domingo, 19 de julio de 2009

Julio 26 Dejemos de hablar de la misión

Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, ensenando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad
y toda dolencia en el pueblo.
mateo 9: 35

La misión divina demanda que contemplemos las cosas como las veía Jesús, que las sintamos como las sentía él, que vayamos a los sitios como lo hacia el Salvador. Esa misión exige que oremos fervientemente al Señor de la co­secha (Luc. 10: 2). Por último, demanda que nosotros mismos nos entreguemos a la misión. Ya llego el tiempo en que debemos dejar de hablar acerca de la misión y dedicarnos en cambio a hacer la misión.

Jesús vino del cielo a la tierra. ¡Fue el primer y el más grande misionero de todos los tiempos! Cumplió la gran misión de revelar el amor de Dios, su gracia y su miseri­cordia. Jesús vino a donde nosotros estábamos y se encarno. Por así decirlo, nosotros también nos encarnamos para cumplir la misión. Por eso no solo enviamos videos o libros a las personas que necesitan ser alcanzadas. Vamos a esas personas porque nada puede reemplazar nuestro lugar entre ellas, cumpliendo así nuestra misión personal-mente, "en la carne".

La misión divina significa, finalmente, que nosotros debemos participar. Juan 3: 16 no dice que Dios amo tanto al mundo que nombro un comité o una fuerza de trabajo. No. Envió a su Hijo. En una de las escenas más dramáticas de la Biblia, Dios se dirige a Moisés con estas palabras: «Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias. Y he descendido para libraros de mano de los egipcios» (Exo. 3: 7, 8). Ese es el corazón de la misión.

Dios no es una autoridad lejana. Es un Dios cercano, próximo. Para ti, no es tanto un Dios que este en todas partes como un Dios que esta donde estas tu. Dios está aquí. Adentro. Está contigo. Es Emanuel, «Dios con nosotros». Y tú estás para ser la extensión de la cercanía de Dios en su gran misión de alcanzar este mundo.

Tienes que ir. Tienes que contemplar las cosas como las veía Jesús. Tiene que sentir como el sintió. Tienes que orar al Señor de la mies para que envíe obreros a recoger la cosecha. Desde luego, la misión divina demanda que actuemos, que hagamos algo por salvar a los perdidos.

Acude hoy al Señor, y dile: «Señor, deseo ser parte de lo que estás haciendo. Quiero ir a recoger la cosecha».

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