta por el virtuoso, y, en consecuencia, pusieron el instrumento en un estuche y colocaron el estuche en una vitrina, en la que es observado por miles de visitantes.

Los instrumentos de madera tienen una particularidad. Cuanto más tiempo son tocados, mejor suenan, y no se percibe el paso del tiempo por ellos; es como si no los tocase nadie. Sorprendentemente, cuando se dejan de usar, su estado decae poco a poco. Precisamente eso es lo que le ocurrió al violín de Paganini. Otros violines del mismo violero continuaron siendo usados por otros virtuosos de generación en generación como una bendición para el mundo, pero el violín de Paganini es hoy una reliquia de lo que pudo haber sido. Esto encierra una gran lección que no debe olvidarse.

El apóstol Pablo escribió a Timoteo, su hijo espiritual, las siguientes palabras: «No descuides el don que está en ti» (1 Tim. 4: 14). El éxito es dinámico. Conlleva creci¬miento y desarrollo, el logro de una cosa, y el uso de ese logro es un peldaño que ayuda a alcanzar el próximo. No hay un lugar donde detenerse. Lo que no se alimenta decae y finalmente muere. Cuando usamos permanentemente nuestro don, producirá cosas que no solamente nos llenarán de gozo v felicidad sino que además traerán felicidad a los demás.

Piensa hoy en los dones que Dios te ha dado. Todos hemos recibido, como mínimo, un don. Úsalo para el adelanto de la causa del Maestro y para bendición de la huma¬nidad.

sábado, 10 de octubre de 2009

Octubre 10 Arrojas piedras o das otra oportunidad


Ella dijo: «Ninguno, Señor». Entonces Jesús le dijo: «Ni yo te condeno; vete,
y no peques más». Juan 8: 11


«A mí me fallan una vez y ahí termina todo». Así se expresaba una dama hablan¬do de la posibilidad de que algún día su esposo le fallara. Ese espíritu de no dar una segunda oportunidad al que comete un error prevalece entre esposos, amigos, miembros de iglesia e instituciones. El lema es: «Si fallaste, no esperes más». Es un consuelo pensar que Dios no es así. Dios es el Dios de la segunda oportunidad.

Dios demostró en la cruz del Calvario el amor verdadero, que alcanza a quienes ya agotaron toda oportunidad y toda paciencia humana. El drama de la mujer sorpren¬dida en adulterio nos enseña una gran lección. ¿Cuál habría sido tu reacción ante la petición de aquellos celosos guardianes del "Manual de la Iglesia" de la época y de las normas morales establecidas? Jesús reaccionó con amor. Amor, no solo para la acusada, sino para los acusadores. Sabemos lo que hizo; los convenció de sus propios pecados para que meditaran. Los escribió en el polvo y solo ellos pudieron entenderlo. Inmediatamente expresó un principio básico que debe llamarnos a la reflexión, espe¬cialmente cuando nos convertimos en jueces de los que han cometido un error: «El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra» (Juan 8: 7).

Deberíamos tener cuidado, porque hay un principio psicológico bien establecido: «Solo notamos en los demás los errores que nosotros mismos cometemos». Por eso dijo el Señor que cuando juzgamos y condenamos a los demás, nos juzgamos y nos condenamos a nosotros mismos (Rom. 2: 1). No ignoremos esta terrible verdad. Las personas más críticas y que con más saña juzgan a los demás son las que, generalmente, son culpables de los mismos pecados que el acusado.

El hermano del hijo pródigo, que se incomodó porque a este se le dio una segunda opor-tunidad, hacía las mismas cosas que él. La diferencia es que las hacía dentro de la casa.

Ninguno de los acusadores de la mujer pudo hacer alarde de una vida sin pecado, por lo cual desaparecieron todos inmediatamente. Solamente quedó el único que podía lanzar la primera piedra, Jesús. Pero él rehusó condenar a la pecadora.

El ministerio de Jesús será siempre el de la segunda, la tercera, la enésima oportuni¬dad. Su política es dar todas las oportunidades que sean necesarias. No conserva una lista de errores. Su gran deseo es dar una segunda oportunidad para hacer lo recto a todo aquel que lo necesite y desee comenzar de nuevo. Concede hoy una segunda opor¬tunidad a todos los que lo necesiten y lo pidan.

viernes, 9 de octubre de 2009

Octubre 9 Forasteros en esta tierra

Forastero soy yo en la tierra; no encubras de mí tus mandamientos.
salmo 119: 19

Cuando repetimos las palabras del salmista «Forastero soy yo en la tierra», con¬fesamos que no vivimos aquí, que esta tierra no es nuestro lugar de residencia permanente, que no queremos establecernos aquí, que únicamente estamos de paso, que somos peregrinos. El ejemplo típico del peregrino creyente lo tenemos en los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob: «Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confe¬sando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra» (Heb. 11:13).

La verdadera patria del cristiano está en el cielo, como dice Pablo: «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Je¬sucristo» (Fil. 3: 20). Por eso nuestro versículo de hoy dice que el salmista se sentía «forastero en la tierra». Es decir, era, y se sentía, diferente. No vivía de acuerdo con el mundo. Marchaba el ritmo del "tambor" de Dios. Esta es una confesión de fe y con¬sagración completas, pues nuestro gran peligro es que nos asentemos en este mundo y aprendamos sus costumbres, sus métodos y su estilo de vida.

El gran peligro, y la gran tragedia, es que los cristianos dejen de ser peregrinos y se acomoden en el mundo, que ya no haya ninguna diferencia entre ellos, que son ciuda¬danos del reino de Dios, y la gente que es ciudadana del mundo. La tragedia se consu¬ma cuando llegan a «amar al mundo». Por eso advirtió Juan: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Juan 2: 15). Es la gran tragedia de los cristianos de todos los tiempos: Amar al mundo y las cosas que están en el mundo.

Sería bueno analizarnos a nosotros mismos. ¿Será que amamos al mundo más que a Dios? ¿Qué es amar al mundo? O, mejor, hagámonos las preguntas opuestas: ¿Qué signifi¬ca amar a Dios? ¿Qué significa ser forastero? Ni el espacio ni el tiempo alcanzan para medi¬tar todo lo que podríamos meditar, ni para consignar todas las conclusiones que saquemos. La respuesta a estas preguntas corresponde a la esfera íntima y personal. Solo tú puedes saber si amas al mundo y si eres enemigo de Dios. Solo yo puedo saber si soy un peregrino, un forastero, al estilo de Abraham, Isaac, Jacob y David.

No descartamos los peligros de la peregrinación, por supuesto. Recuerda que Dios te explicará a su debido tiempo las injusticias que padeciste en tu peregrinación. Entre¬tanto, te da fortaleza para cada día, y paciencia en el sufrimiento.

Curiosidades bíblicas y mucho mas.... “La mujer, en su perfección más grande, fue hecha para servir y obedecer al hombre…” Knox ...