En el año que murió el rey Usías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto
y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Isaías 6: 1
Llegué al hospital con mucha preocupación. Varios interrogantes surgían en mi mente. « ¿Cuál será su actitud? ¿Me dirá que siempre confía en Dios? ¿Estará desanimada?» Había llegado allí para visitar a una de los miembros de mi iglesia, quien había recibido un impacto de bala en el pecho mientras viajaba en el vehículo junto a su jefa. Cuando me vio desde su cama después de la intervención quirúrgica, me saludo con una sonrisa de gozo y gratitud y me dijo: «Pastor, estoy agradecida a mi Padre celestial. El médico me dijo que la bala paso a un centímetro del corazón. ¡Fíjese que bueno es Dios! Me salvo de morir».
¿Qué es lo único que puede sostener a un creyente en medio del dolor y la aflicción? Lo único que lo sostendrá será la imborrable impresión de un encuentro con Dios. Si centramos nuestra fe en Dios, todo pesar, todo problema, se resolverá. Tal vez no en el exterior, pero si en nuestro corazón. El encuentro con Dios siempre nos transforma. No podremos ser las mismas personas después de encontrarnos con él.
La muerte del rey Usías dejo una silla vacía. Además, supuso un gran impacto para Isaías, y dejo un hueco en el corazón del profeta, que consideraba al rey su amigo personal. Precisamente en esa época, Isaías tuvo una visión de Dios, de ese Dios más alto que sus mismas circunstancias. En ese momento de crisis, vio la gloria del Señor.
Para muchos de nosotros hay una silla vacía en la tierra. Dios nos permite pasar por el dolor con el propósito de hacernos ver su trono en el cielo. La vida tiene su modo natural de vaciar sillas principales, ¿verdad? Padres, amigos, seres queridos, desaparecen. Repentinamente, una silla queda vacía en el trabajo, en casa, en la iglesia. Alguien se ha ido. Ese es el momento de seguir el consejo bíblico «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col. 3: 2).
Dios puede intervenir en los momentos de crisis, cuando nos sentimos perdidos; para mostrarnos el camino. En medio de las tinieblas nos dará su luz. Cuando las lágrimas corran por nuestras mejillas, él las enjugará. Cuando todo parezca perdido, el nos sostendrá. Cuando ya no haya solución, él encontrará una salida. La imposibilidad humana es la posibilidad divina. Si, en medio del pesar y del dolor, alza tus ojos, y mira «al autor y consumador de la fe» (Heb. 12: 2). El es la solución.
Conocimiento, Sabiduría y Ciencia, dones del Señor para cada uno de nosotros. Demandémoslas de Dios, quien es generoso en suplir.
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