domingo, 19 de julio de 2009

Julio 5 Cuando el dedo te señala

Entonces dijo Natán a David: «Tu eres aquel hombre. Así ha dicho Jehová, Dios de Israel: "Yo te ungí por rey sobre Israel, y te libre de la mano de Saúl"».
2 Samuel 12:7

David, el rey de Israel, hombre brillante e inteligente, cometió un grave error. Un hombre bueno, en un momento de debilidad, fue al lugar equivocado, en el momento equivocado, fijo su mirada en el sitio equivocado y, como era de esperar, fracaso. Cometió adulterio y posteriormente un asesinato.

Una mirada, un pensamiento malo, un deseo, un adulterio, un crimen. Así es el pecado. De la inocencia a la depravación. De un poquito, hasta la inmersión total. Desde un inicio, en el que dominamos, hasta un final, en el que terminamos domina-dos. Quien se inicia en el sendero del pecado no se imagina hasta donde llegara.

Dios amaba a David y envió a Natán para amonestarlo, para señalarle su pecado, para apartarlo del camino que solo tiene un final: la muerte eterna. Dios sabe que el pecado destruye; por eso es lo aborrece con odio mortal.

El fracaso es algo que todos los seres humanos compartirnos. Es cierto que hay pe-cados que no salen a la luz. Nadie sabe de ese aborto que indujimos. Nadie sabe de esos devaneos amorosos a los que nos entregamos. Nadie sabe de ese negocio deshonesto que emprendimos. Nadie sabe de lo que estaba viendo en la pantalla de la computa-dora a avanzadas horas de la noche. Nadie sabe de esos videos para "adultos" que se ven cuando se está solo. Nadie sabe de esos pensamientos impuros que amenazan con salirse del ámbito de las ideas y hacerse realidad. Nadie sabe de esos engaños. Nadie conoce esas mentiras del pasado, o del presente.

Nuestros fracases nunca son el final de nuestra relación con Dios. A pesar de nues­tros errores, no hay cortocircuito en nuestra relación con el Señor. Abraham mintió, pero ese no fue su final. Dios dijo que era su profeta y le pidió que orara por Abimelec. David fallo pero eso no fue el final para él. Todo pudo haberse perdido, pero no se perdió. Para Dios nuestros fracasos no son el final. No importa cuán malos, cuan equivocados, o cuan avergonzados nos sintamos. Dios está ahí. Su presencia no nos abandona, ni siquiera en el más estrepitoso de los fracasos. La presencia de Dios siempre está con nosotros para ayudarnos. Nos lleva de la mano.

Dios puede enviar a Natán para hacernos saber que nada está oculto a sus ojos. Como David, necesitamos volvernos a Dios y decirle: «Contra ti, contra ti solo he pecado; dame un corazón nuevo».

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