martes, 6 de abril de 2010

Abril 6 Embajador de la reconciliación

Lecturas Devocionales para Adultos
El Manto de su Justicia
L. Eloy Wade C.

Abril 6 Embajador de la reconciliación

Oren también por mí para que, cuando hable, Dios me de las palabras
Para dar a conocer con valor el misterio del evangelio, por el cual soy
Embajador en cadenas (Efesios 6: 19, 20).

UNO DE LOS RESULTADOS DE ESTAR en paz con Dios, de sentirnos reconciliados con Dios, es tener la necesidad de compartir con otros la alegría de esa paz que gozamos. A causa de que esta reconciliación divina no se hizo con nosotros nada mas, sino que es una reconciliación universal (2 Cor. 5: 19), quienes conozcan ese hecho deben compartirlo con los demás.

De ahí surge el imperativo divino de ir y proclamar las buenas nuevas de salvación a los que no las conocen. Por eso dice Pablo que Dios «nos dio el ministerio de la reconciliación* (2 Cor. 5: 18). Hay millones de personas que no saben que el Creador se ha reconciliado con ellas. Viven, como dice Pa­blo, «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Efe. 2: 12). El quiere que ellas sepan, y por eso nos ha dado la encomienda de ir a comunicarlo. Así que debemos ser «embajadores de Cristo* que lleven el mensaje de la paz con Dios (2 Cor. 5: 20). De hecho, el Señor nos encargo «el mensaje de la reconciliación* (vers. 19).

Pero dar el mensaje de la reconciliación no es solo ir a decirle a la gente que Dios ya no es su enemigo, que se ha reconciliado con la humanidad y que nos mira con buenos ojos. Implica decirles también que para que esa reconciliación sea efectiva y valga la pena, pues fue conseguida con un sacrificio muy grande, necesitan reconciliarse a su vez con Dios. Añade el apóstol: «En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios» (vers. 20).

Debe ser un gran honor para el cristiano sentirse un embajador de Cristo que lleva las buenas nuevas de la reconciliación. Meditemos en estas pala­bras: «A los siervos del Omnipotente se les ha concedido el exaltado privilegio de manifestar el carácter divino mediante el compromiso desinteresado en el esfuerzo por rescatar a los pecadores del abismo de la ruina a la cual han sido arrastrados» (Recibiréis poder, p. 168).

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