Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (Romanos 72: 1).
DIOS QUIERE HABITAR EN NUESTRA MENTE, o como lo decimos comúnmente, en nuestro corazón. El ideal de Dios para la familia humana es que desarrollemos nuestra vida espiritual de tal manera, que sintamos su presencia entre nosotros. Debemos habituarnos a pensar que Dios está dondequiera que vayamos, y en ese lugar podemos elevar nuestra mente para adorarlo. Esto, de ninguna manera elimina las reuniones de la iglesia. Pero es inmadurez espiritual pensar que un templo es el único lugar donde Dios puede ser adorado.
En conversación con la mujer samaritana, el Señor reveló qué clase de adoración espera de sus hijos en este mundo. Surgió el tema de la adoración, que era tema sensible y controvertido entre samaritanos y judíos. Estos pensaban, en armonía con la ley de Moisés, que el lugar de adoración era el templo de Jerusalén; mientras que los samaritanos creían que el lugar indicado era el monte Gerizim, donde habían adorado sus padres antiguamente. De hecho, edificaron allí un templo rival en algún momento de su historia. Al respecto, la samaritana dijo: «Nuestros antepasados adoraron en este monte, pero ustedes los judíos dicen que el lugar donde debemos adorar está en Jerusalén». Jesús contestó algo muy importante: «Se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad» (Juan 4: 20,23, 24).
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