martes, 24 de agosto de 2010

Sacrificios desvirtuados

Harto estoy de holocaustos de carneros y de la grasa de animales engordados; la sangre de toros, corderos y cabras no me complace. ¿Por qué vienen a presentarse ante mí? (Isaías 1: 11, 12).

DIOS LE DIO A SU PUEBLO el ceremonial del santuario para instruirlos en los elementos esenciales del plan de la salvación. Esto a causa de la degradación espiritual padecida por los años en Egipto. El tabernáculo en sí era un símbolo de su presencia, y su ritual era signo de la obra que Cristo realizaría por ellos en el futuro. Pero todo era transitorio y provisional, porque eran símbolos e ilustraciones; nada era permanente en sí. Estos sím¬bolos caducarían cuando viniera la realidad que señalaban.

Pero Satanás es maestro del engaño y la falsificación. Así como había pervertido la institución del sacrificio sencillo de la era patriarcal, cuando llevó a los hombres a sacrificar toda clase de animales y hasta seres humanos, corrompió también el ritual del santuario hebreo. Llevó a los judíos a la creencia de que el santuario y su ritual eran un fin en sí mismos, y no algo transitorio y provisional, válido solo hasta que viniera la nueva revelación prefigurada en ellos.

Para el tiempo del templo de Salomón, «sus servicios estaban corrompidos con las tradiciones y prácticas del paganismo; y al cumplir los ritos de sacrificios no miraban más allá de la sombra de la realidad. No discernían a Cristo, la verdadera ofrenda por los pecados del hombre. El Señor decidió llevar a su pueblo a la cautividad y suspender los servicios del templo, a fin de que las ceremonias externas no llegaran a ser el todo de su religión. Los principios y las prácticas debían ser purificados de paganismo, el servicio ritual debía cesar a fin de que el corazón pudiera ser revitalizado. Fue quitada la gloria exterior para que pudiera revelarse la espiritual» (Alza tus ojos, p. 159).

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